CAPÍTULO 1

El lienzo se cubre de gesso para comenzar a dar cuerpo a la tela de lino que se extiende sobre los listones. Todo está listo: el caballete de madera, abierto y desplegado; los pinceles, limpios y colocados; el lienzo, blanco y solemne; los óleos, ordenados según la gama.

Los Molinos (Madrid), sábado 13 de mayo de 2000 (16:10 h)

«Seguía lloviendo fuera. Minúsculas gotas impregnadas de sabor a ciudad lo empapaban todo con su apatía pegajosa. El sonido del agua al caer sobre las baldosas de la terraza se mezclaba con el murmullo urbano. Podían entenderse palabras, susurros en el aire a los que el calor y la humedad servían como medio de transmisión. A lo lejos, la llamada de un grillo batiendo sus alas en feroz canto, confuso y quizá ahogándose en los charcos, era el peor acompañamiento la noche en que sentí por primera vez que te odiaba».

Violeta sabía que no se podía comenzar así un relato. Lo había estudiado en las clases de escritura creativa a las que había asistido durante años —hasta que conoció a Álvaro y todo pareció interrumpirse— para pasar el tiempo, sin otras expectativas más que saber cómo poner en orden sus ideas y conocer gente. Pero lo que ella debía escribir ahora tenía que empezar con una lluvia fina y copiosa que lo impregnara todo con la minuciosidad con que el agua se infiltra en la tierra y la humedece hasta encharcarla. Sin perdones, sin razones, sin remordimiento. Violeta quería poner por escrito por qué quería abandonarlo, para no olvidarlo nunca y también para que nadie lo olvidara. Necesitaba dejar testamento de la muerte anunciada de su amor por él, de su llanto sin testigos, de su miedo. Porque, aunque no quería volver a verlo nunca más, cuando terminara de poner por escrito sus recuerdos le enviaría el manuscrito para que supiera por qué iba a terminar con su vida soñada de amor público y odio privado, de noches de fiesta y regresos malditos, de sexo por amor y de amor por sexo.

También para que él se creyera por fin que jamás volvería a su lado; aunque la buscara por el cielo y por la tierra, Violeta intentaría que él no supiera más de ella: si seguía llevando su melena siempre corta por encima de los hombros o se la había dejado crecer hasta tocar el suelo; si había teñido de rojo o de negro su rubio pajizo natural; si sus vestidos eran más amplios y serios o demasiado cortos y ceñidos a su cintura y a sus grandes pechos con los que él, en público, solo disfrutaba si los contemplaba en otras; si llevaba zapatos de tacón o las sandalias bajas con varias tiras finas que a él le gustaban tanto; si se pintaba la cara o la llevaba lavada, porque podía permitírselo aunque prefiriera siempre dar un poco de color a su tez tan pálida; si iluminaba más sus gruesos labios con gloss o seguían siendo rosados y mates. Debía decirle de alguna manera que quizá había cambiado todo eso para desendemoniarse de él incluso modificando lo que sabía que le gustaba más de su cara y de su cuerpo.

Compró un cuaderno, el mayor que encontró, tamaño Din A4, con las tapas duras de color salmón y tacto suave, sin líneas ni recuadros que guiaran su escritura. Entonces, dispuesta a comenzar, Violeta se sentó ante el escritorio de su habitación, en la casa de su abuelo, la que siempre había ocupado hasta que se buscó la suya propia y, a pesar de los ruegos, se fue a vivir sola. Se detuvo a pensar qué había sido lo que le había llevado a tomar esa decisión y a intentar recordar con el bolígrafo entre las manos, dispuesta a repasar lo que necesitaba que Álvaro supiera cuando hubiera decidido dónde y cómo intentaría rehacer su vida. Le vinieron a la memoria temores, razones, lamentos, pero ninguno quizá tan grave por sí solo como para dejarlo. Eso era a lo que llevaba dándole vueltas varias semanas, antes de huir al refugio donde él no la encontraría: que Álvaro había sabido hacer que cada crisis y cada disculpa, si es que esta se producía, lo fueran solo lo suficiente como para seguir reteniéndola a su lado y que por eso ella debía reunirlo todo y sumarlo a la última angustia, la que tan solo restaba unas horas en su cuenta atrás. La que por fin le había llevado a tomar la decisión de abandonarlo.

Madrid, viernes 12 de mayo de 2000 (13:35 h)

La luz entraba por la ventana de la cocina —naranja, toda naranja, el color que le había gustado a Álvaro y que al final fue el elegido para los azulejos—. Los muebles, blancos; las cortinas, estores italianos en crudo; la cenefa, figuras geométricas de colores; la pequeña mesa y las cuatro sillas, lo único que consintió que ella eligiera, de madera decapada en claro. Violeta no sabía por qué le gustaba ese estilo, el de la campiña francesa, el que había visto tantas veces en los entrañables hoteles que había frecuentado con él en sus viajes a Perpiñán y a Toulouse, donde había dirigido algunas obras para otro de sus innumerables conocidos. Zara mordisqueaba uno de esos cachivaches con olor a ternera que a ella le repugnaban porque parecían de plástico. Él se los traía para que le quitaran el sarro, decía, aunque ella no entendía que su pequeña perra pudiera sufrir tan pronto ese mal humano.

Caruso había aparecido muerto esa mañana. El pájaro tenía agua y alpiste pero quizá fuera algo mayor; lo trajo antes de conocer a Álvaro, hacía poco más de cinco años. Violeta incluso había gritado al entrar en la cocina y encontrarlo allí tirado, en el suelo de su jaula, tan pequeño, tan inmóvil, tan callado su canto impetuoso. Enseguida lo metió en una cajita de cartón que envolvió con papel de plata. Luego, con la ayuda de Zara, hicieron un agujero al final del jardín, debajo del arco de rosales aún sin florecer y que se veía triste y pelado, junto a la reducida mesa y las dos sillas de hierro donde se sentaba a veces a merendar mientras la perra escarbaba bajo cualquier arbusto. Allí lo enterraron y ella recitó en alto una poesía sobre un pájaro libre. Después colocó una de las sillas sobre la tierra removida, por si Zara decidía por su cuenta seguir sola con su sepelio particular. Y la angustia no se le había ido del todo. La revivía cada vez que recordaba su frágil cuerpecito rígido.

El calor que salía de la vitrocerámica, más alargada que las normales —también antojo de él—, se le pegaba al cuerpo y le desagradaba sentirlo en la piel, como si tuviera manos para asirse a ella. Se le había caído un vaso lleno de refresco sobre la ensalada y tuvo que volver a empezar. Al oír ruido en la puerta, se sobresaltó y se cortó el índice con la punta del cuchillo con el que pelaba el tomate para él. La sangre le chorreaba por la muñeca y sentía como si mil avispas estuvieran picándola en la yema. Se lavó el dedo con agua muy fría y se puso una servilleta de papel con una tirita para presionar la herida. Álvaro entró de la calle y fue directamente al baño. Lo oyó tirar de la cadena y lavarse las manos. Luego se entretuvo en el salón. Ella aprovechó para dar los últimos toques a la mesa: la delicada vajilla con el tulipán naranja en la base; los vasos de cristal de Baccarat; el mantel de hilo y el pan blanco, el que tenía que comprar de encargo porque solo lo hacían para clientes como ellos, que querían permitirse pagar dos euros por una barra de las de antes, las únicas que le gustaban a Álvaro. Pero él no se sentó. Puso sobre la encimera el regalo que ella había salido a buscar esa mañana, tras sepultar a su canario.

Vida, tenemos que hablar. Últimamente estás un poco despistada, no has comprado lo que te pedí para la mujer de Javier. Ese bolso no es lo que te había dicho que trajeras. Ya sabes que es muy importante para mí conseguir ese contrato, tenemos que aprovechar cualquier oportunidad para que se fijen en mí y que nos hayan invitado a la fiesta de cumpleaños es un buen principio. Allí van a estar todos los mandamases, peces gordos conocidos suyos que tienen mucha pasta y que van a comenzar obras grandes para los nuevos barrios. Tengo que aprovechar que Javier es amigo mío y quedar muy bien con todos.

Álvaro la llamaba «vida». Hasta su nombre se lo había quitado; era como si al rebautizarla además le hubiera asignado su propia esencia y así le debiera una parte de sí misma; como si, al nombrarla de otro modo, la hubiera despojado también de su identidad y le hubiese asignado una más a su manera. Al principio Violeta no se había dado cuenta. No le importaba; incluso le gustaba. Él entonces tenía una voz tan plácida, una risa tan fresca, unas manos tan suavísimas que, cuando la llamaba «vida», ella pensaba en melocotones en almíbar, en mermelada de frambuesa, en bombones rellenos de licor.

Sí, pero no lo encontré. No tenían ya la pulsera que me habías dicho. Por eso le compré el bolso. Pensé que te daría igual.

Mintió. La pulsera seguía en el mismo escaparate de siempre esperando a que alguien quisiera gastarse en ella los setecientos euros que costaba. Pero era demasiado cara y demasiado pequeña para que mereciera la pena intentar utilizarla como promesa de política de don contra don: tú me das, yo te doy más.

No cariño, no me da igual. Te dije que compraras la pulsera. Necesito conseguir ese contrato. Lo necesito. No sé si entiendes lo que estoy diciéndote, a veces creo que no me entiendes cuando te hablo. Un bolso no es lo mismo.

Pues yo creo que es muy bonito. Míralo. Está hecho de una piel muy fina y tiene adornos de plata. Me ha costado más que la pulsera. Y es más original. Estoy segura de que va a encantarle. No debes preocuparte.

Lo sostenía entre sus manos con cuidado de no mancharlo con el papel enrollado alrededor de su dedo, teñido ya de sangre. El bolso era grande y suave y bastante más elegante de lo que Eva podría llegar a apreciar. Eso seguro. Lo llevaría unos días hasta que se cansara y se comprara otro. Igual que hacía con todo. Hasta con sus amigos. No entendía cómo él quería aproximarse más a ellos, por muy ricos que fueran, por mucho contrato que quisiera conseguir. Pero a él no le importaba que lo compraran; en absoluto. A Violeta no le gustaba Javier e incluso menos le gustaba Eva. Se sorprendió un instante al pensar que en realidad no le agradaba casi ninguno de los amigos de Álvaro. Esa camarilla que se había metido en su casa y en su vida y que se despellejaba a la mínima ocasión, en cuanto la víctima de turno desaparecía el tiempo suficiente. Aunque ya no tenía amigos con quienes comparar. No sabía cómo, poco a poco los suyos habían ido desvaneciéndose entre las obligaciones, los «ya nos veremos», las quedadas a las que hacía tiempo que había dejado de acudir porque él siempre encontraba algo mejor que hacer, un espectáculo más espléndido o un viaje más exótico. No sabía qué había sido de ellos durante los últimos cinco años: solo había vivido por Álvaro y para Álvaro.

No sé si me estás escuchando. No me importa que el bolso sea bonito o no. Te dije que compraras otra cosa y tú has hecho lo que te ha dado la gana. Siempre haces lo que te da la gana. Pero esto es muy importante. Ya te lo dije. Si no consigo ese contrato… Sabes que este año aún no he firmado ninguna obra importante y las cosas no están yendo muy bien con la de Capitán Haya. Pero no importa, aún estamos a tiempo. Ve a cambiarlo mañana y cómprale la pulsera.

Hasta ese momento, Violeta no había sido consciente de que él había abierto el paquete para poder ver el regalo. Lo habían envuelto en la tienda. La dependienta lo había hecho rodar sobre sí mismo superponiendo dobleces imposibles en un enorme pliego fucsia que brillaba hasta que el bulto pareció una piruleta envuelta en celofán. Y luego lo había atado con una cinta de raso. A Violeta le había parecido demasiado pomposo, pero Eva era de las mujeres a las que les gustaban las cosas grandes —casa grande, coche grande, marido grande—, así que estaba segura de que ese regalo le convenía mucho más que una minúscula pulsera. Y Álvaro había tenido la mala leche de desenvolverlo para saber qué era.

Empezó a respirar deprisa. Sentía la vena de la frente llenándose de un líquido viscoso que corría rápido por sus vasos, el mismo que resbalaba aún del dedo abierto. Su cuerpo la avisaba de que debía callar, de que no siguiera, de que no debía discutir con él. Pensó en cambiar el bolso y comprar la porquería de pulsera, pero algo dentro de ella no se lo permitió.

No te pongas así. De verdad, Álvaro, es un regalo más elegante. Seguro que vas a quedar mejor que con la pulsera. Eva es una mujer con estilo. Sabrá apreciarlo.

Vida, no me has entendido. He dicho que lo cambies y punto. Me importa una mierda si te gusta más, si te ha costado un riñón o lo que demonios te parezca. Lo devuelves y compras lo que te dije. Seguro que tienen más pulseras.

Pues no voy a ir. No voy a cambiar el bolso. Si quieres hacerlo tú, ve y compra lo que quieras.

Vida, no me provoques, solo te digo que cambies el regalo. Solo eso. Es fácil. Hasta tú puedes hacerlo. Solo tienes que buscar la factura, volver a la tienda, ir a la cajera y que te devuelva el dinero. En esa tienda te lo cambian todo.

Álvaro había cogido el bolso y se lo estaba ofreciendo. La miraba sin parpadear, con la vista fija en sus ojos. Erguido, el pecho levantado, la frente enhiesta, los músculos contraídos, la boca medio abierta. Pero ella, una vez más, no quiso vislumbrar el peligro en su talante, no veía más que a un hombre que le volvía a obligar a hacer algo que no quería. Y las señales seguían: sus dedos le temblaban; un nervio de la pierna se movía sin que pudiera pararlo, sin que apenas lo percibiera más que como una débil molestia; la nariz y los labios se le habían resecado; y el aire entraba y salía de su cuerpo con prisa, como si deseara huir. Pero Violeta no quería rendirse de nuevo. No quería. Cogió el bolso y lo tiró al suelo, con mucha fuerza, como si hubiera arrojado también lejos de ella el ahogo que la acongojaba cuando él comenzaba a tratarla así, a imponerse con su mirada, con sus palabras o con sus actos.

