La madre (I)

Sofía levanta la cabeza y me mira. Sus ojos son dos focos verdes que lucen sobre un mar de sombras frías. Sonríe, casi siempre sonríe. Sonríe al día y a la mañana, a la luz y a la oscuridad, a los niños que la rechazan y a los otros que la quieren como su tesoro más preciado. Ella es también mi tesoro y sé que es mágica, lo sé. No puedo explicar cómo, solo lo sé. Tiene una misión. Ella insiste en buscar mi alma hasta que la encuentra allá abajo, perdida, desorientada, cansada, angustiada por no haber sabido estar a la altura, a su altura, la que necesita para seguir adelante, para que sigamos todos. La miro y sé que ha visto ya mi interior. Me tranquilizo. Ella es maga.

—Mamá, ¿no vas a darme la pastilla hoy? Empiezo a sentir el frío.

Jamás se me olvida pero esta mañana renunciaría a mi memoria. Su padre se ha ido. Sin portazo. No ha aguantado más. Y no soy capaz de sentir resentimiento. Yo lo busqué. Dejé de oír con él el viento, de sentirme amada, de sentirlo a él. Y él se dio cuenta y yo también, pero solo pude seguir existiendo en esta vida que había dejado de ser mía hacía tiempo. Justo once años mañana. Tengo que salir sin falta a buscar un regalo para ella; ya no sé qué comprarle, lo tiene todo, se aburre de todo, lo quiere todo.

—Perdóname, cariño, ahora mismo te la traigo. No te levantes de la cama, todavía es temprano, puedes intentar dormir un poco más.

Sé que ya no lo hará, no es capaz.

Voy a la cocina y miro por la ventana. Se ha hecho de día, otro día más.

 

 

 

 

 

Capítulo 1. Roscas de anís desde el 2033

 

 

 

Soy de la generación que creció viendo a solas dibujos animados en los que las horteras princesas habían sido sustituidas por hadas de grandes ojos y minivestidos de diseño que mostraban sus muslos esbeltos como alas de libélula, redondeaban las caderas bajo las cinturitas y dejaban adivinar los senos —demasiado abultados para los once o doce años de sus dueñas—. Esas magas de cabelleras coloreadas con los tonos de la naturaleza luchaban contra el mal mientras entre ellas se hacían perrerías por quedarse con el chico guapo. El relato actual de la Cenicienta de Perrault pero sin el maldito zapato y con una versión de la madrastra reconvertida en profesora de Lengua.

Sin embargo, ningún dibujo animado me enseñó que la vida era un guiñol; eso lo aprendí con el tiempo, al comprobar cómo muchas de mis compañeras de colegio terminaron sintiéndose y comportándose a menudo como aquellas muñecas que valían lo que dejaban ver de sus cuerpos y tanto más cuanto más despiadadas se comportaban con sus enemigas en eso del amor. En eso de la vida. Quizá también por ello, ahora, cuando a veces sigo volviendo sin remedio a pensar en lo que ocurrió mientras íbamos inoculando en nuestro ser en lo que luego nos convertiríamos cual crisálidas de piel y uñas, siento una rabia inmensa porque no todas nos escapamos de aspirar a repetir el modelo de esas brujas posmodernas y de toda la demás basura a la que nos expusieron. Ana, Blanca, Sofía y yo sí lo hicimos, en parte al menos, y otras que, de algún modo, tuvieron más espejos en los que mirarse e irse construyendo, y no solo los que nuestros padres que pasaban el tiempo viendo el Sálvame, nuestra profesora Adela, los dibujos, Internet o las películas, nos enseñaban que era el mundo.

De los chicos, también muchos se libraron de convertirse en francotiradores apostados en los pisos altos de una ciudad derruida como en los videojuegos para mayores de dieciocho con los que pasaban tardes enteras, o en algo parecido. Y tampoco siguen anhelando encontrar en las mujeres con las que se acuestan esos alones de mariposa y esos ojos cautivadores de hechicera medio en cueros, ni repitiendo a su vez con sus esposas, sus hijos o sus vecinos las humillaciones, los gritos, los golpes, los insultos, los desprecios, la indiferencia o la estupidez —la violencia, al fin y al cabo— entre los que crecimos sin que apenas nadie moviera un dedo por protegernos, como si nada de todo ello tuviera la más mínima importancia o ni siquiera hubiese sucedido. Pero sí que sucedió, sobre todo durante los cursos en los que Adela nos dio clase, casi toda mi infancia.

