1.      Nancys y Legos

Vivir en una casa en la que hay un hermano pequeño es un rollo; se enfada por todo y siempre quiere que le hagas caso. No podréis traer amigas a casa a jugar sin que os persiga por todos lados y será muy difícil convencerles de que él no estará la próxima vez que vuelvan. Si tu hermano hace algo malo, se pondrá a llorar para que no lo regañen; si lo haces tú, saldrá corriendo a contárselo a tus padres.

Un día, mientras Clara hacía los deberes, su madre le preguntó, así, sin avisar:

—¿Por qué te llevas tan mal con Nico? No lo entiendo, es tu hermano.

No respondáis nunca, esa es una pregunta trampa.

—Si finjo que me desmayo —pensó Clara—, no me seguirá interrogando.

Y eso hizo ella, se tiró al suelo sobre la alfombra de estrellas y nubes. Aunque de nada le sirvió, su madre no le hizo ni caso, enseguida se fue al salón a seguir planchando mientras contaba no sé qué sobre que su hermano era lo más importante que tenía en esta vida y, ya sabéis, todas esas cosas de las que siempre hablan las madres mientras nadie las escucha. Ni siquiera el padre de Clara; él finge que le presta atención, pero guiña un ojo a los niños cuando su madre habla y habla, y ellos ya saben que él se ocupará de despistarla el tiempo suficiente. «Qué guapa estás hoy», le dice entonces él, y casi siempre consigue que ella sonría mientras Clara y Nico huyen a hacer los deberes.

La verdad es que ser madre debe de ser complicado a veces; sobre todo cuando alguno de los niños cree que odia a su hermano con toda su alma. Ahora precisamente Clara está convencida de que Nico es el peor hermano del mundo, el más tonto, el más… Pues eso, el peor; por eso le llama “el bicho”. Y le pellizcaría en el brazo si no supiera que se chivaría y que la castigarían a ella, como si él no se mereciera el pellizco.

Pero Clara tiene una buena razón para sentirse así: estaban jugando a las muñecas… ¡Un momento! Creo que tengo que parar para contaros algo importante, sí: ¡¡¿Quién es Clara?!! Pues una niña con las piernas muy largas; el pelo rubio y lleno de rizos; los ojos grandes y azules como los del gato del portero, y brackets enormes, iguales que los que llevan casi todos los de su clase, aunque a ella le da igual enseñarlos porque le gusta mucho reírse, sobre todo con sus amigas y todas al mismo tiempo, como si lo hicieran a coro.

Clara va a cumplir once años, pero sigue jugando con las muñecas, aunque está intentando dejarlo. Y no puede permitir que Eric lo sepa ni tampoco las idiotas de Quinto A. Ya os contaré quién es Eric, que todavía no conocéis mucho a Clara y le da un poco de vergüenza. Su hermano Nico a veces juega con ella y tampoco le permite que se lo diga a nadie; como se entere de que os lo he contado yo, me cortará en pedacitos y los pondrá a secar al sol.

Y ahora, si me lo permitís, sigo con la historia: de repente, en mitad del baile con las Nancys, Nico tiró el muñeco al suelo.

—Ya no juego más —dijo el niño—, estoy harto, hace mucho que me dijiste que íbamos a jugar también a los Lego.

Clara se hizo la despistada y siguió moviendo las muñecas como si estuvieran charlando de algo muy divertido.

Pero no dio resultado, el bicho salió de la habitación y dejó a Clara con un palmo de narices, la mesa puesta y las dos Nancys a punto de tomar la tarta que habían preparado, de mentira, en la cocina inventada sobre la cama. Y se llevó también su muñeco.

—Venga, ven… Anda… —le gritó Clara—. ¡Que enseguida jugamos a los Lego!

Nico asomó muy despacio la cabeza tras la puerta.

—Pues deja eso ya y vamos a mi cuarto —respondió el niño, con los ojos alegres—. Te toca hacer de princesa Leia.

Clara a veces cree que haber tenido un hermano en lugar de una hermana es lo que ha roto el equilibrio del universo. Pero su amiga Julia le saca de dudas cuando le cuenta lo que su hermana le hizo el día anterior: quitarle toda la ropa, robarle los bolis nuevos y esconderle el móvil (ella lo tiene con Internet en todos lados, tiene mucho morro). También manda wasaps a sus amigas como si fuera ella.

No os podéis imaginar la última que lio con las de baile moderno; a ella también le dejan ir a baile moderno, ya os dije que tenía mucho morro, a Clara la apuntan con el bicho a pintura. Pero ese es otro tema y mejor lo dejo para otro momento.