He dicho que no voy a ir a cambiarlo. No me da la gana.

Le sostenía la mirada. Orgullosa, decidida, empeñada en no claudicar esta vez. El pollo a la cerveza humeaba sobre los tulipanes naranjas del fondo de los platos. Su pájaro ya no cantaría más. El ruido del bolso al caer asustó a Zara, que se había apartado deprisa y se enroscó en su cesta. Luego bajó la cabeza y solo se le veían los ojillos marrones mirando hacia arriba a Violeta, previniéndola. Álvaro la agarró por el brazo. Lo apretaba fuerte. Ella sentía sus dedos aprisionando la carne blanda. Le hacía daño. La arrastró junto al bolso y la obligó a inclinarse.

Coge el bolso. Coge… el puto… bolso.

No. Cógelo tú si quieres.

Álvaro abrió la otra mano antes de estrellarla contra su cara. El dolor la atravesó como una flecha y se expandió hacia los lados.

He dicho que cojas el bolso. —La sujetó por la espalda y la tiró al suelo. Violeta sentía el pecho paralizado y los pulmones llenos. Los ojos le lagrimeaban. Sentía frío, un frío húmedo que no concordaba con el rubor de sus pómulos, con el calor del que había soportado el brusco impacto de la palma abierta—. Coge el puto bolso. Ya.

Pero Violeta no lo cogió. Recostada a sus pies, con las dos manos puestas sobre la mejilla dolorida, solo se le ocurrió levantar la vista y mirarlo a los ojos, suplicándole que no lo hiciera, que dejara de hacerlo, que no acabara de matar lo que ya estaba extinguiéndose, con cada reproche, con cada grito, con cada golpe, con cada anhelo perdido en una nada de desilusiones. Pero él no la entendió y confundió su ruego con el desafío de una mujer que valía menos que él y que lo estaba retando. Y con cada patada que la alcanzó en la espalda, en los riñones, en las piernas, fue aplacando su ira hasta que por fin se convenció de que la había doblegado y de que él ya mandaba otra vez. Salió de la cocina y cogió sus llaves. Abrió la puerta de la calle muy despacio y al marcharse dijo adiós, porque su esmerada educación no le permitía irse de una casa sin despedirse.

Violeta se quedó tirada a los pies de la mesa puesta, respirando entrecortadamente, dolorida por dentro y por fuera, doblada sobre sí misma, encogida e indefensa como un bebé que duerme. Pero no quería dormir, quería morirse y llevarse con ella su fracaso; y su amor por él, que a su pesar aún era grande aunque estuviese herido y deseara correr y esconderse; y su sentimiento de culpa por no haber sabido evitar llegar a eso, por no haber sabido ayudarlo a cambiar ni a controlar su ira. Sus lágrimas caían sobre las baldosas mientras Zara le lamía las manos, intentando darle calor, aunque fuera el de una perra.

Se levantó muy despacio y examinó los lugares donde había recibido los golpes para comprobar que no tenía ninguna herida, pero le dolían mucho los riñones y el vientre, y sintió un pánico punzante, gélido, nuevo. Se limpió las lágrimas con el paño de la cocina y se metió en el baño. Echó el cerrojo y enseguida abrió el paquete que esa mañana había comprado en la farmacia y que permanecía arrinconado en el armario con el resto de sus cosas, que él nunca tocaba. Orinó recogiendo parte del líquido en un vaso y luego vertió unas gotas en el tubo de plástico. Se sentó en el suelo y esperó. Seca de lágrimas, casi paralizada por la angustia, ansiando con todo su ser que las últimas semanas de tanto trabajo y discusiones hubieran hecho que su cuerpo retrasara el periodo como hacían las gatas con el celo si se veían en peligro o si no tenían para comer. Y, mientras esperaba, lo imaginó golpeándola de nuevo. Nunca antes la había pegado con tanta furia, o podía ser también que cada nuevo golpe caía sobre la huella del anterior y dolía el doble. Pero hasta ese momento no había llegado a tanto y ella había tenido la certeza de que no llegaría. Podía insultarla y reírse de ella y humillarla y golpearla, pero Violeta jamás pensó que alguna vez pudiera hacerle sentir tanto miedo, el que le había provocado un temblor tan incontrolable en las manos que no había podido evitar mojarse los dedos con su propio pis. Sin embargo, se había equivocado. Y le dolía más tener que admitirlo que las marcas y el recuerdo de su brutalidad.

Dos rayas rosas cruzaban el agujero blanco en medio del artefacto de plástico alargado. Dos rayas. Sí. Eran dos rayas. Releyó el prospecto. No podía ser. Tenía que estar equivocado.

«Enhorabuena, está usted embarazada. Si aparecen dos líneas en la circunferencia central de Predictorando, acuda a su ginecólogo».

Cogió la caja y todos los artilugios que pudieran servir de testigo de su descubrimiento y salió rápido del baño. Tenía que darse prisa. Reunió los papeles importantes y los metió en dos carpetas. Llamó al banco, sacó de las cuentas que compartía con él su parte del dinero y lo traspasó a una cuenta nueva que abrió solo a su nombre. Guardó el portátil en su maletín y metió unas cuantas prendas de vestir y algunos zapatos en una pequeña maleta. Luego, buscó un papel y un bolígrafo con el que escribirle:

«Álvaro, lo siento mucho. Tengo que pensar qué hacer con mi vida. Puedes quedarte en la casa hasta que vuelva pero no me busques, solo regresaré cuando haya tenido tiempo de recapacitar. Te quiero, Violeta».

Dejó la nota sobre su mesilla de noche. Miró alrededor. Esa habitación había sido su cómplice en tantas batallas, perdidas y ganadas, y ahora iba a abandonarla. Eligió una fotografía de los dos. Él la abrazaba por la espalda y ambos sonreían mirando a la cámara. Sentía cómo el aire le bajaba por la garganta reseca y se sorprendió de no estar llorando, pero al mirar la imagen se le encogió el pecho: no era capaz de no amar ese rostro aunque tampoco podía evitar odiarlo. Sin embargo, ese odio reluciente y extraño no se debía al daño que le había hecho hacía menos de una hora, ni a las muchas veces que la había menospreciado, ni a que ella hubiera llegado a pensar que todo lo que pasaba era culpa suya. Le aborreció con un rencor acérrimo por no haber valorado el amor que se tenían y, sobre todo, porque él era inteligente y nada ni nadie le obligaba a ser así. Nadie, por mucho que él se esforzara en ocasiones en hacerle entender que necesitaba más cariño o más comprensión que los demás. Nadie lo obligaba a maltratarla. Nadie era responsable de sus actos más que él mismo. Ninguna de sus razones lo justificaba; ni siquiera su propia cólera, que lo invadía con facilidad y no sabía contener, era suficiente para disculpar su incapacidad de amar de otra manera.

Violeta volvió a sentir una punzada en el vientre y le repugnó mirarlo, con un asco íntimo, impregnado de nostalgia y de una amarga sensación de pérdida de algo muy querido, aunque todavía no supo identificarlo. Solo supo que en ese mismo instante había llegado a convencerse por fin de que nada le otorgaba el derecho a no querer cambiar y superar su pasado para crearse un presente a su gusto y un futuro diferente. Y le había costado mucho verlo y decidirse a poner en peligro su acomodada vida junto a él, pero el rabioso miedo que se apoderó de ella cuando temió que sus patadas pudieran dañar algo que ni siquiera estaba segura aún de que existiera fue tan exacerbado, tan brutal, tan nítido que le sirvió para tomar por fin la determinación de alejarse y poder así elegir ella sola cómo quería que fuera su vida y, sobre todo, poder pensar en ese niño que crecía en su interior sin haberlo deseado. Abandonó la fotografía sobre la cama y cerró la maleta de un golpe. Cogió una camisa que él había dejado en la butaca y se la acercó a la nariz. Aún tenía su aroma, el perfume que se ponía siempre mezclado con el olor de su propio cuerpo, y quiso guardarlo dentro de sí, llevárselo consigo de algún modo, porque intuyó que nunca más volvería a aspirarlo.

Al llegar a la estación del tren que subía a Los Molinos, respiró confiada. Entró en el vagón y se sentó sola en un compartimento grande, con la perra, que la miraba inquisitiva y enfadada, embutida en un artilugio de plástico a sus pies. Era una tarde de jueves y apenas nadie subía a la montaña. Se recostó sobre el sillón y se quedó dormida hasta que llegó al final del trayecto. Su abuelo la estaba esperando. Le disgustó tener la sensación de que había empequeñecido. Se le habían escondido hasta los ojos, que a Violeta siempre le habían parecido grandes y vivos. Ahora no eran más que dos bolitas negras rodeadas de un blanco apagado y fatigoso; tanto que creyó que no se alegraba de verla, aunque su impresión cambió en cuanto lo abrazó y sintió que su cuerpo, mucho más frágil y enjuto que la última vez, la arropaba con el mismo calor de siempre y después la recubrió con sus estrepitosos besos.

Violeta, cómo me alegro de que estés aquí, te he echado mucho de menos. ¡Cuánto te has hecho de rogar para venir a verme! Pero ¡qué guapa estás!, ¡qué guapa! Eres igual que tu madre a tu edad, pareceríais dos gotas de agua.

No le gustaba que Diego la comparara siempre con su madre, su querida Violette, su pajarito, como la llamaba también a ella cuando le contaba historias de su niñez. Pero lo hacía casi siempre, quizá porque así él corroboraba que no la olvidaba, que ella seguía presente en su vida, aunque fuera en sus recuerdos. En las historias que le relataba se refería a ella con ese mote y Violeta ya casi se había acostumbrado a asociar ese animalillo con su madre porque él solía contarle alguna batalla una vez al día, como poco. A ella siempre le había encantado oírle. Se sentaba con él y pasaba horas escuchándolo mientras le narraba las peripecias de Violette y también las de él mismo, de cuando era un crío que no abultaba ni medio metro. A Violeta no le ocurría lo que a algunas de sus amigas, que cuando entraban en su casa huían a su cuarto y les molestaba que sus padres o sus hermanos intentaran internarse en ese mundo solo suyo. A ella, sin embargo, le agradaba hablar con Diego, quizá porque se quedó sola demasiado pronto y tuvo que aferrarse a él, su única familia.

Ahora, al tenerlo delante, con el abundante pelo plata y el cuerpo mucho más menudo, que parecía que se le iba a quebrar entre sus brazos, sentía un retortijón de arrepentimiento por haber dejado que pasara tanto tiempo sin haber vuelto a verlo; también preocupación por encontrarlo tan desmejorado. Varios meses habían transcurrido desde que por fin consiguió que Álvaro la llevara de nuevo a la montaña. Pero en realidad era culpa suya, ella se lo había permitido, ahora no entendía cómo, pero había sido ella misma la que había consentido esperar tanto para volver. Él nunca se lo prohibió; no con palabras porque, quizá, si lo hubiera hecho, Violeta no habría tardado tanto en reaccionar para romper ese poderoso hechizo que la mantuvo embrujada y sumisa durante años.

Yo también te he echado muchísimo de menos, abuelo. Siento tanto no haber venido antes que estoy dispuesta a resarcirte: esta vez vas a tener que echarme si quieres que me vaya, ya lo verás. Álvaro tiene otra obra en Perú, pero esta vez va a pasar allí más tiempo y me gustaría quedarme contigo mientras no está, si a ti no te importa, claro.

Violeta miró hacia otro lado, no quería que él le viera los ojos para que no la descubriera rompiendo su pacto, el que les impedía mentirse el uno al otro. E intentó disimular esa chispa de pena agria que sentía cuando lo hacía y que le supo mal, pero se diluyó enseguida al darse cuenta de que de veras no tenía intención de irse de su casa. Al menos hasta que hubiera decidido adónde.

¡Cómo iba a importarme! Sabes que siempre eres bienvenida, siempre. Álvaro puede estar tranquilo, te cuidaré lo mejor que sé. Me hace muy feliz tenerte en casa otra vez, ya lo sabes. Puedes quedarte el tiempo que quieras. Pero vamos, empieza a hacer frío y vienes muy fresca tú, para variar. ¿Nunca te acuerdas de que esto es la montaña?

Él le regaló la sonrisa de toda la vida, la que la calmaba después de una batalla campal de piedras en el cerro que había terminado con demasiados heridos entre los contendientes y con sus padres furiosos con ellos por haber sido tan estúpidos de haberse arriesgado a escalabrarse por jugar; la que le dedicaba antes de salir hacia la Universidad, a una hora intempestiva de la mañana, cuando tenía un examen y los nervios la reconcomían; la que le dedicaba cuando ella le contaba sus cosas, hasta que dejó de hacerlo porque encontró a Álvaro y todo cambió. Y le abrió la puerta del coche, como siempre, como cuando se empeñaba en acompañarla a cualquier sitio al que no pudiera llegar en menos de diez minutos andando, empecinado siempre en protegerla. Se colocaba delante de ella y esperaba a que entrara y se acoplara en el asiento. Solo entonces cerraba despacio y se sentaba al volante. No le preguntó más sobre Álvaro. Violeta sabía que no le gustaba demasiado: lo culpaba de haberle arrebatado su cariño, como si ella fuera una tarta que, al dividirse entre más, tocase a menos. Pero ella también sabía que él no era el culpable de su desapego de los últimos años, de eso sí podía excusarle. Tenía que haberse dado cuenta de lo que importaba. Se alegró al pensar que aún estaba a tiempo. Mientras él conducía hasta la casa, Violeta se arrellanó sobre el respaldo, que seguía igual de blando, y disfrutó de su tacto suave y luego estiró las piernas hasta tocar el chasis delantero. Se sentía bien, protegida y tranquila. Oír la voz de su abuelo la calmaba siempre y su mera presencia le anticipaba el cariño que ahora tanto necesitaba. Y se durmió pronto al acostarse en la misma cama de cuando era niña, la que se seguía recordando aunque hubieran pasado decenios sin usarla cada noche porque evocaba aquellos días en los que todo era fácil y limpio y no existían Álvaros que importaran y que hubiera que olvidar.