Hasta que la mataron.

 

Yo aún no he conseguido comprender lo que ocurrió. Cómo fue posible que aquello no acabara con nosotros, con las risas, los mofletes rojos de correr escaleras arriba para llegar el primero al aula o para no quedarte el último, los corrillos de cuchicheos en los pasillos y los juegos estrepitosos a la hora del recreo. Cómo no terminó de inmediato con nuestra inocencia. A veces creo que tal vez lo hizo sin que nos diéramos cuenta, pero si eso en realidad pasó y no es la visión que ahora tengo de aquello, cuando ya lo he evocado tantas veces, solo sucedió cuando descubrimos quién había sido el asesino. Las primeras muertes en sí no fueron tan importantes. Nosotros, los niños, las asumimos como algo natural: muchas profes entraban y salían de nuestras vidas varias veces durante el mismo curso. Algunas desaparecían a la semana de haber empezado las clases y volvían casi al llegar el verano o no lo hacían jamás. Y Adela, la primera a la que asesinaron, había sido nuestra tutora varios años y nos tenía acostumbrados a que, al menos una vez al mes, ella se ponía enferma o lo hacía su hijo o su madre o su marido. Entonces nos tirábamos toda su baja, que nadie podía saber nunca cuánto duraría, dando clase con alguna sustituta. Al principio, cuando todavía no habíamos oído hablar de eso de la crisis, la enviaban en tan solo dos o tres días, pero más tarde podían pasar incluso semanas en las que cualquier otro profesor que estuviera libre se ocupaba de nosotros, hasta que traían a alguien de fuera para reemplazarla. Y si no había nadie disponible, nos dejaban con Juana, la conserja, que sabía contar unos chistes de partirse de la risa. Los primeros años, a veces designaban como encargado de la clase a alguno de nosotros y nos dejaban solos hasta que el griterío era tal que alguien aparecía para, al menos, acallarnos. Así que supongo que estábamos preparados para su ausencia.

Cuando nuestra tutora faltaba, todos, sin duda, queríamos que viniera a sustituirla la directora. Jacinta era una profe mayor, muy alta y gritona, con los ojos azulones como las batas de mi abuela y tan juntos que parecía que iban a chocar. En cuanto se le iba el santo al cielo, bajaba la voz para contarnos algún cuento que ninguno conocía y que nos dejaba siempre con la boca abierta, pero no para hablar —que eso lo hacíamos muy a menudo aprovechando cualquier otra oportunidad—, sino porque estábamos imaginando. Después de Jacinta, nuestro sustituto favorito siempre fue Rodrigo. No estaba todos los años, iba y venía porque no tenía plaza fija pero, como vivía en el pueblo, siempre que podía intentaba dar clase allí. Era joven y resultaba raro que fuera profe porque, junto con el de Educa, ambos eran los dos únicos hombres que había en el colegio. Casi todas las chicas de sexto estaban enamoradas de él; también algunas de quinto. Rodrigo jamás gritaba, jamás castigaba. Daba gusto estar en su clase. Daba gusto pasar el tiempo escuchándolo. Sus rizos nos hacían gracia y sus ojos eran tan claros que no parecían de verdad, como si se los hubieran pintado con acuarelas de las de clase de Plástica.

Sin embargo, ahora sé que fueron muchos los niños que sintieron la muerte de Adela como una liberación o incluso se alegraron. Lucas, sin ir más lejos, a quien ella tenía por costumbre ridiculizar o castigar a la mínima de cambio, llegó a reconocerlo ante todos, sin importarle lo más mínimo lo que la atribulada directora pensara de él. También mi amiga Sofía se alegró, por supuesto.