Así que Clara se conforma con Nico y le sigue la corriente. No tiene nadie mejor con quien jugar. E, incluso, otras veces, le gusta jugar con él, no muchas, solo de cuando en cuando.

Sin embargo, de repente se le quitan las ganas de seguir jugando.

—¿Por qué no merendamos? —le propone la niña a Nico con una sonrisa, a ver si cuela.

—Claro, ya no vamos a jugar a los Lego —responde su hermano, frunciendo el ceño—. Siempre me engañas. ¡Estoy harto! No pienso volver a jugar contigo. ¡Eres una idiota!

No hay nada peor que un hermano más pequeño que tú te llame idiota; bueno, sí, que te llame idiota delante de tu madre y no puedas pellizcarle.

Su madre ahora precisamente mira a los niños con su cara de «a ver lo que vas a hacer ahora, Clara». Lo que pasa es que a veces esa cara no es suficiente. Clara tiene una especie de demonio interior que le hace comportarse como sabe que no va a gustarle a su madre. Es capaz de presentir que está a punto de suceder algo que le va a causar problemas, pero la niña no puede controlarse.

—¡Tú sí que eres idiota! —grita ella—. ¡No te voy a dejar jugar más conmigo! ¡Imbécil!

Y le tira a la cara sus estúpidos muñequitos de Lego, unos que parecen culos, Leia y el Obi One Kenovi que le ha dejado sobre la cama justo en ese momento.

La fuerza ya se ha apoderado de ella.

Su madre entra en la habitación y se coloca a su lado, muy cerca, tan cerca que puede olerla. Qué bien huele su madre. Incluso cuando va a regañarla; porque la niña sabe que todo está perdido.

Espera el tirón de pelo. No llega. Respira hondo, no debe confiarse, otras veces llega a los pocos minutos.

—Venid los dos —dice la madre—. Quiero hablar con vosotros.

Misteriosamente, no hay tirón de pelo.

Pero, mientras los chicos lo esperan y antes de seguir, me gustaría que conocierais un poco a la madre de Clara y Nico. Se llama Marga, ella dice que ya es muy vieja, aunque a veces parece una niña porque se ríe mucho; lleva vestidos largos de colores que le encantan a Clara y que ninguna otra madre del colegio se pone, con un cinturón ancho en la cinturita como de niña; y tiene el pelo castaño, muy largo y rizado. Hoy se lo ha recogido en un moño y, cuando les habla, se le marcan unas arrugas en medio de las cejas que parecen ríos de los mapas de Cono. Bueno, riachuelos. Creo que esas arrugas le han salido desde que llora tanto.

Esto no lo he contado todavía porque me siento mal al recordarlo, pero la madre de Clara está muy triste. El abuelo de Clara y Nico se murió hace poco. Tuvo una enfermedad muy grave durante meses. Clara y Nico no supieron lo que le pasaba hasta que les llevaron a despedirse de él. Eso no lo contaré, a los niños no les gusta recordarlo. Solo os diré que los dos echan mucho de menos a su abuelo.

Pero su padre les aseguró que ya no le duele nada. Eso es muy bueno. Su padre también les dijo que buscaran una estrella en el cielo, la que quisieran y que, cuando lo echaran de menos, le hablaran a esa estrella. Que él los escucharía.

Y eso hacen, a veces.

 

 

 

2. El autobús

 

 

De todas formas, los ojos de la madre de Nico y Clara ahora son más pequeños y se han quedado sin brillo, como si estuvieran pintados sobre papel.

Ella ya casi nunca sonríe.

—Va a venir la abuela —dice ahora la madre—. Tengo que irme a trabajar, me han llamado para una cosa urgente. Papá ya tenía que haber llegado, pero ha ido a recogerla a su casa. Tardará una media hora y yo no puedo esperar más. Vais a quedaros solos un rato, ya sabéis que no pasa nada, ellos vendrán enseguida. No abráis a nadie.

—No te preocupes. Soy mayor. —Dice Clara. En estos momentos es cuando más orgullosa se siente de tener un hermano.

Si no estuviera, no podría ser «la mayor».

—¿Podemos jugar a la consola mientras llegan? —pregunta el niño, más rápido que su hermana como siempre, aunque a ella le moleste reconocerlo.

