Capítulo 1

 

Mi madre mató a Jacinto una mañana clara. Era febrero. Hace mucho tiempo que todos los años, a esa misma hora y esté donde esté, veo sus ojos. Es mi memoria, no quiere olvidar; aunque lo contrario del olvido no es el recuerdo, sino la verdad, decía Gelman, el poeta del dolor, y puede que también Aristóteles, el filósofo de la vida.

Aquel chico me caía bien, era inquieto y divertido, y venía a menudo a la panadería de mi abuela a trabajar. Cuando el panadero se unió a los milicianos y ella y mi madre decidieron seguir con el negocio mientras se pudiera —aunque se amasara con harina de maíz, el pan es el pan y siempre había largas colas ante la puerta de la panadería—, Jacinto continuó allí para sacarse unas perras que a su familia le apañaban: eran muchos los que permanecían en la ciudad y exiguo el trabajo para darles de comer a todos. Las mejoras de los comunistas solo han sido un espejismo: en sus chozas, los niños desnutridos lloran de hambre y frío, y sus madres han vuelto a tirarse de los pelos por no tener con qué alimentarlos ni cubrirlos. La Málaga roja gime entre escombros, ni comida ni risas ni esperanza quedan ya en la ciudad de jazmines, buganvillas y naranjos.

A veces me ha dado por pensar que esa muerte triste quizá me salvara la vida; la vida en el sentido universal, el que pretende que existimos con una finalidad que va más allá de nosotros mismos, no la que apisona a los demás seres, te hace mezquino y te empequeñece. Yo no era más que una cría, pero mi cerebro se guardó para siempre la imagen de mi madre clavándole en la yugular a Jacinto el cuchillo de monte de mi abuelo y, al instante, la del chico llevándose las manos a la garganta, de donde la sangre manaba fluida como las lluvias bajan por el Torcal. Enseguida se puso pálido, la miró con cara de no entender nada y, todavía apretando las palmas contra su cuello, cayó hacia atrás con un tremendo golpe que no se pudo oír fuera porque estábamos en lo más recóndito de la panadería, en el horno, y a esas horas todavía nadie se había acercado a buscar su chusco.

Supongo que tampoco lo escucharían porque casi todos andaban ensimismados decidiendo si quedarse o huir, dónde marchar y cómo; si dejar o llevarse los mantones de Manila de la tía Pilar; el ajuar tan precioso, aunque humilde, de la Carmencita; las sábanas de hilo de la abuela Mercedes; la escopeta de caza de Manuel —esa quizás podría servir para algo en el camino—; y oyendo atemorizados las arengas del general Queipo de Llano, que afirmaba con total convicción y ejemplos prácticos que en menos de siete días iba a tomar la ciudad y nos mataría a todos.

A todos no, claro está —decía mi madre, en voz muy baja y apagando la radio cuando se daba cuenta de que yo había oído las barbaridades que ese hombre soltaba por su boca sin morir envenenado de su propia toxicidad—. A nosotros no, que tu padre se va a ir a luchar con ellos, y nosotros somos personas de bien.

Esa persona de bien —o sea, mi madre— acababa de acuchillar a Jacinto y lo había hecho porque él, que tenía quince años, pero era muy alto y muy chicarrón ya, la había acorralado y estaba intentando metérsela. Eso le contó a mi abuela Ángela cuando, con él ya en el suelo, salió tan deprisa como su barriga de embarazada de casi ocho meses le permitió para buscarla en el piso de arriba. Yo las oí hablar por el respiradero de la panadería, por el que se filtraba el intenso calor del fogón a las habitac     iones de la planta superior; hasta hacía unos meses, allí había vivido de alquiler el panadero con su familia y mi abuela había empezado a usar entonces alguna de ellas como despacho para sus negocios, que aún seguían funcionando casi todos, para no tener documentos en su casa. La guerra no le había impedido seguir dirigiendo con mano firme su empresa de exportación de naranjas y todo lo demás, como había hecho desde que mi abuelo falleció, aunque ahora la ayudaba, en la teoría, uno enviado por el comité y los ingresos habían menguado a causa de la revolución.