 

Recuerdo cómo empezó todo, aquel día de calor espantoso. El vestido de chulapa me fastidia. Mi madre le ha intentado sacar de la cintura y de la sisa, eso le dijo ayer a mi abuela por teléfono. Está hasta las narices de comprar disfraces para todas las celebraciones que se les ocurren a las profes: la de Halloween, la de Navidad, la de Carnaval, la de la Semana Cultural, la de fin de curso y seguro que alguna otra que olvido. Eso dice, aunque yo sé que es porque ya no puede gastarse treinta euros por disfraz, como antes. Son muy pocos los que siguen pudiendo. Y yo me siento fatal por eso, pero no quiero quedarme en casa sin ver a mis amigas. Al principio de abrir el colegio, cuando todo parecía mucho más divertido, también nos vestíamos para el Festival de la Castaña, a menudo con una horrible cartulina que imitaba el fruto seco —pero mal, muy mal— y que colgaba por delante y por detrás. A esa fiesta me costaba mucho que mi madre me dejara ir: siempre se quedaba protestando porque temía que terminara atragantándome con una almendra o una nuez que nadie troceaba lo bastante pequeñas para su gusto. Mi madre es así, mucho peor y mucho mejor que todas las demás madres.

El maldito vestido está a punto de estallarme por varios lados, y mis amigas y yo tenemos unas ganas locas de que todo esto termine. Después de seis años o más de bailar un chotis en pareja chico-chica —y no con quien tú quieres sino con quien la profe decide—, al ritmo del organillo simulado del padre orquesta, un profesor de la Escuela de Música del pueblo que se ofrece siempre para alegrar aún más el evento, la cosa ya no nos hace tanta gracia. Pero eso solo lo debemos de pensar nosotros los de quinto y nuestros padres que desde hace tiempo ya no hacen nada extraordinario para venir a vernos danzar a saltitos, en torno a nuestros pies, empapados de sudor y con los carrillos del color de una granada madura, y solo aparecen por aquí para charlar entre ellos. Eso está haciendo ahora mi madre con las de mis amigas. Los padres de los pequeños, sin embargo, matan si hace falta para poder ver a sus hijos en cualquier situación imaginada al otro lado de las verjas del patio y no les quitan ojo durante toda la actuación, por muy churro que sea. En los últimos años, muchos se han quedado sin trabajo y en todas las fiestas hay casi más hombres que mujeres. Este curso he conocido a los padres de siete niños de mi clase a quienes no había visto nunca.

En el patio, con un sol más de agosto que de mayo, algunos se han atrevido a acompañarnos y se han vestido también con la gorrilla, el chaleco, el nudo al cuello y el clavel —ellos—, o el vestido de chulapa y el pañuelo anudado a la cabeza, ellas. Así venía vestida la abuela de mi segunda mejor amiga Blanca; estaba guapísima al entrar al colegio con el resto de padres y visitantes a los que hemos espiado desde la ventana de clase, antes de bajar a la fiesta. Ella, Ana y yo dejamos sobre una de las mesas improvisadas en las canchas el vaso de plástico con el resto de la limonada, que, aunque sabe más dulce que un terrón de azúcar deshecho a lametones, al menos está helada. Cogemos un par de rosquillas de las que tienen la cosa blanca por encima. De anís, eso, de anís, las que le encantan a Sofía, aunque ella, desde primera hora cuando vimos a su madre discutiendo con nuestra profesora, ha desaparecido con Jorge y no ha habido forma de encontrarlos. De nuevo se lo están perdiendo.

Suena la canción del chocolatero. Todos los de clase —menos ellos, Gonzalo y también Lucas— están agarrados por los hombros y suben y bajan la cabeza al ritmo que marca el padre orquesta. Blanca no quiere que nos movamos de aquí hasta que termine la canción, para poder ver a los demás haciendo el ridículo. Ni siquiera ha querido que vayamos a buscar a su abuela, se está partiendo de risa pero eso tampoco es ninguna novedad: ella suele partirse de risa y, lo que es mucho peor en este lugar, contagiarnos a todos. Sin embargo, Ana se niega. Hay que moverse ya o perderemos la oportunidad. Ana es mi primera mejor amiga y siempre dice la última palabra. Ella es especial. Tan lista que hemos aprendido a confiar en sus consejos aunque, al principio, nos parezcan raros. Es como una bruja que tenga una varita mágica de la adivinación o, peor aún, como una madre: acierta hasta en las ocasiones más insospechadas. Parecida a Blanca, aunque con los pies en el suelo.