CAPÍTULO 2

I

Los Molinos, sábado 13 de mayo de 2000 (2:10 h)

No sé cómo aún conservas la magia que ella te insufló un día con sus pinceles. Cuando me siento frente a ti, puedo verla a ella, puedo hablarle y sé que me escucha; que los gritos que aturden mi mente, ella los oye y los atiende. Puedo sentir sus manos en mis manos, su voz tranquila que apacigua mi dolor y mi miedo, mi tremendo miedo, la angustia que hurga en mí hasta conseguir que me golpee con los puños para matar la alimaña que se alimenta de mis vísceras. Puedo inhalar el perfume de su pelo y percibir el temblor de su piel cuando sus dedos pasan de mi nuca a mis hombros. Apoyo la frente en su pecho. Mi angustia se doblega.

No comprendo qué es lo que te hace conservar el secreto de mi sosiego pero, mujer, tu guitarra tiene un hechizo que perdura y del que ninguna bruja, buena o mala, podrá librarte si no es matándome primero.

Cuando ella ha conseguido que mi espíritu repose, aparto de ti mi pensamiento y veo a Violeta, espiándome. Hoy ha aparecido como siempre, sin avisar, sin darme tiempo a que prepare nada, casi ni llego a buscarla. Es igual que su madre. Tiene hasta sus mismos ojos, tan grises que parece que, si los miras lo suficiente, podrás verla por dentro. Aunque ella es mucho más fuerte. Aún no me ha dicho por qué ha venido. Ha llegado sola, sin Álvaro. Y no está bien, aunque no le pregunto, lo sé. Lo supe en cuanto la vi bajar del tren que viene de Madrid e invade con su ruido nuestro pequeño pueblo; pero ese también es un mal necesario. Ha adelgazado mucho, no come como debería, no se cuida, pero ya es adulta y no consentiría que un viejo le diga cómo tiene que vivir. Hace bien, yo tampoco lo haría. Sin embargo, me cuesta no verla como cuando era mi niña, mi otro pajarito. Sigue teniendo esa mirada de cría lista como una ardilla, de las que lo pillan todo a la primera, pero ha cambiado. Ahora sus ojos están apagados. ¡Y cómo se parece a su abuela! La espalda ancha, las piernas finas, el pelo tan liso, la vista orgullosa. No se puede renegar de los orígenes. Pero está triste. Enseguida se abrazó con fuerza a mí y sentí cómo su cuerpo temblaba igual que un conejillo asustado cuando lo coges de las orejas. No es justo que yo también vaya a fallarle, pero ya no tengo fuerzas para servir de apoyo a nadie. Solo puedo darle mi cariño y no por mucho tiempo.

Ella me mira curiosa, medio escondida tras la puerta, cuando me siento enfrente de ti y me pierdo en tus colores. ¿Cómo podría explicarle que a través de tu guitarra consigo reencontrarme con la única a la que amé más que a ellas? ¿Es esto una lágrima? No caigas, que ella no te vea rodar por mis mejillas, que no sepa que no quiero vivir. No debe conocer nunca tu final, el principio del mío. Tú debes callar, que no entienda por qué te necesito, qué notas inaudibles interpreta tu guitarra que ocultan la canción de mi desgracia. Júrame que no le dejarás sufrir.

Sé que está angustiada, la he sentido cuando ha entrado esta noche en mi habitación y me ha tocado la frente, apenas un roce sobre la piel fatigada. Piensa que soy mayor, que tal vez esté enfermo. No se equivoca en todo: la enfermedad también la padece el alma. Qué pena desprendían sus caricias en mi brazo antes de salir para acurrucarse, sin hacer ruido, de nuevo en su cama. No abrí los ojos, ¿para qué confesar? No imagina lo cruel que es el hombre. No imagina lo que siento. Somos bestias. Nos devoramos cada noche y al amanecer cantamos sobre nuestros desechos.

Pero sé que ella también sufre. Desconozco el motivo, solo lo sé. Y no puedo ayudarla. Ya no, estoy demasiado cansado. La oigo al sentarse como entonces ante su escritorio, el que le compró su madre cuando ambas vinieron a vivir aquí. ¡Me devolvieron la vida! Tú lo sabes: nunca fui más feliz que aquellos días en los que tuve conmigo a mis dos pajaritos, la madre y la hija. Ella correteaba por el jardín y me perseguía para que la llevara a ver los nuevos mirlos que habían anidado en los chaparros; a veces se quedaba dormida sobre mis rodillas mientras le contaba leyendas de duendes, hadas y princesas peregrinas. Ahora vuelve a mí, quizá para que también la guíe, pero yo tan solo puedo acogerla. En su cuarto, sentada mientras deja la ventana abierta de par en par para que el aire fresco de la sierra le abra los pulmones, respira hondo y escribe sin levantar la vista del cuaderno como cuando era niña, con la luz del flexo bailándole en el pelo.

¿Por qué está tan angustiada? No ha querido contarme lo que le ocurre y yo ya no tengo fuerza para ayudarle a que lo haga. Ya no quiero seguir caminando. Hace mucho que dejé de ser el que era, que dejó de preocuparme enseñar a nadie. Todos olvidan deprisa, ni siquiera la cultura evita la masacre; ¿para qué luchar más? No puedo seguir siendo un hipócrita. O mejor dicho, no quiero, no quiero leer en el periódico del día que miles de personas huyen de otras tantas en algún país perdido mientras me tomo un té con leche sentado en mi jardín, no quiero escuchar de nuevo que otros igual de desgraciados mueren de hambre mientras me sirven un plato rebosante de comida que sobrará y tirarán a la basura, no quiero sufrir más viendo cómo los demás sufren. Es un tópico. Es un tópico. Sí. Y eso nos tranquiliza. Europa… Cuando los que se matan son somalíes o indios o iraquíes…, mientras son ellos los que se masacran o mueren famélicos, respiramos tranquilos. Sentimos que la civilización es nuestro privilegio. Solo cuando los que se asesinan son blancos e ingenieros, historiadores, electricistas o profesores, y son nuestros vecinos, entonces sí sentimos miedo. Hipócritas. Necios.

No me miras. No sabes cómo decirme que nunca fuimos mejores ni aprenderemos a serlo. No te atreves: lo que sufrimos se repite. Y también hoy quedaría sin castigo, ahora igual que entonces, ¿o quien te mató fue juzgado, fue condenado; le aplastó el peso de la culpa, la desesperación o el arrepentimiento? Jamás lo sabré, jamás lo supe. Ni eso me permitieron. No me dejaron enterrarte. Dicen que es la principal causa de no concluir el duelo: no haber podido llorar ante el cadáver; verlo, olerlo, palparlo. Sentir la frialdad del organismo, la insensibilidad de la carne, el vacío en las pupilas, la emanación de lo que comienza a pudrirse. El infierno. ¡Cuánto tiempo me maldije por no haberte buscado, por no haberme quedado hasta dar contigo, viva o muerta! Ahora sé que no habría tenido ninguna posibilidad, ni yo ni tú. Pero entonces la culpa y la incertidumbre me martirizaron. Esa ha sido mi condena, más que ninguna otra. Esa. ¿La merezco? Quizá por otras razones… por no haberte sabido sacar de allí a tiempo, por intentar sobrevivir sin ti, por buscar una razón para mantenerme vivo. No hago más que pensarlo; sí, ahora la culpa ha regresado. Con tus cuadros han vuelto los reproches, los remordimientos, las imágenes que me acorralan hasta que el grito se escapa sin que nadie más que yo sea capaz de escucharlo. Pero, aunque lo único que deseo es reunirme ya contigo, no estoy solo. Por eso y solo por eso sobrevivo.

Y me queda muy poco, lo sé. No tengo ganas de seguir viviendo. Cuando yo me vaya, Violeta quedará huérfana. Y debe tener un origen, un principio. Yo se lo daré; aunque me guarde lo que no quiero que sepa nunca, necesita conocer al menos una parte de su pasado y hacerlo suyo. Necesito que ella te descubra, pronto tendrá que conocerte. No sé cuál de tus sortilegios emplearás para que se mire en tus ojos como yo hago y se encuentre a sí misma de nuevo. Solo ella me importa ahora. Desde que su madre murió, su sonrisa ha sido mi único consuelo. Cuánto sufrí cuando se fue de casa, a cada paso que daba para llegar hasta la puerta que abriría para no volver veía en ella a su madre, mi otro pajarito, y no podía evitar recrear en mi mente el mismo sufrimiento: aquellos ojos grises ya sin vida. Como tú, Elisa, como tú. Aunque a ti no te vi.

Ha sido muy oportuna. Ayer recibí la carta que esperaba. Y las maletas de Clara no están con los cuadros. Así que debo regresar. De no haber venido tu nieta, habría tenido que llamarla para que me acompañara en este último viaje. Volveré a Asturias, de donde hace miles de años salí. Allí imaginará quién te pintó, por qué estás aquí, de dónde viene, por qué te necesito.

Ella tendrá que descubriros.

II

«En nuestras maravillosas tertulias de los domingos se comenta, se critica, se experimenta. Pero estos días le toca el turno a la actitud de un importante núcleo derechista cuyo jefe ha declarado alegremente su disposición a “defender la República”. Y del café se ha pasado a la prensa, a las sobremesas y hasta a las mesas acompañando a la paella. Y algunos se enervan y otros se contienen, pero todos se apasionan, inevitable característica de la idiosincrasia española. El tema, el centro, el núcleo de la cuestión es intrascendente: belmontistas y joselistas; aliadófilos y germanófilos; seguidores del E.F.C. del Recreativo de Montes del Castillo o del F.B.C. de Andurrianos de la Sierra… ¡Lo importante es poder encontrar una razón para llevarle la contraria al contertulio en la rebotica, en el casino, en el banco al sol o en la bodega de la esquina!».

Villaviciosa (Asturias), 6 de junio de 1934

En realidad nunca le había gustado esa casa tan grande y tan azul, por muy del estilo de Posada Noriega que fuera. Tampoco le gustaba vivir en ese pueblo tan apartado de todo y de todos en el que sus oscuros ojos, acostumbrados a la cegadora luz del sur, languidecían en espera de los raros días en los que salía el sol, para contemplar cómo las hasta entonces apagadas hortensias parecían, durante unas horas, borbotones de burbujas de colores —rosáceas, blancas, lilas, azuladas—; exultantes entre el verdor omnipresente y monótono de todo lo demás; imperturbables y señoronas ante el pasar de las viejas que iban a misa a la misma hora que ella, a la de maitines, llevando de la mano a alguna nieta somnolienta de deslavazados lacitos rosas. Ni le gustaba la casa ni le gustaba el tiempo ni le gustaba el lugar ni le gustaba casi ninguno de sus vecinos. Milagros no se había acostumbrado a sus peculiaridades del norte aun diez años después de volver de una tierra tan parecida en ocasiones a su Sevilla. Seguía sin soportar ese ambiente pueblerino de edulcoradas niñas casamenteras, rudos machos curtidos por el trabajo en el campo o en la mar y solo unos cuantos caballeros que mandurreaban escudados tras el dinero que habían traído de fuera —como ellos pero, Dios nos guarde, salvando las distancias—, en el que la mayor autoridad en música era ella. Sí, sabía tocar el piano y, sí, sabía hacerlo muy bien. Incluso podía haberse convertido en una fabulosa concertista si no hubiera conocido a Manuel y lo hubiera dejado todo para seguirle en su aventura en México. Pero de ahí a considerarse una autoridad musical distaba mucho. Sin embargo, en ese lugar ciego ante la cultura, el tuerto que sabía diferenciar un do de un la era el rey. Por eso la idea de volver a vivir en una gran ciudad no le disgustaba del todo.

Milagros se intentó aplanar el rizo rebelde que se descolgaba demasiado por debajo de los ojos. Los toques del reloj de cuco resonaban a través de la madera de acacia como si en lugar de una avecilla cantara un mochuelo. ¿Por qué se llamaría así un artefacto que emitía semejante ruido? Su sonido se parecía al de verdad tan poco como el monigote que lo emitía al pájaro vivo. Jamás lo habría puesto en el salón si su marido no hubiera insistido tanto. Manuel, ¡ah, su Manuel!, siempre tan pendiente de la hora… Pero al menos tenía que reconocer que servía para marcar el ritmo del día en una casa donde le resultaba difícil marcar nada. Con su cuarto cucú se levantaron de la mesa y pasaron al salón de té. Qué endemoniadamente tarde se comía en España y qué pronto había asumido ella otras costumbres distintas a las de su niñez. Cerró el libro que le había traído de Madrid como regalo su amiga Clara, más desmejorada aún a la vuelta que cuando se fue, y que había hojeado mientras la sirvienta les preparaba el café, que no podía faltar en esa casa. Las tapas rígidas y pesadas provocaron un plof demasiado pervertido para la sobriedad de la conversación.