Tenéis que saber también que Marga, la madre, pertenece a la liga anti consola. Clara no sabe lo que es una liga, pero su amiga Julia llama así a los padres que no permiten a sus hijos jugar con ningún tipo de «dispositivo electrónico» (como lo llama su padre) porque dicen que son los culpables de que ya no sepan tirarse al suelo a jugar ni mancharse de barro ni imaginar, ni siquiera marcar un número de teléfono para hablar.

«¿Qué es hablar?, a ver, ¿no sabéis hablar con vuestros amigos?», les pregunta su madre con cara de hámster cuando ellos intentan convencerla de que sea como los otros padres. Que se salga de esa liga maldita.

Por suerte, los de la liga son minoría; por desgracia, Clara vive con dos de esos. Aunque a veces, tres o cuatro al año, hacen excepciones. Y nunca sabes cuándo va a tocarte una.

Ahora podría ser. O no.

La madre contesta lo que estaba previsto.

—No.

Nico pone cara de monstruo enfadado.

—Y además quiero que me digáis si vais a seguir peleándoos toda la tarde —añade la madre.

El niño la abraza. Es un pelota. Ahora también le da un beso.

—No, mamá. No nos pelearemos más —dice Nico y parece un niño bueno al sentarse en el sillón para coger sitio.

A Clara le fastidia que él siempre tenga que quedar como el mejor. Puede que sí le dé un pellizco. Uno bien gordo.

—La abuela está muy triste —continúa la madre—. Ya lo sabéis. Pasará unos días con nosotros, dice que le dais alegría. Creo que nos vendrá bien a todos que ella esté aquí. Pero si os ve peleándoos, no le vais a dar mucha alegría. Igual que a mí.

—No te preocupes, no nos vamos a pelear más —le asegura Clara, pensando ya en las croquetas.

Es posible que conozcáis a una abuela como la de Clara y Nico, se llama Carmen y cocina las croquetas más ricas del mundo, como de crema por dentro y crujientes por fuera. Si creyerais en las magas, ella sería una: tiene los ojos más azules, las arrugas más profundas y el pelo más blanco que he visto nunca, pero corre mucho, más que Nico. Lo sé porque les echa carreras que suele ganar. Y juega al pingpong mejor que Clara.

Y hace tartas de todos los colores. Hasta verdes. Muy raras. Aunque huelen divinamente.

La niña no quiere verla triste.

Podrá soportar no pellizcar a Nico por hoy si ella quiere dormir luego en su cama. No siempre quiere, ronca mucho.

Parece un oso.

A Clara no le importa, su madre dice que, aunque se le cayera encima el techo de su cuarto, ella seguiría durmiendo, pero a su abuela sí que le importa, no quiere molestar a sus nietos y a veces, cuando se despiertan temprano por la mañana, se la encuentran en el sofá del salón.

—¿Habéis hecho los deberes? —pregunta la madre.

Pues claro que sí, o no habrían jugado a las muñecas tanto rato. Los dos asienten. Su madre los mira con cara de trol, la que ponen las madres casi siempre cuando hablan del colegio, aunque sea por encima.

—Entonces podéis poner la tele un rato.

La madre les da un beso y se echa ese perfume que es tan suyo y les engaña si ella ya no está: al olerlo, parece que sí. Cuando se va y cierra la puerta, Clara siente un nudo en la garganta, quedarse sola en casa no le parece en este momento tan maravilloso como crees que es cuando tus padres te castigan sin ir a un cumpleaños y desearías que desaparecieran para siempre.

Clara y Nico se sientan muy cerca el uno del otro y se arropan con la manta azul y suave, con tirabuzones en las puntas, que siempre reposa en un brazo del sillón. El comedor parece más grande. Las lámparas menos luminosas. El silencio desaparece en cuanto encienden la tele y se oye la voz chillona de Jessie preguntándole a Zurie y a Luck por qué han montado una fiesta en el ático sin pedirle permiso.

Clara piensa una tontería: ¿qué ocurriría si ninguno de sus padres volviera a casa? Si el resto de su vida tuviera que vivir sola con el bicho en esa casa tan grande, llena de sombras que se mueven. Se abraza a Nico y él no la aparta. Quizás piense lo mismo. Pero los dos se parten de risa cuando Emma le pide a Luck que deje de pisarle el pie mientras habla sin parar. Ese episodio no es repetido. Está segura.

Casi cuando está terminando, suena el teléfono. Clara sale corriendo y levanta el auricular. Cuando escucha lo que le dicen, se queda muy seria.

—¿Qué te pasa? ¿Es que te ha llamado un extraterrestre? —le pregunta Nico—. Tienes cara de atontada.