Lo cierto es que yo las escuché con atención y lo que oí fue que él la había empujado contra la pared y que ella le gritó que se estuviera quieto, que quién se pensaba que era el muerto de hambre de él, que se lo iba a contar todo a su madre y que se olvidara de volver nunca más a cobrar en esa casa ni una perra chica. Pero él parecía endemoniado y no paraba de manosearla y de intentar subirle la falda, hasta que se la subió del todo y, con rapidez, le bajó las bragas y se apretujó contra ella, y entonces mi madre agarró el cuchillo y se giró al tiempo que le lanzó con furia una estocada. Fue entonces cuando, sin echar la vista atrás, a zancadas de ganso, salió escaleras arriba como espantada por el diablo. Él estaba ahí, inmóvil, tirado en el suelo, con las manos todavía apretándose el pescuezo, pero ya sin ver.

Mientras las dos despachaban entonces qué hacer con Jacinto, lo observé bien. Miré sus calzones bajados y le vi aquello, que seguía algo empinado. Mi madre nunca llegó a saber que yo me acerqué a él y lo contemplé durante un rato: me inspiraba más curiosidad su apéndice extraño incluso que la sangrienta herida del cuello. Y es que jamás había visto nada parecido al miembro viril que le había costado la vida a su dueño y, sin embargo, morir sí que había visto antes, porque, cuando les llegaba su hora, solía espiar cómo se desangraban las gallinas, los cerdos y los conejos en el corral que estaba al otro lado de la casa y ocupaba parte de la antigua cuadra de los mulos. Ahora, ya no quedaba nada de todo aquello.

Yo nunca había pensado que un hombre podía morir con mucha más facilidad que un gorrino; ellos gritaban y se revolvían mientras se iban vaciando, hasta que se les iba la vida y, después, incluso los nervios aún calientes les provocaban respingos que a los niños nos hacían gritar. Jacinto murió plácidamente, mirando a la cara a mi madre, sin emitir un ruido y sin apenas moverse, como si estuviera resignado a su muerte; y para eso tan solo fue necesario que la cuchilla entrara profundamente en el lugar apropiado antes de que él pudiera decir ni “ay”.

Mi abuela, que era lista, pensó rápido. Se le ocurrió meter a Jacinto en el horno grande, que allí cabría el chico de sobra, porque, aunque era una lástima, Jacinto había muerto como los pollos. Yo me senté a fisgonear, aprovechando que nadie parecía percibir mi presencia. Más que miedo o pena, sentía curiosidad por saber cómo iban a levantar su cuerpo y a conseguir que entrara por el agujero de la puerta que estaba hecha para los panes y no para un ser humano, ni siquiera tan escuálido como Jacinto. ¿Qué es lo que tenemos en las entrañas que nos hace impasibles al sufrimiento de los demás?

     —¡Ay, Isabel, lo que has hecho! —grita mi abuela Ángela, intentando levantarlo en vilo por las piernas, mientras mi madre lo agarra por las axilas, callada como si la muerta hubiera sido ella—. ¿Es que no podías haberle dado un sopapo y arreglado? Ahora mira lo que tenemos que hacer, que pesa tanto que se me van a descoyuntar los brazos. ¡Y a este imbécil cómo se le ocurre joder con una embarazada! Hay que ser desvergonzado.

Mi madre ni siquiera llora. Tampoco responde; de hecho, no dice nada mientras intentan hacer desaparecer a Jacinto, con sus pantalones roídos, los zapatos dos números más grandes heredados de alguno de sus hermanos y la camisa amarillenta y llena de zurcidos. Ella solo cumple las órdenes de mi abuela sin rechistar, pero sin ganas, como marioneta con los hilos ajados. Algo en su interior se rompió entonces, estoy segura, porque ni siquiera me mandó salir, creo que ni me vio. Sudaba, eso sí, ¿por el calor intenso del horno o por su conciencia abochornada? Jamás lo supe. A mí me da miedo que le pueda pasar algo a mi hermanito, que está ahí dentro de ella agazapado no sé yo cómo. Pero mi madre sigue las indicaciones de mi abuela sin quejarse.

