Para mi hija Elena. Porque la quiero y quiero decírselo. A David le escribiré la siguiente.

Capítulo 1: Nancys y Legos

Vivir en una casa en la que hay un hermano pequeño es un rollo; se enfada por todo y siempre quiere que le hagas caso. No podréis traer amigas a casa a jugar sin que os persiga por todos lados y será muy difícil convencerlas de que él no estará la próxima vez que vuelvan. Si tu hermano hace algo malo, se pondrá a llorar para que no lo regañen; si lo haces tú, saldrá corriendo a contárselo a tus padres.

Un día, mientras Clara hacía los deberes, su madre le preguntó, así, sin avisar:

—¿Por qué te llevas tan mal con Nico? No lo entiendo, es tu hermano.

No respondáis nunca, esa es una pregunta trampa.

—Si finjo que me desmayo —pensó Clara—, no me seguirá interrogando.

Y eso hizo ella, se tiró al suelo sobre la alfombra de estrellas y nubes. Aunque de nada le sirvió, su madre no le hizo ni caso, enseguida se fue al salón a seguir planchando mientras contaba no sé qué sobre que su hermano era lo más importante que tenía en esta vida y, ya sabéis, todas esas cosas de las que siempre hablan las madres mientras nadie las escucha. Ni siquiera el padre de Clara; él finge que le presta atención, pero guiña un ojo a los niños cuando su madre habla y habla, y ellos ya saben que él se ocupará de despistarla el tiempo suficiente. «Qué guapa estás hoy», le dice entonces él, y casi siempre consigue que ella sonría mientras Clara y Nico huyen a hacer los deberes.

La verdad es que ser madre debe de ser complicado a veces; sobre todo cuando alguno de los niños cree que odia a su hermano con toda su alma. Ahora precisamente Clara está convencida de que Nico es el peor hermano del mundo, el más tonto, el más… Pues eso, el peor; por eso le llama “el bicho”. Y le pellizcaría en el brazo si no supiera que se chivaría y que la castigarían a ella, como si él no se mereciera el pellizco.

Pero Clara tiene una buena razón para sentirse así: estaban jugando a las muñecas… ¡Un momento! Creo que tengo que parar para contaros algo importante, sí: ¡¡¿Quién es Clara?!! Pues una niña con las piernas muy largas; el pelo rubio y lleno de rizos; los ojos grandes y azules como los del gato del portero, y brackets enormes, iguales que los que llevan casi todos los de su clase, aunque a ella le da igual enseñarlos porque le gusta mucho reírse, sobre todo con sus amigas y todas al mismo tiempo, como si lo hicieran a coro.

Clara va a cumplir once años, pero sigue jugando con las muñecas, aunque está intentando dejarlo. Y no puede permitir que Eric lo sepa ni tampoco las idiotas de Quinto A. Ya os contaré quién es Eric, que todavía no conocéis mucho a Clara y le da un poco de vergüenza. Su hermano Nico a veces juega con ella y tampoco le permite que se lo diga a nadie; como se entere de que os lo he contado yo, me cortará en pedacitos y los pondrá a secar al sol.

Y ahora, si me lo permitís, sigo con la historia: de repente, en mitad del baile con las Nancys, Nico tiró el muñeco al suelo.

—Ya no juego más —dijo el niño—, estoy harto, hace mucho que me dijiste que íbamos a jugar también a los Lego.

Clara se hizo la despistada y siguió moviendo las muñecas como si estuvieran charlando de algo muy divertido.

Pero no dio resultado, el bicho salió de la habitación y dejó a Clara con un palmo de narices, la mesa puesta y las dos Nancys a punto de tomar la tarta que habían preparado, de mentira, en la cocina inventada sobre la cama. Y se llevó también su muñeco.

—Venga, ven… Anda… —le gritó Clara—. ¡Que enseguida jugamos a los Lego!

Nico asomó muy despacio la cabeza tras la puerta.

—Pues deja eso ya y vamos a mi cuarto —respondió el niño, con los ojos alegres—. Te toca hacer de princesa Leia.