—Es papá. Un autobús que se ha salido de la calzada ha atropellado a mamá mientras esperaba en el semáforo. Dice que van a operarla en el hospital, así que la abuela viene en un taxi para quedarse con nosotros. Dice que no nos preocupemos, que llegará enseguida.

Nico no sabe si llorar. Mira a su hermana. Ella llora. Él, entonces, también.

Al cabo de un rato, se sientan y se abrazan mientras siguen viendo la televisión y miran de reojo a la puerta esperando que por ella entre su abuela.

 

 

 

 

3. Croquetas de jamón

 

 

Vivir en una casa en la que hay una hermana mayor es un rollo; se enfada por todo y quiere que siempre le hagas caso. No podréis traer amigos a jugar porque te perseguirá por todos lados para comprobar que no cojas sus cosas. Como si te interesaran.  Al menos hasta que le llegue el «prepavo», ella será como una sombra.

Pero luego será peor: pasará de ti.

Eso es lo que su amigo Iván le cuenta a Nico que le pasa ahora a su hermana, que está ya en Sexto. A veces, eso es lo que tú quieres, que te deje en paz. Aunque otras Iván la echa mucho de menos.

Nico se pregunta si eso mismo le pasará a Clara. La ha oído levantarse y volver corriendo del baño hasta su cuarto. A ella le da miedo la oscuridad, pero ya es de día, muy de día. ¿Por qué sigue corriendo? Nico sonríe. A él le hacen gracia muchas cosas de Clara. Esta también. Se ríe al imaginársela sufriendo por un monstruo que la persigue.

Nico tiene dos años menos que su hermana, un gran flequillo liso y oscuro sobre los ojos marrones como el chocolate, y una bonita voz de cantante de rock infantil, aunque a él le dé vergüenza y solo cante cuando se lo pide su abuela.

—Nico, despierta, no te hagas el remolón —le dice ella mientras sube la persiana.

Al niño le encanta que ella haya venido. Ayer, antes de acostarse, ya les contó varios de sus cuentos. Sin su madre que les persiguiera para que se lavaran los dientes y apagaran la luz y luego les diera el beso de buenas noches, no podían dormirse.

Pero su abuela no protestó cuando ambos le pidieron que les contara un cuento más. Nico estaba triste y tenía ganas de llorar, aunque no se lo dijo a nadie y se durmió pensando en su madre. Clara también.

De todas formas, Nico no va a abrir los ojos todavía. No le gusta abrirlos nada más despertarse, le pican. ¿Cómo ha sabido su abuela que está despierto? Es maga, sí, está claro.

—Venga, que tu madre se enfadará si llegas tarde al colegio —le dice a su nieto mientras le besa muchas veces en la frente.

La anciana huele a miel de naranjas, esa que el niño solo ha probado en su casa del pueblo, tan rica… Se le hace la boca agua solo de pensar en sus torrijas con esa miel por encima.

—Tienes que levantarte, Nico —insiste la abuela—. Te dejo cinco minutos que te despereces mientras voy a despertar a tu hermana.

Y, sí, a él encanta que ella esté allí. Aunque no entiende por qué le tiene que despertar tan pronto. Siempre lo hace, los levanta mucho antes que su madre. Al pensar en ella sola en el hospital, Nico se da la vuelta en la cama y se tapa la cabeza con las sábanas. ¿Habrá desayunado ya? ¿Podrá ir a buscarlo al cole? ¿Le regañará porque no se ha levantado enseguida?

—Vamosssss —dice de nuevo su abuela al cabo de un ratito demasiado pequeño y ahora Nico sabe que no podrá escaparse, ¡le ha retirado las sábanas y le hace cosquillas en los pies!

—Jooo —se queja el niño, mientras no puede evitar retirar rápidamente los pies del alcance de su abuela y hacerse un ovillo sobre sus piernas.

Suena el teléfono y su abuela responde. Nico intenta escuchar, pero solo oye gritar a su hermana desde la cocina:

—¡Bieeeennnnn!

Menos mal que su abuela entra enseguida otra vez en su cuarto.

—Vamos, anima esa cara, que tengo buenas noticias, parece que la operación de vuestra madre ha salido bien. En pocos días seguro que podremos ir a verla al hospital.

Nico sonríe y se levanta.

—Y hoy hace un día estupendo —continúa la abuela—. Vamos a aprovechar el tiempo para desayunar tranquilamente. Vísteme despacio, que tengo prisa.