Claro está que Jacinto no llegó a entrar en aquel cubículo. Aunque delgado, el chico era demasiado alto y demasiado huesudo como para que la idea de mi abuela tuviera éxito, y mucho menos con las fuerzas tan menguadas de mi madre.

     —Al cuarto de la matanza. Vamos, Isabel. Ten cuidado, no te vayas a hacer daño, pero muévete. Que yo sola no puedo.

Ordena mi abuela cuando se da cuenta, empapada también de sudor ya, de que no van a poder poner en práctica su plan.

     —¿Y no podríamos dejarlo en la calle y listos?

     —Pues claro que sí, mujer… ¿Y se te ocurre por casualidad qué podemos decir si alguien nos ve? ¿Que nos lo hemos encontrado por el camino? Pues no sé yo, Isabel, hija, pero creo que será difícil que nos crean. Que hemos tenido mucha suerte y nadie sabe por ahora que Mateo se irá con los nacionales. Pero la suerte se tornaría en cuanto alguien se enterara de lo que ha pasado aquí hoy. ¿Crees que nos serviría de mucho lo que he hecho para no tener que huir dejándolo todo y que se lo queden estos impresentables? ¿Sabes lo que me cuesta que nos dejen tranquilas hasta que entren los nuestros?

Mi madre, mansa como un ternero y con la cabeza gacha, como puede la ayuda a arrastrar el cuerpo donde ella le manda. Y yo las sigo, pero mi abuela esta vez sí me da con la puerta en las narices y echa la llave por dentro.

Desde que yo tenía recuerdos, ella, a diferencia de casi todas sus amistades, conocía bien los intríngulis de sus negocios, y lo mismo hacía el pan que dirigía las matanzas sin que se le cayeran los anillos: sabía ordenar con la misma naturalidad con que la mayoría obedece. Aunque todavía albergo la esperanza de que la suerte de Jacinto allí no fuera la misma que la de los cerdos. En esa sala también guardaban entonces los aperos para encalar las casas de campo de mi abuela, entre ellos, varios sacos enteros de cal viva que yo tenía prohibidísimo tocar y que habían quedado en espera de que las paredes volvieran a encalarse alguna vez, pero nunca pregunté cuál había sido el método elegido finalmente para hacer desaparecer a Jacinto por vía artificial y no por la habitual. Imagino que los huesos que la cal dejara limpios como la patena terminarían, ahora sí, en el horno. Sin embargo, no puedo corroborarlo: jamás volvimos a hablar de aquello, ni mi abuela lo mencionó ni mi madre mostró ningún interés en confesarme su dolor, su pena, su indiferencia o su remordimiento. Nunca supe cuál de todas esas emociones la embargó entonces. Si es que sintió alguna. Creo que decidió olvidar que yo estaba presente cuando sucedió todo y, además, a la luz de los acontecimientos posteriores, en realidad esa muerte no fue ni más ni menos espantosa que las que luego vinieron, y por lo menos sí fue para evitar un mal, ¿y cómo se mide cuánto de grande es el daño y cuánto de cruento debe ser su castigo?

Aunque mi abuela lo tuvo claro cuando, a las varias horas, volví a verlas a las dos, en la cocina, sentadas ante un vaso de vino lleno hasta arriba, con el pelo enmarañado y los mofletes rojos del esfuerzo, aunque no sé precisar exactamente de qué esfuerzo.

     —Ahora tendréis que iros, Isabel, que a saber qué va a pasar —dice mi abuela, resoplando y dando otro trago al vino.

Al mirarla, me recuerda a mi padre, se parece mucho a ella, sobre todo cuando se enfada: ojos oscuros como pluma de cormorán, mentón ancho y perfilado, orejas grandes y algo puntiagudas —que yo no heredé, gracias al cielo—, y esa sonrisa embaucadora que te obligaba a perdonarle la riña de hacía un momento. Lo eché de menos. Llegué a entender que, si él hubiera estado con nosotras, nada de aquello estaría pasando.

Mi madre bebe callada y a sorbos. Entonces el vino dulce era salud, incluso para las preñadas; pocas tenían el privilegio de catarlo. Yo me escondo tras la puerta. Aguzo el oído para no perderme prenda.