No sé, no sé, Manuel —dijo Milagros mirando con dulzura a su marido—, la idea no me parece del todo mal, pero es que irnos así, ahora, después de todo lo que nos ha costado hacernos otra vez a la vida aquí en España, con todo lo que has invertido en esta preciosa casa y la de cosas que tendríamos que dejar… Y, sobre todo, con la universidad de Diego a pocos meses de empezar… Aunque la verdad es que no puedo decirte que no me gustaría irme de Asturias, al menos un tiempo. Eso no lo dudes. Sobre todo desde lo de ayer, que no os he contado aún. A la salida de la iglesia me encontré con la prima de la doncella, la que ha venido a veces a traernos la leche… Sí, no pongas esa cara, que la has visto alguna vez. Tiene las manos más delicadas que he visto nunca en una persona así. Parece que siempre lleve hecha la manicura. Pues su marido era uno de los mineros que tuvieron el fatal accidente de hace un par de semanas. El pobre sufrió la peor suerte. No pude más que aproximarme a ella para darle el pésame, a pesar de que las otras siguieron su camino. Pero yo sentí lástima y tuve que ir a hablarle; no paraba de llorar. Fue espantoso. Seguro que entraba en la iglesia para pedirle algo al párroco, porque la había visto pocas veces por allí. No me gusta este sitio, no me siento bien en este ambiente, somos bichos raros aquí. Ya sé que esta es tu tierra, pero yo no consigo habituarme. Además, puede que Jaime tenga razón y que los problemas no hayan hecho más que empezar. Aunque Londres no es justamente el sitio donde preferiría ir ahora, llueve más que aquí, que ya es decir. Y el inglés nunca ha sido mi fuerte. Es un idioma demasiado complicado para mí. Seguro que en Madrid estaríamos mejor.

Milagros hablaba rápido, tan rápido que a veces era imposible entenderla si miraba hacia otra parte y no se podía seguir el movimiento de sus labios. Se levantó y cerró la puerta. ¡Qué difícil resultaba encontrar sirvientas tan leales como las de antes! Se miró la falda, esa pequeña mancha roja no saldría fácilmente sin arruinar la tela. Se enderezó y puso una mano sobre ella; después miró con disimulo a un lado y al otro mientras intentaba sentarse recta. Se fijó en su amigo Jaime, que se intentaba en vano colocar las gafas mientras hablaba.

Pero no podéis imaginar cómo está Madrid —respondió Jaime mientras se removía sobre su silla—; también es un hervidero. No queréis reconocerlo pero esto va a ir a peor. Solo hay que ver lo que le ha pasado a Azaña, a Lerroux y suma y sigue. Y mirad ahora la que tiene liada la derecha, deshaciendo lo andado, lo bueno y lo malo; y los comunistas…; ¡y los anarquistas! Ni ellos tienen claro lo que quieren. No se sabe de dónde van a venir los golpes. Todos van y vienen como las olas. El Gobierno de Madrid es inestable. Y sus medidas, un desastre a cual mayor, un experimento tras otro. ¿Cómo se puede evitar que las viejas recen? Y discúlpame, Milagros, por supuesto que no lo digo por vosotras.

Jaime, si mi marido no ha impedido que crea en quien yo quiera, no lo va a hacer un Gobierno que hoy opina una cosa y mañana la contraria. Y no te disculpes, entiendo perfectamente lo que quieres decir.

En verdad, es justo como tú lo pintas. A nadie en su sano juicio se le ocurre querer cambiar radicalmente las costumbres a golpe de prohibición. Y si antes no lo hicieron bien, peor lo van a hacer ahora estos volviendo atrás. Ya lo vimos con el susto del voto femenino que, como se ha comprobado, no llegó en el mejor momento, pero es seguro que aún nos esperan muchas sorpresas resultado de otras tantas ideas felices. A qué alma cándida se le ocurrió creer que quitándoselo todo y expulsando a los pobres jesuitas… ¡Jesús!, jamás pensé que alguna vez diría juntas esas dos palabras… ¿Por dónde iba…?, sí…, pues eso, que no tienen que estar en su sano juicio para pensar que, aun así, iban los curas a bajarse de su púlpito. Son demasiados siglos de tradición que la gente tiene metidos en los entresijos. Y eso no se puede deshacer a fuerza de imponer leyes, por muy republicanos que se hubieran vuelto de repente muchos. Así luego pasa que a algunos les das la mano y se toman hasta el hombro, y enseguida van y se lían a quemar conventos. Esto no puede traer nada bueno en un país como este, en el que la mitad de las mujeres se llaman María y la otra mitad Concepción, Anunciación o Magdalena.

O Milagros, Jaime, o Milagros.

La mujer miraba cómo su hijo Diego dejaba caer un naipe tras otro sobre la mesa y cómo Martín le ganaba; su amigo siempre le ganaba. Ambos permanecían ajenos a la conversación, como si no fuera con ellos, cuando precisamente era a ellos a quienes más podría afectarlos. Pero la juventud es el pecado de soberbia más prolongado de todos, aunque también el más fácilmente purificable. Ojalá la gula estuviera clasificada también entre ese tipo de pecados. Entonces tal vez ella podría conseguir que las piernas dejaran de dolerle, porque, por mucho que intentaba comer menos, su rechoncho cuerpo lo era irremisiblemente cada día un poco más. Manuel le sirvió un par de cucharadas de azúcar más a Jaime, quien las removió con fuerza antes de llevarse la taza a los labios, aunque siguió hablando.

Y además es mentira. Hay mucho republicano de boquilla pero a saber lo que harían si el rey y los suyos pudieran volver a tomar las riendas. Y a saber lo que harán ahora con la derecha de nuevo al mando. Manuel, esto es una locura, te lo digo yo, convence a tu esposa. —Jaime miró a su amigo con preocupación y dio otro trago—. En España no estábamos preparados aún para haber dado este paso. Y encima se desdeña a la gente que sabe. Mira al menospreciado Ortega y Gasset. Colosal su artículo de El Sol. Pero ¿quién le hace caso? Cuatro iluminados a los que no se escucha y luego gente que, como nosotros, ha viajado y pensamos de otra forma. Por eso no me gusta lo que está pasando. Tanto ir y venir no puede traer nada bueno, estoy convencido.

Jaime volvió a dejar la taza sobre la mesa. Odiaba quemarse el paladar con el líquido caliente y esta vez la doncella había traído la gran cafetera hirviendo. Un hilillo de aroma y agua evaporada seguía saliendo serpenteante de la loza de La Cartuja, refinada y esbelta como la cucharilla de plata bruñida que había dejado sobre el platillo salpicado de flores, demasiado delicado para un café tan amargo como aquel. Se fijó en su esposa: Clara seguía ensimismada en su cuaderno. Hubiera querido acercarse a ella y dar por zanjada la conversación que sabía que le estaba poniendo nerviosa, pero apreciaba demasiado a sus amigos como para no seguir insistiendo.

Y, Milagros, quien dice Londres, dice París. ¿No es allí donde vive tu hermana Amalia?

Sí, eso es —respondió la mujer esbozando una amplia sonrisa—. Y hace mucho tiempo que no los vemos. Seguro que estaría encantada de que le hiciéramos una visita de una vez y nos ayudaría de mil amores a encontrar un buen sitio donde instalarnos. Amalia vive en Francia desde hace muchos años, cuando se casó con Gérard. Mi sobrina Anna nació allí, es francesa y, por las últimas fotos que me han mandado, muy guapa, por cierto.

¿Muy guapa? —preguntó Diego, apartando los ojos de las cartas por primera vez—. Entonces nosotros también nos apuntamos. ¿Verdad, Martín?

Hijo, no seas tan frívolo, que lo que estamos hablando no es precisamente motivo de broma.

Diego se acercó a su madre y le dio dos besos en la frente. Se había hecho mayor tan aprisa que ella apenas podía recordar en qué momento dejó de subírsele a sus rodillas para que le interpretara alguna pieza al piano, a duras penas manteniéndolo en su regazo, y cómo la escuchaba siempre con una mirada limpia y nueva, como si todo lo descubriera en ese mismo momento.

Perdóname, madre, no tengo intención de perseguir a mi prima, si no es estrictamente necesario. Y sé que lo que estáis hablando es importante. Pero yo no veo el peligro, la verdad. A pesar de que a veces parece que hayáis renegado de vuestras raíces, tenéis que creer que los españoles somos muy capaces de solucionar nuestras diferencias sin crear más problemas de los habituales. Vivimos en una época difícil para muchos, pero no creo que sea como para tener que irnos. Yo no quiero irme. Ya lo sabéis.

Sí, ya lo sabemos, pero tus razones no son lógicas, eso también lo sabemos.

Milagros le acarició el pelo; tenía sus mismos rizos, castaños y brillantes, y se empeñaba en dejárselos así, peinados al aire como cualquier labriego. Él volvió a sentarse junto a Martín pero ambos parecían haber perdido ya el interés por el juego. Sonó la campanilla de la calle y la doncella tan solo tardó unos segundos en hacer pasar a una joven. Con ella entró la brisa.

Elisa, dichosos los ojos. ¡Cómo te haces de rogar últimamente! —le dijo rauda la mujer.

Hola, Milagros, hola a todos, disculpen la interrupción. Y, por favor, no piense eso, venir a verles siempre es un placer. Mis padres me dijeron que también iban a pasar aquí la tarde y me he acercado en cuanto he podido.

La joven fue a saludar a su madre. Clara se había sentado frente al gran ventanal de cuarterones que se asomaba al jardín de los magnolios y escuchaba la conversación sin intervenir, como casi siempre. Era sorprendente lo que ambas se parecían y más sorprendente aún que se parecieran solo en lo físico.

¿Qué tal, cielo mío? ¿Cómo te fue con el cuadro? ¿Ya terminaste?

La misma voz resonó en la sala. Si todos hubieran cerrado los ojos en ese momento, no habrían podido distinguir si la que les hablaba era la madre o la hija.

Así que es por eso por lo que no hemos disfrutado de tu presencia en la comida, ¿no? ¿Sigues pintando todos los días? —Milagros se sirvió un poco más de café sin quitar ojo ni un instante a su hijo—. Haces bien, ya sabes que creo que eres muy buena, he visto pocas pinturas con el alma de las tuyas. Y te aseguro que he contemplado la obra de muchos pintores. Nueva York tenía unos museos fabulosos. Cómo los echo de menos.

No empecemos otra vez, Milagros —su marido la interrumpió. Con los brazos pegados al cuerpo, Manuel apretaba los puños inconscientemente. Casi provocaba risa—. Si de verdad te sientes como dices, vámonos entonces a Londres, a París o a donde quieras. Así no podrás quejarte de no tener a tu alcance pintores, músicos o cualquier otro tipo de bohemio que prefieras, como te quejas de que te pasa aquí. Y francés sí que hablamos, mal, pero lo hablamos. Me niego a ponerme ahora a aprender inglés, por mucho que a ti te guste tanto la escritora tan fabulosa esa. Y a mí me da igual seguir llevando mis asuntos con mis socios americanos desde aquí que desde París, incluso seguro que allí las comunicaciones funcionan mejor. Supongo que también habrá sitios a los que pueda ir de caza. Y mi primo el médico vive ahora en esa ciudad. Creo recordar que se fue a principios de año, con su esposa y mis sobrinas. Le están yendo muy bien las cosas.

Jane Austen, Manuel, la escritora esa se llama Jane Austen —Milagros respondió con rapidez—. Y no es eso, no es eso. No quiero que penséis que soy una frívola ni que España no me agrada, solo que me gustaría vivir más cerca de una gran ciudad. En los tiempos que corren, acercarme a Oviedo o a Gijón cada vez que quiero ir al teatro o asistir a un concierto es una aventura. Se te quitan las ganas. Y además Jaime puede tener razón. La situación aquí está más embrollada cada día. Irnos una temporada puede ser buena idea.

Pero entonces ¿están pensando en hacer caso a mis padres? Ellos ya llevan meses pensándolo pero creí que no se atreverían a irse. Yo me iría encantada a casi cualquier ciudad de Europa.

Martín dio un respingo en el sillón pero su amigo Diego se le adelantó.

¿Tú vas a ir con ellos?

Por supuesto, Diego. En cuanto se decidan. Tengo estudiadas ya todas las universidades candidatas. He enviado cartas a algunas de ellas, las de las ciudades a las que más probabilidades tendríamos de irnos en las que se ofrecen carreras de Bellas Artes. En París podría estudiar en la École Nationale Supérieure des Beaux Arts, nada menos. Tiene una de las mejores escuelas de pintura de Europa. —Elisa miró con el rabillo del ojo a Milagros. No podría dejar de agradecerle nunca que le hubiera ayudado a convencer a su padre de que le permitiera estudiar, de que en otros países lo hacían muchas mujeres y ninguna se había muerto por ello, ni tan siquiera se había quedado ciega—. Solo me falta que tomen la decisión de una vez, pero no hay forma. La verdad es que no quieren irse si no os vais vosotros también. Ya veis, somos una familia de muchos. Y, Martín, tú estás incluido en el lote, supongo.

El muchacho la miró por primera vez desde que había entrado. Sus ojos violetas le ponían nervioso. Esa chica era como los gatos. Y se movía igual.

Pues no sé —respondió Martín—, seguro que mi padre no querrá dejar el bufete en manos de mi tío. Pero yo creo que Jaime tiene razón. Al menos está claro que por aquí los mineros cada día están más revolucionados. Viven mejor que los labradores, su jornal es el más alto de Europa y su jornada la más breve, pero están muy unidos en sindicatos y no paran de convocar huelgas, ya me diréis qué más quieren. Pero mis padres no se irán de ningún modo, tampoco dejarán las tierras sin vigilancia, y mucho menos si puede haber problemas. Tampoco se sabe por dónde saldrá la Reforma Agraria tan cacareada. No es momento de abandonar los campos. Además ellos nacieron aquí, no añoran la gran ciudad en absoluto. Les gusta esta forma de vivir y la tranquilidad que hay en este sitio…, bueno, que había hasta hace poco.

Martín se levantó y se echó en la taza otro terrón de azúcar. Movía continuamente la cabeza para apartarse el flequillo, un mechón oscuro que le bailaba de un lado a otro por encima de los ojos. Después fue a sentarse más cerca de Elisa.