—Blanca, déjate de chorradas y vamos arriba —dice Ana—. Antes de bajar al comedor, Adela ha estado un buen rato haciendo fotocopias y el examen de Cono es el lunes; seguro que los tiene en clase. No la he visto en toda la tarde. Puede que tengamos suerte.

No sería la primera vez que Adela se fuera a su casa en medio de una fiesta ni que se dejara abierta la puerta de nuestra aula, aunque mi madre dice que no debería hacer ninguna de las dos cosas. Desde que Raúl, en tercero, se coló un día en clase a la hora del recreo y adornó con témpera roja y verde el bolso lleno de ces y haches de la de Plástica, todas las profes empezaron a cerrar con llave las aulas siempre que salían y no iban a volver enseguida. Pero nuestra tutora es un poco despistada o, como dice Ana, no le da la gana de darse el paseo de ida y vuelta al despacho donde se guardan las llaves, que está justo al otro lado del edificio y además en la planta baja. Nunca hemos sabido por qué la directora no permite que cada profe tenga una copia de la llave de su aula; tampoco lo entiende Adela, que se queja de ello a la mínima ocasión, sobre todo porque eso es casi lo único que no hace como a ella le parece. Además, es muy probable que se haya ido ya, para «serenarse» después de la discusión con el «enemigo». Cuando algo así le ocurre, siempre necesita incluso varios días sin venir para que se le pase el disgusto.

Tampoco sería la primera vez que encontráramos los exámenes. Ha ocurrido al menos en tres ocasiones durante los años en que ella ha sido nuestra tutora. La que marcó el comienzo, los descubrió Ana por casualidad, buscando una libreta en sus cajones. La misma Adela le había pedido que fuera a por ella y se la bajara al comedor. Entonces nos hicimos con las preguntas del control del tema diez de Lengua, aunque faltaba la poesía. En la radio ya en casa, de repente sonó aquel «¡No puedo cantar ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!» y las frases inconexas sobre versos y estrofas cobraron sentido. Ante semejante éxito, en los siguientes intentos ya rastreamos aposta y nuestra insistencia se vio recompensada casi siempre.

El siguiente examen de Cono es la leche de difícil, así que allá que vamos mis amigas y yo. Todo el mundo sigue en el patio: los padres observándose mutuamente o haciendo fotos a sus retoños en las poses más variadas, las profes que no se han escaqueado apartadas en una esquina hablando de vete tú a saber qué o acaparadas por alguna madre que no ha encontrado mejor momento para molestarlas, y el resto de los niños, profes y madres, casi todos engalanados con sus trajes, bailando el bis de Paquito el chocolatero que los más crueles solicitan una y otra vez al padre orquesta y que este interpreta encantado de la vida, al parecer por su sonrisa y su ímpetu pachanguero.

Subimos las escaleras detrás de Ana, para no variar; vamos despacio, no queremos que nadie sospeche, pero tenemos bien ensayada la disculpa por si nos pillan: «Nos ha enviado Adela a buscar unos papeles que se le han olvidado». El supuesto objeto del rastreo cambia en cada tentativa, y todos saben que ella nos usa como recaderos a la mínima de cambio, pero hasta ahora no hemos tenido que mentir: nunca ha habido ninguna razón para vigilar los pasillos que llevan a las aulas.

Tampoco entonces nos encontramos a nadie en la escalera ni vemos ni oímos nada raro. Abrimos la puerta del aula, la profe no ha echado la llave. Blanca y yo vamos hacia su mesa, probamos con los cajones: tampoco los ha cerrado, como siempre. Rebuscamos. Ana se dirige al armario y lo abre. Seguimos teniendo suerte. Desde aquí, yo solo veo la espalda de mi amiga. Hay que darse prisa y ella está allí parada como un pasmarote. El vestido de chulapa también le queda estrecho por la cintura y a la altura de los hombros. Ella es más alta, mucho más alta que yo, desde la guardería. No encuentro nada. Voy a ayudarla.