Mi abuela insiste:

     —¡Reacciona ya, Isabel! Te estoy diciendo que no podéis quedaros aquí. Si esto hubiera sucedido en una semana o dos, quién sabe lo que tardará el general en entrar en la ciudad, otro gallo cantaría, pero sin saber qué va a ocurrir, lo único que puedes hacer es irte. No están las cosas como para tentar al destino. Yo me ocuparé de decir que salisteis ayer, que ya se fueron algunos, y seguro que muchos los seguirán. Están las calles llenas de trastos embalados de mala manera y muchos van y vienen por ahí como locos buscando carretas o lo que sea. Y se oyen los tanques y a los soldados rebeldes bajando por la carretera de Colmenar; dicen que el ejército de Queipo, los moros, los italianos y los legionarios están a pocos kilómetros ya, que tomaron hace días Antequera. Si me preguntan, diré que te fuiste a reunirte con mi cuñada en el pueblo, más tranquilo, sin duda, que esta Málaga convulsa. No quiero que vayas sola a ninguna de las casas, no puedo arriesgarme a pedir ayuda a sor Catalina y yo no podría irme contigo ahora y dejar solo al cenutrio del comité con todo lo nuestro a su alcance. Y encima te queda poco ya para dar a luz.

     —Pero yo quiero quedarme aquí, doña Ángela, que mire cómo estoy…

     —Venga, hija, que con mi cuñada estarás bien, no es para tanto…. Allí esperas noticias mías: cuando sepamos qué pasa con Queipo, qué cariz toma el asunto y quién termina mandando aquí, si manda quien tiene que mandar, te envío a alguien para que te traiga a casa de vuelta.

Mi abuela da otro trago. Intenta calmar la respiración, se atusa el pelo. Tiene algo en su rostro que, al mirarla, siempre me recuerda a una actriz de esas del cine Rialto, a la Castro o la Argentina.

     —Pero todos en la ciudad deben pensar que tú no estás desde ayer —continúa, más serena—. Los que te vean en el camino ya no importan, si es que vuelven algún día por aquí, tendrán preocupaciones mucho mayores que acordarse de ti, de cuándo te vieron o de dónde. Aunque es mejor que no hables con nadie. Tú, a lo tuyo. Ayer no saliste de casa, estuviste aquí con la niña. Así que nadie te vio. Prepárala, tienes que llevártela.

Entonces mi madre sí eleva la voz.

     —¡Ni hablar! Ella es demasiado pequeña. Ella se queda con usted.

     —Es verdad que da lástima la niña, no está acostumbrada a caminar tanto trecho, pero, si se queda, podría decir lo que no debe. Y no podemos dejarla con nadie, no sería normal que ella se quedase y tú te fueras. No hará falta que lleguéis hasta Almería, Josefa os acogerá mientras se ve qué ocurre. Ya no hay coche de línea ni trenes, y ni rastro queda de los taxis de las paradas de la Alameda, Sánchez Pastor o el puerto; a saber cuándo volverán a dar servicio. Pero el camino es llano y no vas muy lejos.

     —¡Por Dios! Mire cómo estoy, ¿es que no le doy ninguna pena? —se queja mi madre.

     —Pena me das toda la del mundo, hija mía. Toda la del mundo y más. ¿Cómo no me la ibas a dar, insensata? ¿Pero no has visto lo que han hecho esos brutos con el barrio de la Caleta? ¿No sabes que todas las villas del Paseo de Miramar y el Paseo de Sacha y muchas en el Limonar están hasta arriba de refugiados o las han ocupado los comités? ¿Por qué crees que le pedí a William que se instalara en una de nuestras villas? Que no teníamos suficiente con los que roban y matan en nombre de la revolución, sinvergüenzas, asesinos escapados de las cárceles, malas personas que quieren ser ricas sin trabajar. Pero esto… esto de las sacas no tiene nombre. ¿No entiendes que cada vez que bombardean los de Franco, camiones de milicianos sacan de la cárcel a los de derechas? Si la tapia de San Rafael pudiera hablar… El cementerio no va a tener sitio para tanto fusilado, aunque los pongan uno sobre otro; parece la calle Larios en Semana Santa, hay más gente que en la fábrica de cervezas. Y también están los incontrolados, esos que se esconden en los barrios de las afueras y en los pueblos. De poco ha servido con ellos el llamamiento del Gobernador Civil ni los carteles de los sindicatos para que dejen de asesinar. Y a mí por ahora me respetan, he hecho mucho bien a muchos de ellos, y nunca me dio la gana aprovecharme del prójimo, una es como es… Y, además, mi dinero para la revolución me cuesta. Ya me lo sacan para todo lo que se les ocurre: que si la ropa, que si los refugiados, que si los huérfanos de los bombardeos o los salarios de los milicianos o la madre que los trajo. Pero… Vete tú a saber…