Pero yo sí estaría dispuesto a irme una temporada —continuó el joven—, a mí el bullicio de París no me disgusta en absoluto y supongo que tenemos que aprovechar que Elisa se conoce todas las universidades de miles de kilómetros a la redonda, ¿verdad, Elisa?

Ella no le contestó, solo arrimó una silla a la de su madre y la tomó de la mano. Hacía un rato que Clara había cerrado su cuaderno y lo había dejado apoyado sobre la mesa para volver a mirar por la ventana y seguía con la vista fija en algún punto del exterior, mientras su hija le acariciaba los huecos entre los dedos. Parecía que Elisa lo hacía sin darse cuenta, como si se hubiera acostumbrado a cuidar de ella desde siempre y tuviera interiorizados ya los gestos que conseguían transmitirle paz. Una paz que nadie sabía cuándo había perdido pero que se vislumbraba muy al fondo de sus ojos. Al verlas juntas, todos pensaron, como tantas otras veces, cómo era posible que dos personas tan iguales pudieran parecerse en realidad tan poco.

Fuera hacía frío todavía. Las grandes hojas verdes de los magnolios brillaban y las nuevas yemas púrpuras parecían a punto de explotar en colosales flores blancas. Un soplo de viento se llevó la hojarasca amontonada a los pies de sus troncos agrietados. El gris nubloso lo manchaba todo, hasta la montaña gris. Una ardilla de ojos vivos tomó del suelo un fruto seco y lo estampó contra una piedra. El resto del café ya no olía en la enorme cafetera, todos se habían acostumbrado a su aroma y solo el delicioso perfume de Elisa se abría paso en sus sensaciones como si flotara. Martín siguió mirándola pero ella continuaba sin contestarle.

No creo que mi padre vea ningún inconveniente en que me vaya a estudiar a París o a donde sea, siempre que siga estudiando Derecho, eso no admite discusión —dijo él—. Así que yo me apunto a la locura, si me lo permitís. Siempre habrá tiempo de volver a su despacho cuando termine de estudiar allí, si no me queda más remedio. Y estoy seguro de que un abogado formado en la Sorbona o en cualquier otra universidad parisina donde me admitan no tendrá competidores en todo Gijón y alrededores.

Pues nos alegraría mucho que os unierais a nosotros —Jaime tomó la palabra—. A pesar de lo que cree Elisa, Clara y yo hemos decidido irnos como muy tarde en un par de meses. Nos da igual si el destino es París, Londres o Ámsterdam. No quería decíroslo así pero mi cuñado, el que está destacado en Sevilla, siguió muy de cerca el levantamiento de Sanjurjo (que no deja de ser un advenedizo pero vete tú a saber cuántos hay como él y que, además, así, a lo tonto, se ha llevado por delante hasta a Lerroux) y nos lleva avisando desde entonces, asustando, diría yo. No sé si será un loco o un alienado pero él lo tiene claro: la República ha perjudicado mucho a los militares. Y ha dejado a demasiados mandos sin poder mandar y les ha intentado quitar poder, pero en realidad siguen teniendo demasiado. Lo de Sevilla podría repetirse y nadie es capaz de imaginar las consecuencias. Nosotros no vamos a quedarnos. Clara no está para muchos sobresaltos y yo, si os digo la verdad, tampoco. Y si resulta que nos hemos alarmado por nada, volveremos pronto.

III

Los Molinos, sábado 13 de mayo de 2000 (8:36 h)

En dos meses, mi eficiente madre había conseguido organizarlo todo para dejar aparcada nuestra vida en Asturias. Suspendida en el tiempo, como si fuera posible recuperar un instante. Como si pudiéramos dar marcha atrás y reanudar nuestra historia en el punto en el que deseáramos. Qué prepotentes, qué presuntuosos; nos creemos dioses y solo llegamos, si acaso, a gusanos. Unos gusanos devastadores con nosotros mismos. Tu padre y tú nos animasteis a salir a tiempo de una España a punto de parir dolor y miedo, sufrimiento y hambre, pero llegamos a una Francia desunida, en la que los enemigos se confundían y los amigos eran cobardes. No podíamos saberlo, qué íbamos a saber. Y menos que nadie nosotros, tú y yo. Yo tan solo pensaba en ti, en tus manos y en tu voz, en tus caricias entre dos luces que me erizaban la piel somnolienta hasta despertar cada poro a tu mañana. Todo lo demás ¡qué poco me importaba! La juventud es egoísta, inmediata, impaciente, cada siglo un poco más, y a mí entonces ya solo me importaba volver a tenerte. Hasta en mis sueños te deseaba. Elisa.

Elisa, las luces del día doblan a muerto entre mis fantasmas y se hinchan de voces ahogadas que suspiran para hacerse oír. Me llaman a gritos desde hace días, desde que Ángela, la abogada, me anunció que debía regresar. Ni el alba con su luz vivificadora consigue reanimarme para que pueda salir de mi nicho de dolor, Elisa, mi dulce Elisa. Pero sé que tengo que volver a ti. La sepultura de mi memoria ha sido profanada y ahora todo es negro. Y me da tanto pavor recordar que, si no fuera por ella, por mi nieta, lo dejaría pasar y solo esperaría sin más hasta que llegara el salvador letargo de la muerte. Por mi nieta. Parece que duerme todavía, en un sueño placentero de joven flemática e irreverente ante las penurias de la vida que aún no le han llegado y que ni imagina que le llegarán. Déjala, déjala dormir. Déjala que pase el tiempo sin que le agobie esa losa de cemento que siempre termina tapándolo todo. Hasta mi cama es una tumba, fría y solitaria, de la que consigo zafarme tan solo cuando pienso en ti.

Ya han llegado los cuadros, Elisa, ya están allí. Y tengo que regresar. Pero sigo siendo un cobarde. No temo la muerte, temo rememorar la vida. Aunque debí haber vuelto mucho antes. Y no fui capaz, no tuve fuerzas. No me atreví. No pude volver a donde sabía que te habría gustado tanto que te permitieran vivir.

Abuelo…, abuelo…, ¿estás despierto? ¿Vas a bajar a desayunar?

Mi pajarito, creí que dormía y ahora es ella quien me vigila; se han invertido los papeles: ahora ella hace de madre y yo de hijo.

Sí, pajarito, sí, estoy vistiéndome ya. No te he oído levantarte. Pensé que aún estabas dormida y quería dejarte descansar un poco más. Enseguida termino, pero no me esperes. Empieza sin mí.

No te preocupes, voy a sacar a Zara a pasear un momento y desayunamos juntos.

Tengo que aprovechar su visita para pedirle que me acompañe; yo solo no tendría fuerza para hacer este amargo viaje de vuelta a donde hace lustros salí, y además ella también debe ir. Tendrá que conocerse. Aunque me pese. Cuando me fui de Asturias, qué poco podía imaginarme que no volvería a vivir entre las paredes de esa casa mágica. La casa azul que te encantaba, tal vez porque parecía salida de la fértil imaginación de un pintor. Sus siete habitaciones, sus dos salones, su mármol rosa, sus nobles maderas, sus ventanales imponentes, todo eso se quedó, como si nunca hubiera tenido nada que ver con nuestra vida. Desde que nos instalamos en ella, nunca antes la habíamos abandonado más que unos días, en los viajes que mi madre organizaba siempre que el tiempo o el humor de mi padre se lo permitían. Pero cuando partimos hacia París no fuimos conscientes de que ya no volveríamos hasta lustros después, y menos de que muchos de nosotros no lo haríamos nunca. Si lo hubiéramos sabido, habríamos recorrido cada rincón en busca de algo que anclarnos al alma para reconocernos luego en ello, para no olvidar nuestros orígenes, para sentirnos de alguna parte. Eso era lo peor de ser extranjero en una tierra extraña que, aun después de años, jamás te pertenecería: el no sentirte parte de ella, el que todo transcurriera ajeno a ti, que pareciera ocurrir sin ti, como en dos líneas paralelas condenadas al aislamiento, sin que nada de lo que te rodeaba pareciera atañerte o afectarte.

Yo no me di cuenta de eso ni siquiera cuando la comitiva con los coches llenos de maletas comenzó a andar y, trastabillando sobre los caminos pedregosos, llegamos a la carretera que nos llevaría a Barcelona. No fui consciente de lo que dejaba. Ni miré atrás, tan solo podía pensar que tú viajabas a mi lado, tan próxima a mí, y que poco después te tendría aún más cerca. Dos desconocidos para gente nueva entre la que ya no tendríamos que escondernos, dos incipientes amantes anónimos en las calles parisinas. No recuerdo el tiempo que tardamos en llegar a Barcelona, si fue mucho o muy poco, solo sé que miraba por la ventana lleno de excitación al saber que tú ibas tan cerca y pude dejar de pensar en ello cuando, desde varios kilómetros antes de llegar, me asaltaron los dos medios pechos de diosa suprema que formaban las arcadas de la Estación de Francia. Enmudecí de la impresión y seguí sin hablar cuando todos entramos en el inmenso vestíbulo, de geometría extraña, rematado con tres cúpulas descomunales sostenidas entre bóvedas y pilares, de mármol blanco, bronce y madera, y alumbrado por faroles triples de forja negra y las vidrieras en forma de medio arco más gigantescas que había visto en mi vida. El lujo y la grandeza hechos estación. Para construir maravillas así quería hacerme yo arquitecto. Qué pueriles son en ocasiones los deseos de juventud.

En un momento en que nadie nos miraba, me cogiste de la mano. «Impresiona, ¡eh!». Y sí, impresionaba. ¡Y qué hermosa era! Pero más hermosa me parecías tú. En la pared del fondo, entre las dos bolas gigantescas de metal suspendidas de sendas estructuras de hilos anclados al techo, miré la hora a la que al fin partimos hacia nuestro futuro en ese nuevo país en el que todos habíamos puesto alguna esperanza. Eran las cinco y diez y la mía era descubrirte.

IV

«Hermanos de armas, hermanos todos, seguid así, estoicos, imperturbables, solemnes. Seguid así, inconmovibles, con vuestros baluartes elevados al cielo, aguantando la lluvia y las pasiones, seguid así, porque en estos tiempos en que la femenina decadencia invade los pueblos y los sentimentalismos se extienden como la peste devorándolo todo, el único orden y equilibrio son posibles si vosotros, el Ejército, se mantiene al margen y siente el llanto como síntoma de cobardes y las agitaciones como vergüenzas. Las muchedumbres gentiles se dejan llevar por las pasiones y explotan en griterío ante las buenas nuevas y lloran amargamente ante las penurias, pero dejadle ese pobrerío de espíritu a los cobardes, porque, a Dios gracias, el Ejército sabe mirar siempre hacia el futuro».

París, 6 de septiembre de 1934

Milagros nunca antes se había parado a pensar por qué su hijo se parecía tan poco a su marido. Vistos así, sentados uno frente al otro, nadie podría haber imaginado entre ellos un parentesco más cercano del que podía haber unido a cualesquiera de los viajeros del zarandeante artefacto del demonio, en el que al menos habían tenido la suerte de poder sentarse todos juntos. Hacía ya horas que había corrido del todo las cortinas de terciopelo marrón para dejar de mirar el horizonte en busca de algún vestigio del paisaje español. Tras aquellas ventanillas oscuras, la rapidez con que la locomotora tiraba de los vagones provocaba la imaginación y los árboles parecían juntarse entre sí en un flujo de materia en movimiento vertiginoso. Los mareos habían sido tales que había tenido que levantarse varias veces para ir a vomitar. Pero ahora, ya más tranquila y sin nada dentro que poder expulsar para encontrarse mejor, había descubierto un entretenimiento más mirando de hito en hito a sus compañeros de viaje. Recostados en los sillones de ruda tela beis, algunos dormían, los mayores, jóvenes aún pero necesariamente envejecidos por oposición a los tres pipiolos que no habían dejado de hablar en todo el viaje en voz tan baja que ella, aunque había querido, no había podido participar en su conversación. Esa juventud estaba perdiendo los modales; Milagros jamás se habría atrevido a hablar así delante de su madre. Y sonreía pensando en esto, en cómo su encorsetada madre la habría reprendido cuando a ella su insolencia simplemente le suscitaba curiosidad.

Pero la verdad era que Diego no se parecía a su padre. Quizá la manía de tocarse la nariz con la punta de los dedos cuando se concentraban demasiado, el hoyuelo del mentón que se les insinuaba tan solo cuando reían, la manera en que se acariciaban las manos mientras escuchaban en alguna conversación u otros ademanes similares, casi nunca del todo físicos y perceptibles solo para aquellos que les quisieran tanto como para escrutarlos a ambos, fueran lo único que permitía rastrear su invisible vínculo. Aparte del cariño que se tenían el uno al otro. Manuel adoraba a su hijo, incluso a veces creía que más que a sus dos amores confesados —ella misma y la caza—, y él le correspondía con mayor intensidad, si es que eso era posible. Había sido de ese modo desde que Diego apenas levantaba cuatro palmos del suelo y ella se exasperaba porque buscaba a todas horas la compañía de su padre y su manita siempre rechazaba con un ademán de altivez muy poco apropiado para un crío la ayuda que ella le brindaba y no la aceptaba más que como segundo plato. Fue así hasta que se hizo lo bastante mayor como para entender que los afectos también debían seguir unas normas de cortesía.