—Venga, no te quedes ahí quieta, muévete, que nos van a descubrir —le digo mientras le doy un empujoncito para que espabile.

Ella se da la vuelta y, al moverse, puedo ver dentro del armario. Blanca chilla como la corneja moribunda que vimos en el zoo cuando fuimos de excursión hace un par de semanas por tercera o cuarta vez en toda Primaria. Sofía aparece con Jorge de repente. Al encontrarnos a las tres contemplando patidifusas la horrenda escena, solo dice: «Esto es un milagro», elevando la voz lo suficiente como para que nos volvamos a mirarla. Enseguida ambos se dan la vuelta y se van tan tranquilos, espero que a buscar a la directora. Blanca sigue y sigue gritando hasta que empiezan a llegar corriendo profesoras, la conserja, otros alumnos y algunos padres, y se agolpan ante la puerta.

Adela está sentada de lado dentro del armario, sus regordetas piernas dobladas en uve, el tronco recostado sobre ellas, las muñecas sobre las rodillas unidas con cinta adhesiva. La cabeza sobresale en una postura macabra: su rostro, girado hacia nosotras, nos mira. No, ya no nos mira. Su melena por encima de los hombros, lisa y oscura, se le abomba en la nuca de una forma rara; tardo en entender que es porque, en torno a la cabeza, aprisionándole el pelo y tapándole la boca, han enrollado un buen trozo de celofán a través del cual se le ven los labios cerrados, como pegados el uno al otro. Su expresión es, por eso, extraña. Parece suplicarme que la libere. Me fijo en sus ojos. Ya no me atemorizan. Y me siento fatal porque no consigo llorar igual que Blanca. En cuanto la directora entra, ella se abraza a su cintura y Jacinta la rodea con sus brazos antes de volverse para fijar la vista, con la cara como el color de la tiza y más mustia que nunca, en la profesora de Música mientras le dice —y sin levantar ni una pizca la voz en esta ocasión— que llame enseguida a la policía y que «haga usted el favor de arreglárselas para dar por terminada la que será la última fiesta de San Isidro en este colegio».

Y yo me sigo sintiendo horrible, malísima, lo peor de lo peor porque no puedo dejar de pensar que, por fin, puede que tengamos suerte y envíen de una vez a alguien para sustituirla que no nos atormente con sus gritos ni con sus insultos ni con sus castigos ni con sus burlas ni con sus extraños exámenes en los que nadie ha sacado jamás un diez; ni con los trabajos para mañana ni con las decenas y decenas de estúpidos deberes, enunciados incluidos, que esa bruja nos mandaba cada tarde para casa.

 

 

 

 

 

La madre (II)

 

 

Sofía duerme. Me gusta mirarla, es tan hermosa… Ahora, cuando la miro mientras duerme, con el reflejo de la luna dibujando eses sobre su rostro apacible, es cuando más segura estoy de que ella es maga, de que tiene una misión. Su pelo es el de las xanas, anaranjado, casi bronce; sus ojos, verdes, como los de mi tía asturiana, la que mi madre decía que era xana también. Ambas se parecen, ambas tienen magia. Los demás no la ven todavía, pero solo las personas como ella podrán salvarnos de la barbaridad de un mundo que se desintegra. «Se acabaron las recetas para todos», me dice la supervisora. Como si, de repente, el juramento hipocrático que tan orgullosa hice hace mucho ya fuera optativo. No puede haber tanta gente que viva tantos años. Esa es la razón, solo esa y su codicia, lo disfracen como lo disfracen. Si los servicios médicos siguen siendo como hasta ahora, de aquí a muy poco tiempo demasiados llegaremos a los cien. Cuarenta años cobrando pensión son muchos años. Así que vamos a dejarles que mueran antes. Sí, mujer, sí. Eso es lo que nos han ordenado desde la Consejería. «No tengas tantos miramientos», me dice mi supervisora. Nada de curas caras ni largas, nada para evitar muertes, nada de recetas para prolongar la vida mucho más allá de los sesenta. Hay que morirse antes, joder, que la Seguridad Social no tiene dinero para todos.