     —Pues por eso mismo, mejor me quedo, doña Ángela, de verdad, ¿qué van a querer hacerme a mí? Siempre puedo contar la verdad, digo yo, que con la verdad se va a todos lados. Que yo solo me defendí…

     —De acuerdo. Hazlo. —Mi madre baja la cabeza. Mi abuela suspira—. ¡Ay, hija mía! Si es que no tenemos otra opción. Créeme… ¡Cojones, Isabel, que has acuchillado a uno de los suyos! Que hasta me haces hablar como no quiero…

     —Podríamos ir a caballo, entonces —suplica mi madre, ahora ya sí con la voz quebrada.

     —A caballo con esa tripa… Si no estuvieras preñada, claro que sí, pero ya tan avanzada… Y tampoco puedes ir en carro. Debes irte ahora mismo, con poca cosa, y a pie. Despacito y con buena letra, llegarás. No tienes prisa, tú no huyes de los que huyen los demás. Hasta el pueblo de Josefa solo hay unas horas de camino, si salís esta tarde, descansando cuando lo necesites y haciendo noche en la fábrica de azúcar, yo creo que podríais llegar mañana a la hora de la comida. No es para tanto. No seas miedosa, que para clavarle a ese la navaja has estado muy rápida.

     —Pues que me lleven en uno de los coches de Mateo.

     —Y le dices al chófer qué es lo que ha pasado, que te guarde el secreto. Pero antes pídele también que te dé una vuelta por la Marina, y te bajas a comprar unos roscos de vino de Santa Gema en la pastelería.

     —Entonces conduciré yo.

     —Ya está bien de tantas tonterías, ¡que nunca has llevado uno de esos trastos, por Dios bendito!

La mirada de mi madre es la de un perro apaleado. Parece a punto de llorar.

     —No quiero irme, doña Ángela —reconoce al fin y se echa a reír con estridencia.

Su risa atemoriza. A mi abuela no. La bofetada que le da resuena como un chasquido. Mi madre cierra la boca de golpe.

     —Cálmate, mi niña, y haberlo pensado antes de coger el cuchillo. Cuando vengan preguntando por el chico, no debéis estar aquí. Se oyen tantas barbaridades que me da gana de irme hasta a mí. No me voy por lo que no me voy. Y de mi casa no me va a echar nadie. Pero los padres de Jacinto siguen aquí, y sus hermanos mayores podrían volver. Y con tanto lío y tantos chicos que van y vienen y tantas penas de unos y de otros, es muy probable que puedas regresar en unos días, y que me crean cuando les diga que Jacinto no vino esta mañana a trabajar, o que en realidad importe poco que lo hagan o no. Pero ahora tienes que marcharte. Ya puedes empezar a rezar para no ponerte de parto por el camino. Has sido una estúpida y la estupidez se paga como se pagan la ira, la desidia y la maldad.

Ahora sé que mi abuela estaba equivocada. Nada de eso se paga, o se paga a veces, pero no hay reglas ni leyes que garanticen cuándo ni cómo alguien tendrá que pagar. Sin embargo, en ese momento, mi madre se acarició la tripa en pequeños círculos, sopesó su situación y las palabras de mi abuela y, después, la obedeció, más mansa aún y con la cabeza igual de gacha que antes.

(En breve, en las librerías, editada y publicada por Berenice Editorial).

La fotografía de cabecera es de Nick Kenrick.

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