A veces se preguntaba si habría ocurrido de otra forma si ella hubiera estado mucho más pendiente de él. Se empeñó en amamantarlo y criarlo sin ayuda de nadie, que para eso la naturaleza la había dotado a ella, y muy bien dotada, y jamás se había enfrentado a nada tan duro y a la vez tan hermoso. Pero salió tan agotada de la experiencia que decidió no tener más hijos y enseguida reanudó sus misas de cada día, las tertulias con sus amigas —mucho más animadas en México de lo que jamás serían en España, seguro que sí— y las visitas a los museos y al teatro, acompañada de Manuel o no, según se diera. Incluso participó más que antes en cualquier evento o celebración que le pareciera interesante o ameno. Y quizá el pequeño se había aferrado a su padre en lugar de a ella porque podía elegir en igualdad de condiciones: ambos llevaban una vida ajetreada y solo reservaban para él algunos ratos de las tardes, cuando terminaban su jornada dedicada a diferentes y variadas ocupaciones, pero en ambos casos apartadas del niño. Y además ella era mucho más exigente que su marido y quería que su hijo tuviera todas las oportunidades que le ofrecía una buena educación, que lo aprendiera todo, pero sin descuidar nunca sus emociones. Quería que fuera un hombre feliz y que pudiera hacer feliz también a los demás. Eligió con celo a su institutriz, lo que le costó un mundo, y luego la persiguió con sus teorías sobre la enseñanza de la oratoria, la gramática, el francés, la música y las matemáticas, y ella misma se encargaba de repasar con él aquello a lo que no había llegado en el día con su maestra. Y más tarde, cuando tuvieron que encontrar colegio en Asturias, buscó y rebuscó hasta encontrar el mejor de la zona. Así que Diego eligió enseguida lo más fácil: su padre jugaba y su madre le exigía y le hablaba sin cesar de sentimientos y sensaciones. Y eso quizá no era tan divertido como revolcarse por el suelo con Manuel. Y entre los cachitos de amor que el niño había repartido cada día y que ella rememoraba cada noche al acostarse, su parte siempre era mucho menor, o al menos se lo parecía. Pero se había acostumbrado a esa forma de querer. El amor de su hijo se quedaba en su círculo íntimo y ella sabía incluirse dentro de él y aprovechar y guardar cada una de las sonrisas con que ese mocoso de pícaros ojos negros y sonrisa cautivadora le hacía sentirse la más feliz de las madres. Sin embargo, también sabía que eso tendría que cambiar. Quizá ya lo había hecho sin que, como otras tantas veces en los últimos años, ella se hubiera percatado.

Era extraño ese triángulo. Dos hombres y una mujer. Demasiado juntos y demasiado separados. Milagros habría preferido que Martín o Elisa no les acompañasen. No se lo había confesado a nadie, tampoco a su marido, era demasiado ingenuo para entender sus razones. Pero algo dentro de ella le hacía sentir un picor extraño en la mano derecha mientras lo pensaba y eso siempre terminaba significando que había acertado en sus intuiciones, aunque a veces no se demostrara hasta mucho tiempo después. Recordaba, por ejemplo, la que tuvo con su amiga Clara. Todos se empeñaban en decir, a sus espaldas, que era una loca, pobrecilla, que había nacido así y que bastante tenía Jaime con haberla querido siempre y haberla consentido sus extrañezas desde antes incluso de haberla pretendido. Era muy hermosa, sí, y si no hubiera sido ella, podría haberse casado incluso con aquel marqués que la cortejó brevemente, hasta que se retiró, quién sabe si alertado por los mismos que decían quererla tanto. Pero había algo turbio en ella, algo que muchos achacaban a la locura o, conmovidos por la dulzura incuestionable de su mirada, a la extravagancia. Y pocos entendían cómo esa mujer de bellísimos ojos violetas podía ser la madre de alguien como Elisa, porque, para su fortuna, solo le había transmitido su piel delicada y su pelo suave y sus finos rasgos, incluidos sus preciosos ojos, pero ni un ápice de su opacidad ni de su tristeza. Sin embargo, siempre que Milagros se acercaba a Clara, sabía que no podría evitar sentir un cosquilleo en las palmas e intuía que no estaba loca y se convirtió en su mejor amiga desde el mismo día en que pudo conversar con ella a solas, sin ningún varón demasiado cerca, aunque solo años después llegó a saber de muy mala manera que su olfato no le había fallado tampoco esa vez. Y su hija fue afortunada de heredar su físico pero no tuvo que repetir su historia, y por eso era un cielo de mujer y nada le habría gustado más a Milagros que saber que se convertiría en un cielo de nuera. La suya. Por eso, para su gusto, alguno de los dos habría sobrado ahora en el vagón.

¿Por qué no dejáis ya de decir tonterías? ¿Es que no tenéis otra cosa mejor que hacer que bromear todo el rato? Parecéis críos, de verdad, críos atontados. No habéis dicho una cosa interesante en todo el viaje y mira que llevamos horas aquí metidos. ¡Qué ganas tengo de llegar y de ver París! ¡Cómo me alegro de que os hayáis decidido por fin! Será una experiencia fabulosa, ya lo veréis.

A veces me recuerdas a mi madre, Elisa —le respondió Diego—. Siempre regañándome cuando me porto mal. No hagas que me arrepienta de haberme apuntado a esta locura. Mírala, no deja de controlarme. No he conocido a nadie como ella, siempre detrás aunque no lo parezca.

Locura…, ¿por qué locura? —preguntó Martín—. Locura era quedarse en España pudiendo aprovechar el miedo de los retrógrados de mis padres para vivir una aventura aquí, en la ciudad de la luz. O mejor, en la ciudad del amor. ¿No crees, Elisa?

Martín, no empecemos —atajó enseguida ella con un mohín en la cara—, que ya somos mayorcitos y hace tiempo que las cosas están claras. Al menos yo las tengo muy claras.

Elisa miró a través de las ventanas ovaladas. Hacía mucho rato que las luces de la ciudad se veían a lo lejos. Eran como chiribitas voladoras que chisporroteaban, encendiéndose y apagándose al ritmo infernal de los monstruosos ejes que movían las ruedas del tren en un traqueteo insoportable.

No sufras, mi niña, que se te pone una cara muy fea. Mírala, si va a enfadarse y todo.

Martín, déjala ya —le dijo Diego—. Ella tiene razón, parecemos críos. Acabamos de comenzar un viaje que nadie puede imaginar dónde nos llevará y solo sabemos volver a lo mismo. Lo que tenga que pasar pasará, no se pueden poner muros a la vida.

Diego había cogido la mano de Elisa y se la llevó a los labios. Pero ella enseguida la volvió a dejar apoyada sobre sus rodillas. Miró de reojo a Martín pero este no les había visto el gesto.

No, en eso tienes razón, Diego —replicó Martín—. Siempre hay que vivir como si hubiera esperanza. La vida siempre decide por ti. No puedes imaginarte hasta qué punto. O si no, mira los idiotas de mis hermanos, se morían de ganas de venir también pero mis padres no se lo han permitido. Solo yo puedo estudiar en París, solo yo podré pegarme la gran vida aquí, mientras ellos siguen la tradición familiar. Sobre todo Herminia, la pobre, nunca saldrá de casa si no es con un compromiso por delante con cualquiera que le cuadre a mi padre. Qué pánfila.

No puedo creer lo que oigo, Martín. —Elisa parecía enfadada; aunque intentaba disimularlo, él la exasperaba muchas veces—. Que tengas la suerte de poder ser el que disfrute de esa oportunidad y te burles de lo que tiene que vivir tu hermana… Eres un idiota, un egoísta o un inconsciente, y no sé qué es peor.

No soy ninguna de las tres cosas. Solo me alegro de poder estar aquí, contigo. Y con Diego. Yo no puedo evitar que mis padres piensen como lo hacen, ¿qué quieres que haga? ¿Que me quede con ella? Tengo que aprovechar mi suerte, ¿no crees? Cada uno tiene la suya. Y ¿quién sabe?, quizá la tuya y la mía estén más unidas de lo que ahora puedes imaginarte, así que no me juzgues, mi niña.

No me llames así, Martín, no me gusta, ya lo sabes. Ya no soy ninguna niña.

Dejad de discutir y venid a ver esto. ¡Estamos entrando en la ciudad! ¡No puedo creérmelo! ¡Qué hermoso! Sabía que este río era fabuloso, pero… esto…, esto es increíble.

Diego había abierto un poco la ventanilla y el aire de París les daba en la cara. Era una corriente fresca de voces nuevas, de colores vivos, de ruidos deliciosos, de momentos indefinibles, de vida por descubrir que les esperaba. Sumergidos en ella, cualquier río les habría parecido extraordinario. Incluso uno mucho menos asombroso que el serpenteante y verdoso Sena.

Pues no parece que no has visto un río en tu vida… —bromeó Martín.

Venga, déjalo ya de una vez y disfruta de lo que estamos empezando a vivir. Dime de verdad que sí has visto algo parecido. Esto es París…, París. Por fin estamos aquí.

El tren fue aminorando la marcha hasta que les recibió un inmenso triángulo cristalino que parecía desgarrarse en millones de astillas metálicas. Su división en forma de malla trenzada de cuadrados, rectángulos y triángulos en su parte superior y alargados poliedros terminados en semicircunferencias por debajo le hacía parecer una tela de araña. Pero en realidad se trataba de la vidriera del tamaño de una plaza de toros que soportaba la cubierta de la Gare d´Orléans, su destino. Diego no pudo evitar sacar la cabeza por la ventanilla antes de que el tren se detuviera del todo para ver el imponente entramado de acero y vidrio que se elevaba a más de doce metros del suelo. Las tres filas de lucernarios atravesados por barrotillos de hierro se entreveraban con cuatro tiras iguales de planchas. A los lados, otros ventanales excesivos dejaban pasar la luz de París y, por efecto de sus miles de cristales, conseguían incluso multiplicarla. El volumen de la estructura imponía respeto, pero se disipaba entre la barahúnda de gritos, chirridos metálicos y silbidos; y el olor de la estación, un conglomerado de polvo, grasa, vapor y humo.

Cuando el hombre vestido con un uniforme impecable y gorra negra hizo la señal desde fuera, todos los pasajeros comenzaron a bajar despacio. Milagros y su amiga Clara iban agarradas del brazo mientras Elisa saltó al andén, Martín y Diego la siguieron a pocos pasos y Manuel y Jaime continuaron discutiendo sobre lo mismo de las anteriores dos horas y media. Los mozos recogieron sus maletas y las subieron a los carros, y todos echaron a andar hacia el vestíbulo que se veía varios metros más allá, al otro lado de los raíles que, como marañas de hilos estirados, se prolongaban hasta donde la vista daba de sí. A lo lejos, entre las incontables siluetas que se agolpaban en busca de alguien, una figura achaparrada agitaba los brazos y no paraba de hacer aspavientos y de gritar:

¡Milagros! ¡Milagros! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Dios mío! ¡Milagros!

Otros trenes atravesaban las vías, promesas de otros destinos, y el vapor sacrílego de las calderas se escapaba por debajo de las ruedas y envilecía el aire. Un hombre con un ridículo sombrero blanco en forma de hongo se había parado en medio del pasillo central y miraba a ambos lados mientras sujetaba un ramo de rosas amarillas. El clavel carmesí que lucía en la solapa hacía horas que se había marchitado. Milagros encomendó su amiga a su acostumbrado marido, dejó en el suelo su maletín de mano de piel de cocodrilo y salió corriendo. Aún tuvo tiempo de agarrarse el sombrero al ver otro igual volar por encima de sus cabezas y aterrizar en las vías de enfrente, pero continuó corriendo hasta llegar a la única persona en todo el andén que vociferaba entre la multitud. Manuel la seguía con la vista, entre divertido y escandalizado, y se acercó a Jaime antes de hablarle en bajo.

No pueden negar que son españolas.

Sí, las únicas —respondió Jaime—. Son las únicas españolas, eso podemos jurarlo.

Diego recogió el bolso del suelo y todos siguieron la estela de la adelantada Milagros, que seguía abrazada a su hermana como si fueran a quitársela, y llegaron a ellas abriéndose paso entre la multitud.

Dios mío, Amalia, ¡qué guapa estás! ¡Pareces una actriz de cine! —le dijo su hermana cuando por fin se separaron.

No exageres, Milagros, no es para tanto. Solo voy un poco a la moda.

Entre los pitidos y el murmullo de los saludos, su voz sonaba como una mezcla entre el Bolero de Ravel y las sevillanas rocieras, y eso que habían transcurrido más de dos décadas desde que abandonara España para seguir de vuelta a casa al rubio profesor de francés del colegio de la Santísima, con el beneplácito de sus padres y el alborozo de las vecinas.

¡Tu pelo! ¿Qué has hecho con tu pelo? —preguntó Milagros con los ojos tan abiertos que tuvo que parpadear varias veces para que no le dolieran—. Si te viera madre, se moriría ahora mismo, estoy segura.

Bueno, solo he aprovechado que ella no va a verme, ¿no crees? Es lo que se estila aquí, todas las mujeres en el Club llevan el pelo corto y una boina así, de lado, aunque yo me la pongo un poco más enderezada. Ya ves, para darle un toque mío, más del sur. Pero suéltame ya, mujer, que Gérard va a tener razón cuando dice que las españolas somos unas histéricas.

Pues Gérard que piense lo que quiera, que a mucha honra —respondió Milagros, convencida.

Pero Gérard no pensaba nada, solo se había acercado a su cuñado y todos estaban saludándose, presentándose o besándose, según el gusto, la edad o el interés. El ovillo de personas y maletas iba deshaciéndose poco a poco al tirar del hilo sujeto a las puntiagudas agujas del reloj de dos metros de diámetro que colgaba de la pared del sur. Marcaban las cinco y un niño flacucho se puso a llorar con el estruendo de las campanadas de las en punto. El tiempo se paraba apenas mientras los amantes se despedían, los enemigos se reconciliaban o los desconocidos dejaban de serlo. Clara se había agarrado a su marido y temblaba. Un desconocido con un bigotito insigne y un traje verde botella se quedó mirándola y ella bajó la vista. De repente, la joven que esperaba junto a Amalia se abrazó a Milagros.

Tía, soy Anna. ¿No se acuerda de mí?

Anna, mi preciosa Anna. ¿Cómo no iba a acordarme? —Milagros la apretó entre sus brazos y su perfume le hizo cosquillas en la nariz—. Pero ¿cómo puede haber pasado tanto tiempo? Tú sí que estás guapa. Qué digo guapa, espectacular. Por Dios, ¡cómo has crecido!