Pero sí, Manuel tiene razón. Como todos los maridos, muchas veces la tenía: quizás he perdido la cabeza. De un tiempo a esta parte, solo veo cabrones por todos lados. Por todos lados.

Por eso no he podido evitar volver a discutir con la impresentable de Adela. No hay manera de que escuche, no hay forma de hacerle entender que no es tan difícil. Sofía solo necesita un poco de paciencia. Ella no es mala. No hace lo que hace aposta. No puede evitarlo. Solo necesita algo de ayuda, solo eso. ¿Es tanto lo que les pido?

La sigo mirando, la alfombra me pica en las plantas de los pies y siento frío, pero no puedo irme aún. Me gusta verla así, mientras duerme.

«Ha suspendido Conocimiento del Medio, lo siento. Debería haber repetido como te dije. Te empeñaste en que pasara, y ahora, pues eso. Que va a suspender otra vez», me ha soltado Adela tan tranquila en la fiesta, esta mañana.

La odio. La odio tanto que tuve que contenerme para no pegarla delante de todo el mundo. Yo que jamás en mi vida he levantado la mano a nadie. Me habría encantado arruinarle el clavel en la solapa y su cara de felicidad, de quien no ha tenido nunca un problema de verdad, con esa superioridad y esa altanería de los que creen que la vida de los demás es tan fácil como la suya. Como si no hubiera más razones ni más penas. ¿Por qué le cuesta entender algo tan sencillo? Cada vez que la veo me vienen a la cabeza tantas batallas perdidas, tanto tiempo malgastado, tantas conversaciones para nada que… me gustaría ahogarla con mis propias manos.

Pero ¿qué habré hecho yo para no poder librarme de ella? ¿Por qué se empeña en elegir el grupo de mi hija año tras año? Con todos los puntos del mundo, siendo de las más veteranas, podría escoger cualquier otro. Debe de ser porque a Sofía la controla y en su clase solo hay otra buena pieza. Con ellos puede; a saber lo que habrá en los demás cursos. Me acuerdo de la primera vez que hablé con Adela. Sofía era tan pequeñita, una muñeca, con esos ojos tan grandes, tan abiertos a la vida… y tan perdida ya. Estallaba en llanto enseguida, cualquier acto cotidiano era un suplicio para ella, no conseguía cumplir ninguna orden, no obedecía las normas. El no regía su vida. No quería vestirse, no quería sentarse, no quería recoger los juguetes, no quería jugar conmigo… No. No. No. No. Comida, no; baño, no; carrito, no. No dejo de cruzar la calle sin mirar, no dejo de romper todo lo que toco, no dejo de caerme por las escaleras, no dejo de resbalarme de la silla mientras como, no dejo de esconderme por los armarios, no dejo de meterme en el maletero del coche. Los espacios abiertos con mucha gente eran una auténtica pesadilla. Ese día, en el Carrefour, aquella torre de turrones tan bien puesta de dos o tres metros, ¡yo qué sé! Hacia allá se fue. Dejé de empujar el carro de la compra para correr detrás de ella por toda la sección de fiambres, sudando y jadeante; al llegar casi a alcanzarla, apenas conseguí articular: «No, Sofía, no se toca». Pero la torre cayó. La torre… cayó.

Y luego, a la salida del colegio, la veo a ella, a Adela. Sofía se porta así también en clase, no la atiende, no la escucha, grita. Nadie sabe lo que le pasa. Yo, aún, tampoco.

«¿Puedes decirme qué hago con tu hija? Ni echándola al pasillo toda la mañana se comporta como es debido. Es una maleducada. Lo siento, jamás me he encontrado con algo así».

Pero ese algo, gilipollas, es mi hija, mi pequeña hija preciosa. Lo que yo más quiero.

Y lo que realmente me está diciendo es: «Ahí te la quedas, apáñatelas tú, yo no tengo tiempo de ayudarte, guapa, a ver si te crees que no tengo muchos más alumnos. Que cada día me sueltan a más. No sé dónde vamos a llegar. Si me entretengo con tu hija, a ver qué hago con los otros. Yo no tengo estrategias para ella, no sé qué hacer, no consigo que trabaje».