Clara a veces cree que haber tenido un hermano en lugar de una hermana es lo que ha roto el equilibrio del universo. Pero su amiga Julia le saca de dudas cuando le cuenta lo que su hermana le hizo el día anterior: quitarle toda la ropa, robarle los bolis nuevos y esconderle el móvil (ella lo tiene con Internet en todos lados, tiene mucho morro). También manda wasaps a sus amigas como si fuera ella.

No os podéis imaginar la última que lio con las de baile moderno; a ella también le dejan ir a baile moderno, ya os dije que tenía mucho morro, a Clara la apuntan con el bicho a pintura. Pero ese es otro tema y mejor lo dejo para otro momento.

Así que Clara se conforma con Nico y le sigue la corriente. No tiene nadie mejor con quien jugar. E, incluso, otras veces, le gusta jugar con él, no muchas, solo de cuando en cuando.

Sin embargo, de repente se le quitan las ganas de seguir jugando.

—¿Por qué no merendamos? —le propone la niña a Nico con una sonrisa, a ver si cuela.

—Claro, ya no vamos a jugar a los Lego —responde su hermano, frunciendo el ceño—. Siempre me engañas. ¡Estoy harto! No pienso volver a jugar contigo. ¡Eres una idiota!

No hay nada peor que un hermano más pequeño que tú te llame idiota; bueno, sí, que te llame idiota delante de tu madre y no puedas pellizcarle.

Su madre ahora precisamente mira a los niños con su cara de «a ver lo que vas a hacer ahora, Clara». Lo que pasa es que a veces esa cara no es suficiente. Clara tiene una especie de demonio interior que le hace comportarse como sabe que no va a gustarle a su madre. Es capaz de presentir que está a punto de suceder algo que le va a causar problemas, pero la niña no puede controlarse.

—¡Tú sí que eres idiota! —grita ella—. ¡No te voy a dejar jugar más conmigo! ¡Imbécil!

Y le tira a la cara sus estúpidos muñequitos de Lego, unos que parecen culos, Leia y el Obi One Kenovi que le ha dejado sobre la cama justo en ese momento.

La fuerza ya se ha apoderado de ella.

Su madre entra en la habitación y se coloca a su lado, muy cerca, tan cerca que puede olerla. Qué bien huele su madre. Incluso cuando va a regañarla; porque la niña sabe que todo está perdido.

Espera el tirón de pelo. No llega. Respira hondo, no debe confiarse, otras veces llega a los pocos minutos.

—Venid los dos —dice la madre—. Quiero hablar con vosotros.

Misteriosamente, no hay tirón de pelo.

Pero, mientras los chicos lo esperan y antes de seguir, me gustaría que conocierais un poco a la madre de Clara y Nico. Se llama Marga, ella dice que ya es muy vieja, aunque a veces parece una niña porque se ríe mucho; lleva vestidos largos de colores que le encantan a Clara y que ninguna otra madre del colegio se pone, con un cinturón ancho en la cinturita como de niña; y tiene el pelo castaño, muy largo y rizado. Hoy se lo ha recogido en un moño y, cuando les habla, se le marcan unas arrugas en medio de las cejas que parecen ríos de los mapas de Cono. Bueno, riachuelos. Creo que esas arrugas le han salido desde que llora tanto.

Esto no lo he contado todavía porque me siento mal al recordarlo, pero la madre de Clara está muy triste. El abuelo de Clara y Nico se murió hace poco. Tuvo una enfermedad muy grave durante meses. Clara y Nico no supieron lo que le pasaba hasta que les llevaron a despedirse de él. Eso no lo contaré, a los niños no les gusta recordarlo. Solo os diré que los dos echan mucho de menos a su abuelo.

Pero su padre les aseguró que ya no le duele nada. Eso es muy bueno. Su padre también les dijo que buscaran una estrella en el cielo, la que quisieran y que, cuando lo echaran de menos, le hablaran a esa estrella. Que él los escucharía.

Y eso hacen, a veces.