Todos la miraron. No era posible imaginársela siendo de otra forma ni tampoco estando en otro lugar. Al menos por Villaviciosa jamás podría haberse paseado con ese vestido. No sin que alguien se hubiera santiguado en cada esquina. La minúscula cintura dividía en dos un cuerpo sinuoso, de pechos y caderas en perfecta sintonía, demasiado armónicas para una prima o incluso para una sobrina. Y la mezcla de las raíces sevillanas con el glamour parisino se demostraba explosiva: dos grandes ojos negros asaltaban al observador desde el pequeño óvalo de exquisita piel blanca y labios como cerezas. Apetecía probarlas. Anna no era guapa, era sensualmente escandalosa.

Hola Anna, soy Diego. Me alegro muchísimo de verte. —Anna dio a su primo un beso en la mejilla cuya sonoridad se disfrazó entre los ruidos eclécticos de la estación pero se percibió como si con él hubiera querido absorber algo más que el aire. Los modales franceses eran en exceso atrevidos, de eso no había duda—. Diego, eres mucho más guapo de lo que recordaba. Vaya con mi primito, vaya.

Madre, creo que hemos hecho muy bien en venir a París. Estoy deseando instalarme.

Diego sonreía; en la calle el sol iba perdiéndose entre los contornos de la ciudad. Las luces de la estación se encendieron todas a la vez por encima de las sombras, hastiadas de regresar a la misma sucia horizontal. Los focos alumbraban los raíles que se extendían hacia lo remoto, hacia otros paisajes, otros destinos, otras estaciones en las que unos pasajeros que siempre parecían ser los mismos protagonizaban escenas similares, aunque en realidad cada uno era siempre irrepetible.

CAPÍTULO 3

Se plasman sobre el lienzo los primeros perfiles, a carboncillo, en toques cortos y suaves, para no fijar demasiado el negro que luego emborronaría los colores. Trasladamos al blanco la armonía de las líneas, la del horizonte, los puntos de fuga, la perspectiva, sin perder de vista qué colores aplicaremos luego para que las luces y las sombras dibujen por sí solos los volúmenes y los matices se vean nítidos y preciosos. Marcamos y difuminamos líneas hasta que la disposición sea la exacta, la que buscamos, la que nos permitirá encerrar en un cuadro la esencia del modelo.

Los Molinos, sábado 13 de mayo de 2000 (16:30 h)

Violeta seguía delante del escritorio. Ya sabía qué le había llevado hasta allí pero debía comenzar a escribir desde el principio, desde la primera vez que sintió el miedo. Se había levantado temprano y había estado curioseando por la casa. En todos lados se escondía un recuerdo, encaramado en el altillo de un armario, proyectado en sombras sobre la pared, acurrucado en las viejas alfombras, camuflado entre las flores carmesíes del papel pintado: una carcajada escondida, un beso robado, un juego terminado, cien lágrimas hace cien años evaporadas. Infinidad de momentos anclados en la mente y en los muebles y en los suelos. Entonces su abuelo se despertó y desayunaron juntos, y después comieron en el porche. Diego cocinó para ella judiones con almejas y de postre quesada; sublime, le seguía saliendo de miedo, blandita por dentro pero consistente al corte, ni demasiado dulce ni demasiado salada. Hacía tiempo que no había disfrutado así de una comida y una sobremesa. Estar con su abuelo le infundía la misma paz en la que recordaba haber vivido casi desde poco tiempo después de que muriera su madre, hacía muchos años, cuando en su cabeza empezó a diluirse su rostro y tenía que recurrir a sus fotografías para recomponerlo. Desde entonces, ya solo conseguía visualizar sus rasgos en esas imágenes, las aprisionadas sobre el papel, y su recuerdo era metálico y frío, el que había captado una cámara y se había plasmado desde un carrete.

Pero ahora le había parecido que Diego estaba inquieto, incluso ido. Se quedaba callado de repente y sus ojos se mantenían fijos en algún lugar que ella no podía ver. Y apenas le había hablado; no como antes. Aunque quizá era solo que todavía no habían pasado suficiente tiempo juntos como para recuperar la complicidad. Tampoco quería pensarlo demasiado. No le extrañaba que no hubiera insistido en preguntarle por qué se había presentado así, sin avisar más que unas horas antes y sin él, sin Álvaro. Tan solo un mero recordatorio de cortesía para el desaparecido y ya, todo había vuelto a girar en torno a ella, a cómo estaba, a qué tal le iba su trabajo, si seguía teniendo clientes, si seguía disfrutando pintándoles los sueños a los pequeños. Poco tiempo para él, para contestarle a sus preguntas sobre su vida apartada de la universidad o sobre cómo pasaba cada día, y una sensación incómoda al intentar cambiar de tema cuando le tocó el turno otra vez a ella y él le preguntó si era feliz. Eso no se ponía en duda sin tener la seguridad de que la respuesta sería afirmativa, y la de ella en ese momento podría haber sido todo menos un sí. Violeta se zafó como pudo, para no romper una vez más su pacto, y siguieron comiendo.

Ahora él dormía la siesta en la habitación de al lado. Lo oía resoplar con fuerza, casi roncando, y Zara se había tumbado a sus pies y roncaba también, puede que para no dejar mal a su anfitrión. Respiró hondo; el aroma a espliego y a romero se inmiscuía en su nariz, que le picaba en reproche. La luz de la media tarde aún era tenue, carecía del rabioso fulgor del sol veraniego a esas mismas horas, y el visillo de la ventana se movía para dejar pasar a un viento fresco, limpio, que se adueñaba de la habitación y aliviaba sus fosas nasales. Observó la cubierta salmón del cuaderno y cogió el bolígrafo. Cerró los párpados. Se vio en su casa una noche de verano. Como tantas otras. Demasiadas. Abrió los ojos, pasó la primera hoja y siguió inspirando el aire frío. Sabía que le iba a doler, que intentar recordarlo todo sería igual que tratar de vomitar metiéndose los dedos en lo más profundo de sus sentimientos, pero que si deseaba curarse debía hurgar en su sufrimiento para aceptarlo y reconocerlo. Y aprender a asimilarlo como suyo, para así vencer. Pero no tenía más remedio que comenzar removiéndolo. Miró la página inmaculada y empezó a escribir:

Diario de un desamor: parte I

Seguía lloviendo fuera. Minúsculas gotas impregnadas de sabor a ciudad lo empapaban todo con su apatía pegajosa. El sonido del agua al caer sobre las baldosas de la terraza se mezclaba con el murmullo urbano. Podían entenderse palabras, susurros en el aire a los que el calor y la humedad servían como medio de transmisión. A lo lejos, la llamada de un grillo batiendo sus alas en feroz canto, confuso y quizá ahogándose en los charcos, era el peor acompañamiento en la noche en que sentí por primera vez que te odiaba.

Llegaste demasiado pronto.

Vida —me llamabas—, ven, vida, ya he llegado. Ven a darme un beso.

Te oí buscarme en la cocina, entraste luego al baño y llegaste al salón. Tenías prisa. Abrías y cerrabas las puertas con fuerza, como si no me hubieras visto en días.

Vida, ven…, tengo ganas de ti, quiero hacerte el amor hasta que no pueda más. Ven, vida…

A menudo volvías así, algo te había hecho llenarte de deseo y me buscabas enseguida. No podías esperar a que termináramos de cenar, en ocasiones ni siquiera esperabas a llegar a casa y me hacías el amor al bajar del piso de tus amigos, en el ascensor; a veces en el coche. Desde el principio, siempre fuiste un amante fantástico, demasiado fantástico. Yo te seguía. Disfrutaba con tus locuras, con tu deseo irrefrenable, con tu fortaleza. Te adoraba; me gustaba tu fuerza, tu sentido del humor, tu impaciencia. Pero ese día necesitaba dormir. Llevaba toda la semana acostándome tarde y levantándome muy pronto. Se me atascaba el trabajo. No encontraba la mezcla de ese maldito tinte que necesitaba para terminar de una vez el encargo de tu amigo, el que me habías colado gratis como si mis asuntos no tuvieran importancia. Como si los siete días que tuve que dedicarle fueran un regalo que yo tenía que hacerle. Y tú podías pasar un par de noches sin sexo. Podías. No lo intentabas pero podías. Te oía moverte por la casa buscándome. Me encerré en el baño. No quería que entraras y te metieras conmigo en la ducha. Ese día no. Solo estaba cansada. Solo eso.

Vida —me llamabas—, ¿dónde estás, vida?

Entonces oíste caer el agua y corriste a buscarme. Te oía subir por la escalera y cada peldaño menos era un reproche dentro: no tenías que haber llegado tan pronto. Tenías que haberme dado tiempo a acostarme sin ti. Necesitaba dormir. Quería cerrar los ojos y dejarme ir, que ese día tan complicado se terminara de una vez. Sabía que no podía decírtelo, que no lo entenderías; para ti mi trabajo era fácil. No tenía que aguantar la caravana, podía elegir las horas a las que trabajaba, no tenía que soportar a nadie que me dijera lo que tenía que hacer ni cómo ni cuándo. Para ti eso era casi lo mismo que si me pasara el día viendo la tele o yendo de compras. Agarraste la manija y la giraste despacio. La puerta no se abrió.

Vida…, abre, déjame pasar. Quiero bañarme contigo. Ábreme.

El agua caía sobre mi pelo y mi piel, la notaba ardiendo y la veía resbalar por mi cuerpo mientras sentía cómo abría mis poros. Un vaho denso cubría los espejos. Hasta eso habías tenido que elegirlo tú. Dos espejos pequeños en forma de óvalo, oscuros, uno sobre cada seno, en lugar del grande y blanco que yo había encargado. Lo devolviste y compraste esos.

Quedan mejor —me dijiste—. No digas que no son más bonitos, vida. Verás cómo cuando los veas con la luz del día te gustarán más.

El vaho se pegaba a ellos como deseabas hacer tú con mi cuerpo. Más cerca, más adentro. Seguías girando el pomo, cada vez más fuerte, cada vez más rápido.

¡Vida! ¡Ábreme ya!

Pero el agua sofocaba tu voz. Te oía lejos; un sopor azucarado me recorría; el placer de cerrar los ojos, relajar los músculos y respirar despacio y lento me impedía contestarte. Solo dejaba caer el agua sin preocuparme por ti, sabiendo que estabas fuera y no podías entrar; que ese espacio era mío, esa sensación era mía, ese placer era mío. Y no quería compartirlos contigo.

Hasta que empujaste la puerta con tanta violencia que el cerrojo saltó y fue a estrellarse contra el suelo. El golpe brusco hizo chocar la hoja contra la pared y desencajó el marco. Abrí los ojos en busca de los tuyos, esperando que me dijeras que habías creído que me pasaba algo. Pero ya estabas dentro, con tus manos sobre mis pechos, tu lengua buscando mi lengua y tu cuerpo sobre mi cuerpo. Avasallándome. Forzándome a sentirte. Irrumpiendo en mi recinto imaginado a salvo de todo, a salvo de ti, construido del calor y del vapor y del olor al jabón dulce que se había adherido a la pintura del techo, a las baldosas de las paredes, a los cristales de las ventanas, a los marcos de los espejos. Lamiéndome y mordiéndome los senos, en los que el agua seguía cayendo. Doblegando mi deseo de que salieras. Dominando mi voluntad de no ser tocada ni besada ni lamida ni penetrada. Sometiendo mi intención de que no hicieras nada de lo que hiciste con mi cuerpo. Hasta que satisficiste tu deseo y te calmaste, te enrollaste la toalla a la cintura y saliste del baño dejando entornada la puerta desajustada y mis ojos vacíos de lágrimas, que al caer se mezclaron con un sudor inútil, originado por el rechazo y la impotencia, y se fundían con el agua que bajaba en tromba hacia el sumidero.

Seguí dentro un rato más, apoyando las manos contra la pared para no dejarme resbalar, y aumenté la temperatura del chorro que me caía encima para intentar que su calor consiguiera despegar de mí una sensación extraña y nueva, que dolía más que en lo corpóreo en lo etéreo, en la necesidad de no poner nombre a lo que había sucedido. Me sequé con minuciosidad, la toalla se llevó parte de tus huellas, las físicas, los despojos que habían quedado de cada caricia con que me robaste algo de mí sin que yo lo deseara. Pero no pudo llevarse mis ganas de llorar. Me metí en la cama. Tú estabas dormido ya, desnudo, con la ventana y la puerta del pequeño balcón abiertos de par en par, para sentir la corriente y ahuyentar el calor que odiabas tanto. Seguía lloviendo fuera y sentí frío, un frío denso que se me metió en las entrañas y que me acompañó luego, mientras salí corriendo al baño para vomitar cuando miré tu cuerpo destapado y tu miembro flácido.

Me acosté y lloré mucho, lloré por mí y por ti. Lloré porque aquella fue la primera vez que me hiciste sentir que te odiaba.

Se levantó de la silla. Había escrito todo sin detenerse, sin tachar nada, como si supiera de antemano cada pensamiento que iba a pasar al papel y se notó los ojos llenos de lágrimas. Alguna había caído sobre las letras y había emborronado las palabras. Pero las secó y cerró el cuaderno. Se había ido de su lado para eso, para conseguir aglutinar su dolor y utilizar esa angustia que ahora sentía al recordar su daño para aprender a olvidarle. Y sí, dolía mucho, pero dolía más que él, después de aquello, se hubiera levantado al día siguiente y se hubiera duchado, se hubiera vestido, hubiera desayunado y se hubiera ido como si nada. El único vestigio que quedó de aquel mazazo en su voluntad fue un operario que llegó por la tarde, enviado por él, y que arregló la puerta que había destrozado. Pero ese sentimiento de ultraje que le invadió durante días no lo reparó nadie y se fue desvaneciendo por sí solo hasta que se olvidó de él, ayudada por el avance de los días y por la indiferencia de Álvaro, que lo pasó por alto como si no hubiera sucedido. Ahora estaba segura de que, para él, aquello no había sido una ofensa: ella le pertenecía, le pertenecían sus manos, sus ojos, sus labios y sus pechos; le pertenecía su vientre y sus muslos y sus dedos; ella era suya por dentro y por fuera. Toda ella era de él y él tenía el derecho a usarla cuando le apeteciera.