Me dejó sin habla: si tú, que eres la profesional, no consigues que trabaje en tu clase, ¿qué esperas que haga yo con ella? Dime, ¿qué puedo hacer yo? Y claro que me preocupa, porque en casa yo tampoco lo consigo. Qué hacemos, Adela, ¿qué podemos hacer?

Ayúdame.

Por favor, Adela, ayúdame.

—Pues no sé —me contesta.

—¿Y si la viera un psicólogo del centro? —le digo—. ¿Qué te parece? Quizás ellos sí sepan.

—¡Uy!, no, no, para nada. Aquí no hay profesionales para verla —me responde.

—Entonces —le pregunto—, ¿en los colegios no hay psicólogos?

Ilusa de mí. Inocente.

—Bueno, bueno, sí que hay alguno, pero acceder a ellos es muy complicado y el niño debe tener un problema real. Sofía no tiene ningún problema, lo único que le pasa es que no quiere trabajar. Pero es muy pequeña, ya lo hará, esto no es muy importante.

«Esto no es muy importante», me dijo. Esto no es muy importante.

Y lo que pensaba era: «Ahí tienes a tu hija, cómetela con patatas». Igual que ahora, muchos años más tarde. Exactamente igual que antes, mientras los demás bailaban. Ha vuelto a hablarme como todos estos años, con la superioridad de quien sabe que estoy en sus manos. Ahora es incluso peor, porque la Consejería de Educación ha quitado la poca ayuda que daban y los niños hiperactivos como mi hija tienen que aguantarse; ya no hay dinero para los pobres, solo para quienes se lo llevan a manos llenas y se ríen en nuestra cara cuando les pillan y no les pasa nada. Nada. Igual que en el hospital: si eres pobre, muérete joven, joder. Que muerto, no gastas.

Ahora solo quieren que repitan, esos molestos TDAH[1]; es una orden de arriba. De un plumazo, a pesar de que en la ley se les incluye en la categoría de alumnos con necesidades educativas especiales, en el aula ya no se les considera diferentes a la hora de contabilizar el número de niños por clase, por ejemplo. Solo son niños que sobran, que molestan. Pero lo único que les importa de verdad a los que deciden no son los niños, sino maquillar los resultados visibles como los de PISA[2], las malditas estadísticas esas que intentan evaluar lo invaluable.

Y como no podemos matarlos todavía, vamos a ver si se mueren solos de asco, de abandono, de indiferencia.

Después de aquella conversación con Adela, cuando me dijo que lo que le ocurría a mi hija no era importante aunque siguió castigándola cada día varias veces, vinieron las miles de vueltas y más vueltas, los psicólogos, los médicos y, por fin, los neurólogos. Los quebraderos de cabeza para saber qué le sucedía. Pruebas y más pruebas durante meses. Mientras, en el colegio, Adela y hasta la directora se empeñaban en afirmar que Sofía era una niña perfectamente normal, incluso mucho más inteligente que la media, y que lo único que le ocurría era que no quería trabajar. Según ellas, no necesitaba ningún trato especial ni ningún experto que la ayudara, solo algo más de «buenos modos» y «mucha disciplina»: «Tu hija, bonita, no tiene ningún problema. Solo es una maleducada. Allá te las apañes con ella. ¿No te has planteado cambiarla a otro centro?».

Exactamente lo mismo que seguía pensando esta mañana cuando la he dejado con la palabra en la boca y me he ido del colegio. ¡Qué vergüenza! Con todos los niños mirándome. A gritos y llorando. Que repita y me la quito de encima.

¿Cómo no voy a odiarla?

Ya odio todo y a todos.

Ganas me dan de cortarme las venas, de dejarme morir, de matarla a ella, en este mundo de mierda que, de repente, ha pasado de ser un cuento de hadas a una película de zombis. Todos muertos, sí. Que a los zombis no hace falta enterrarlos siquiera.

 

[1] TDAH: Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad

[2] PISA: Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos

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