Sí, podía funcionar porque, al obligarse a recordar el daño que le había hecho y que no había querido asimilar hasta que, mientras la pegaba, solo fue capaz de sentir ese espantoso miedo a estar embarazada y a que le hiciera daño también al bebé, sentía el mismo odio que al mirar su fotografía el día que se fue de su casa. Y además ahora tenía un ser diferente a ella creciéndole dentro y lo que le había producido un pavor insensato no habían sido las patadas en sus riñones ni los gritos que la martirizaban, sino la certeza de que no quería que Álvaro fuera su padre, porque le sufriría igual. Fue en ese momento, al traspasar a otro su propio dolor, cuando asumió lo que significaban de verdad las voces, las burlas, los insultos, las humillaciones y, por fin, los golpes. Al imaginarse que un pequeño ser, diminuto e indefenso, podría convertirse también en su víctima. Y ese ser, además de sufrirle, se convertiría sin quererlo en el yugo que la uniría a él para siempre. Esa idea la había aterrado como ningún desprecio ni ninguna amenaza podrían asustarla nunca, porque no podría seguir viviendo si consintiera ser tan cobarde como para marcar así la vida de otro. Por eso se dio tanta prisa en escapar: tenía que pensar en esa bolita de células suyas que estaba tomando forma en su interior, porque le quedaban pocos días para poder hacer algo.

Hacer algo. Y ¿qué podía hacer? Ya le parecía terrible incluso estar pensando en ello. Nunca había analizado la posibilidad de tener hijos. Ella sabía que Álvaro no los quería. No los necesitaba. Vivía demasiado bien en su propio paraíso de inmadurez, instaurado en su seguridad, en las comodidades que su dinero y su posición le proporcionaban. Y no quería complicarse la vida trayendo al mundo a otra persona que le supondría, antes que nada, complicaciones, como lo había definido él entre bromas al hablar alguna vez de los niños de los demás. Pero hasta ahora Violeta no se había parado a pensar si ella también quería vivir así siempre: una vida cómoda y fácil, silenciosa, placentera y predecible. Se tocaba el vientre, aún sin síntoma aparente de lo que en él estaba creciendo, y perdía la vista a lo lejos, tras los cristales, en esos montes eternos que había contemplado tantas veces de niña. Ahora ya era una mujer pero hasta unos días antes no había sabido de verdad lo que eso significaba. En ella crecía una vida que estaría vinculada a ella para siempre. Ya lo estaba, porque de la decisión que tomara dependía su vida o su muerte.

Violeta creía en Dios, en un Dios un poco a su manera, mezcla del tradicional y del que descubrió en la Historia Antigua de la universidad, un tanto revolucionario y feminista, mucho más de Juan que de Pablo y no tan cristiano como el de su madre, pero cristiano al fin y al cabo. Pero tampoco quería pensar en ese Dios mucho más, porque lo que necesitaba decidir iba más allá de cuestiones éticas o morales: tenía que ver con su propia vida, con la posibilidad de seguir adelante sola con una personita a su cargo y, sobre todo, con que esa personita fuera hija de Álvaro. Y, sin embargo, aun sin haber querido tomar conciencia de ello, ya le había puesto cara a esa nuez que anidaba en su barriga, y mientras, sin darse cuenta, extendía sobre ella sus manos, al pensar en lo que podía haber ahí dentro, no lo hacía como una masa informe sino como una criatura con ojos, piernas y manitas. Y no le había puesto un nombre aún porque hasta ahora no había tenido apenas tiempo de tomar conciencia de lo que le sucedía. Aunque solo la mera idea de compartir un niño con él hacía que su cuerpo reaccionara: el corazón le latía fuerte, el pecho se le desbocaba intentando seguir sus latidos disparados y las manos se buscaban pretendiendo hallar seguridad la una en la otra. Le costaba un tiempo calmarse y volver a la realidad, en la que estaba a salvo, con su abuelo, donde Álvaro no la buscaría porque no se atrevería a llegar hasta allí intimidado por la posibilidad de que le hubiera contado por qué le había dejado. Si a algo le tenía miedo él era a que los demás supieran que no era lo que aparentaba, ni en su trabajo ni en su dinero ni en su familia ni mucho menos en su relación con ella. Por eso no la seguiría hasta allí, no querría enfrentarse a alguien que pudiera reprocharle en alto lo que le había reprochado ella en silencio durante meses, quizá años ya, y que él no reconocía: que era un maltratador y que no le importaba seguir siéndolo.

Salió del cuarto y se sentó en el patio, en la silla de hierro de edad impredecible. La sensación de volver a ocupar un lugar que había utilizado mil veces antes le confería una confortabilidad insólita. La pintura blanca ennegrecida más por culpa de los años que de la suciedad se había levantado por algunas partes y dejaba a la vista rodales de herrumbre. El frío se deslizaba por la montaña y ella no había cogido la chaqueta; aunque la primavera estaba siendo calurosa, allí nunca sobraba. Recordó las veces que al salir de noche habían vuelto a casa para llevarse algo que ponerse si refrescaba y lo mal que le sentaba a Álvaro, cómo se enfadaba por lo que a ella le habría hecho sonreír de no haber temido su reacción. Qué poco se parecía él a Diego, tan predispuesto a levantarse el primero de la mesa para traer lo que faltara —agua, más pan, incluso solo un poco de sal—, cómo aparecía siempre en su habitación a llevarle un vaso de zumo cuando pensaba que ya llevaba demasiado tiempo estudiando o cómo la miraba cuando volvía de quedar con algún amigo un poco especial y su saludo huraño le insinuaba que habían discutido y enseguida le tenía detrás intentando charlar de eso o de lo que fuera para ayudarle a sentirse mejor. Su abuelo era un hombre afable, íntegro y cariñoso, y también emprendedor y decidido, como el que hubiera querido como padre de su hijo.

Y esa impresión la llevó, como muy a menudo últimamente, a mirarse el ombligo. Inhaló fuerte. Quería llenarse de esos olores exóticos para una moradora de ciudad. El aire de la sierra, aderezado con el olor de los pinos y las aromáticas, se le metió muy dentro, se expandió en los pulmones y se enredó con la incertidumbre que la asaltaba cuando pensaba en lo que había ahí debajo, quizá aspirando también ese aroma de la lavanda a punto de florecer suspendido entre el líquido amniótico; en ese algo inimaginable que en poco tiempo adquiriría el tamaño suficiente como para hacerse notar.

Le habría gustado poder hablar de todo eso con Diego, pero casi desde que lo vio en la estación al ir a recogerla le parecía ensimismado y no deseaba perturbarlo. Después de tanto tiempo, no quería agregarse a sus preocupaciones. Un ruido en el estudio la hizo entrar. Él se había levantado ya y estaba sentado frente al cuadro de la mujer con la guitarra, en el mismo sillón de terciopelo rojizo que llevaba ahí desde que podía recordar. Violeta cerró los ojos e intentó convencerse de que no tenía por qué ocurrirle nada. Pero no era fácil. Lo había visto muy pocas veces así, con la mirada perdida en el cuadro y la vista nublada, y siempre había sido cuando había sucedido algo malo. Como cuando murió su madre. Diego se había hecho cargo de Violeta como tantas otras veces cuando ella salía a cubrir una nueva investigación, una guerra nueva o una vieja masacre, pero esa vez tuvo que prolongar sus cuidados hasta que llegó a ser lo suficientemente adulta como para querer vivir sola. Ya había olvidado lo que ella sintió entonces pero no la reacción de los demás, cómo la miraban y le hablaban con palabras que no entendía cuando la niña de tez clara y ojos tan grises como los de su madre permanecía parapetada tras las piernas de su abuelo mientras desfilaban ante el féretro. Y, sobre todo, recordaba el modo en que él, cuando por fin los dejaron solos, la había abrazado largo rato, sin decirle nada; después la había acostado y ella lo había oído entrar en la habitación donde se encontraba ahora y se había levantado para espiarlo. Recordaba con claridad el dolor reflejado en sus facciones y su expresión indescifrable y su inmovilidad mientras observaba el cuadro, absorto en él. Solo sus párpados se abrían y cerraban con la periodicidad con que sus pupilas se secaban. El resto de su cuerpo parecía un muñeco de feria esperando imperturbable que alguien le lanzara una pelota de goma.

También lo vio así la última vez que había vuelto a visitarlo con Álvaro hacía unos meses. Lo habían oído desde la habitación contigua responder a una llamada y ella se quedó desconcertada al escucharlo hablar en francés tan bien que no le había entendido más que una palabra, Anna, y quizá había sido porque la repitió varias veces. Al colgar el teléfono, los ignoró el resto de la tarde. Bien que aprovechó Álvaro que su abuelo hubiera sido tan arisco con ellos para resistirse a visitarlo más. Diego había permanecido sentado en aquel sillón medio hundido por el centro hasta que anocheció y apenas podía ver ya nada, cuando ella desistió de que le contara lo que había pasado y la permitiera ayudarlo y accedió a los ruegos de Álvaro para que se fueran a casa. Al día siguiente, cuando llamó a su abuelo, él le pidió disculpas, pero Violeta no consiguió que le explicara qué era lo que había ocurrido, ni mucho menos quién era Anna, y ella se lo imaginó como tantas otras veces, comportándose de forma extraña durante días y, de cuando en cuando, sentado allí y mirando ensimismado a la mujer de la guitarra.

En ocasiones, cuando vivían juntos y él salía de casa, Violeta se sentaba frente a la muchacha y rogaba que levantara la cabeza y compartiera con ella sus secretos. Le absorbían entonces sus rasgos, los finos dedos que sostenían una nota desconocida sobre las seis cuerdas, que parecían vibrar ante sus ojos; su pelo de tirabuzones rubios que caían sobre el lomo brillante de la guitarra; sus ojos de un color extraño, perdidos en el círculo de sonora concavidad que abría la madera para producir el eco de la música. Esos ojos habían sido cómplices de muchos de los sentimientos que Diego se negaba en cambio a compartir con ella. Violeta escudriñaba entonces el cuadro, intentando hallar la clave de su misterio; pero se le resistía. Ni siquiera era capaz de distinguir la firma, menos aún de descubrir su historia, y su abuelo tampoco había demostrado nunca intención de ayudarla. Sentía entonces envidia de su belleza y de sus colores, pues quería pensar que sería eso, el extraño encanto de los cálidos tonos tierra, los untuosos cremas mezclados con los azules y el pálido velo amarillo del lienzo, lo que hacía que él le entregara su dolor y una parte de su vida.

Violeta pasó al despacho y se acercó al anciano. Se asustó al verlo llorando y se quedó quieta, esperando. Él tenía las manos rojas de apretar el libro que asía con afán: Cándido, de Voltaire. Las letras púrpuras del título se distinguían entre sus dedos. Permanecía con los ojos clavados en el lienzo y la espalda erguida, tan estirado como si algo o alguien a quien ella no alcanzaba a ver lo estuviera sujetando por detrás. Ni siquiera la oyó llegar, solo advirtió su presencia cuando la joven le dio un beso en la mejilla. Pareció como si él acabara de despertar de un sueño y regresara de algún lejano lugar. Sus ojos apenas parpadeaban. Diego se limpió las lágrimas con disimulo, la tomó de las manos y se las apretó. Su piel suavísima estaba fría.

Violeta, ¿sabes cuánto tiempo estará Álvaro fuera? He estado pensando que podríamos aprovechar esta agradable visita para que me acompañes en un viaje. Estoy muy mayor ya, no creo que pudiera ir solo. Si vinieras conmigo, podrías hacerme el favor de conducir o también podríamos ir en avión, como prefieras. Te agradecería enormemente que me acompañaras.

¿Ha pasado algo? ¿Adónde tienes que ir?

No es nada, no te preocupes, solo tengo que regresar a Asturias, a una aldea de Villaviciosa a pocos kilómetros del mar… A veces las olas se veían desde la ventana. Hace mucho que tenía que haber vuelto pero ahora ya no puedo posponerlo más, debo solucionar algunos asuntos, muy largos de explicar ahora. Me harás un gran favor si me acompañas. ¿Qué me dices? ¿Te apetecería hacer un viaje con tu abuelo?

Un viaje. Sí, salir de Madrid le concedería una prórroga para saber cómo encauzar su vida. Y quería quedarse con Diego más tiempo. Sabía que no le contaría por qué había estado llorando pero necesitaba estar cerca de él. Su pelo había encanecido demasiado y su mirada había languidecido sin que ella hubiera sido testigo. Álvaro había ocupado el sitio de honor en su palco de relaciones y había echado de allí a casi todos, incluido su abuelo. Acompañarlo en ese viaje podría servirle como compensación por tanto tiempo descuidándolo.

Dime cuándo salimos. La maleta la tengo dispuesta, aún no la he deshecho del todo. Álvaro no volverá en varias semanas y a mí me encantaría conducir ese coche tan reluciente que apenas mueves.

Además, si su abuelo no deseaba emprender ese viaje solo, sería por algo y ella quería hacer todo lo que pudiera por ayudarlo. Ojalá ese llanto solo se debiera a eso…, pero ¿podría algo así justificar también las ausencias de sus ojos?

Perfecto. No perdamos más tiempo entonces. Si te parece, podemos irnos mañana mismo.

(Todas las fotografías son del fotógrafo Nick Kenrick que me maravilla (CC BY-NC-SA 2.0))

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