Esa es una de las cosas que dice su abuela que él no entiende. Pero es mejor no preguntar o se sienta a explicártelo con ejemplos, ¡hasta pone voces! Y ya no da tiempo a hacer nada más en toda la tarde.

Como cuando le preguntó por su abuelo. Ella le contó lo que le ocurrió. Luego él no pudo dormir durante días. Le da mucha pena así que se lo imagina riéndose. Su abuelo se reía mucho. Casi siempre.

Nico tiene miedo de repente de que a su madre le pase lo mismo que a él y aprieta los dientes. Nadie le dijo que su abuelo iba a morirse antes de que se muriera.Así que se le ocurre que tiene que elaborar un plan. Pero no se lo contará a nadie. Aunque le torturen con cosquillas en todo el cuerpo. Será un secreto.

Los secretos son estupendos. A mí me gustan mucho. Yo tengo uno muy grande. Quizás os lo cuente más tarde.

Su abuela le deja los pantalones y la camiseta al lado, y también los calcetines y los zapatos a los pies de la cama y…

—¿Por qué me sacas calzoncillos? No voy a bañarme ahora —pregunta Nico.

—¿Solo te mudas cuando te metes en remojo, cariño?

Ahí tenéis dos palabras más que dice la abuela de Nico y que él no entiende: «remojo» y «mudas». Pero no piensa preguntarle. Y ella se va antes de que él responda.

Nico guarda los calzoncillos en el cajón de los calzoncillos. Ya se mudará otro día. Y ya huele tan bien a las rosquillas de la abuela por toda la casa que se da mucha prisa en ponerse la ropa. ¿Dejará ella que Clara se las coma todas?

Cuando entra en la cocina, su hermana ya está sentada. Tiene una rosquilla en cada mano. Menos mal que hay muchas. ¡Están tan ricas!

—¿No puedo comer otra? —le pregunta Clara a su abuela mientras mira a Nico y se ríe. Él sabe que porque ella ya se ha comido un montón.

Podrá comer más que él. Clara es tonta. Sí. Casi siempre es tonta. Eso piensa a veces Nico. Se cree que porque es más pequeño que ella puede mandarle. Y no sabe por qué ella lo odia.

A Nico le gustaría tener un hermano que fuera a su clase. Como los mellizos de Cuarto B. Se lo pasan genial, juegan juntos al fútbol y a las chapas. Clara siempre lo engaña. Y lo pellizca. Y se come sus chuches. Y se ríe de él muchas veces, por cosas que a él no le hacen nunca gracia. Como cuando se cayó de la cama porque estaba soñando que lo perseguía un león. Pero no pasa nada. Ya crecerá y entonces ella no volverá a verlo nunca. Seguro que se pone contenta entonces.

—Ya era hora de que te levantaras, mocoso —le dice Clara.

—¿Por qué le hablas así a tu hermano? —le pregunta la abuela.

—Es que es muy tonto —responde Clara.

¿Veis? Ya os había dicho que lo odiaba.

—No puedes hablar así de él. No es agradable —le recrimina la abuela. Pues claro que no es agradable, piensa Nico, aunque no se lo dice en alto. No quiere llevarse un pellizco de su hermana.

—Gracias, abuela —dice el niño—. No importa. ¡Qué buenísimas están tus rosquillas!

—Nico, creo que estás empezando a saber lo que es el polvo de oro. Eso está bien. Ahora falta que Clara también lo averigüe y que aprendáis a usarlo. ¿Qué pensaría vuestra madre si os oyera?

Eso es un golpe bajo, piensan los dos chicos. Pero conocen bien la respuesta, así que enseguida usan el truco para distraer a su abuela de la cuestión clave.

—¿El polvo de oro? —pregunta Clara.

—Tengo que contaros algún día el cuento del Kintsugi —dice la anciana—. Os gustará. Pero tiene que ser con calma, no sé si estáis preparados. O sí, casi tenéis la misma edad que cuando yo descubrí que no era solo un cuento. ¡Cuánto tiempo ha pasado!

—¿Qué es el Kintsugi? —le pregunta Nico corriendo, antes de que Clara se le adelante. Pero ella mastica una rosquilla que le ocupa toda la boca.

Parece un pez globo.

—Es un arte muy antiguo. Lo inventaron los japoneses hace muchos siglos. Aunque en realidad se usa desde siempre.

—¿Como el karate? ¿Quieres que nos peguemos?

Nico se imagina sentándose sobre su hermana mientras hace un nudo con sus brazos y ella no puede moverse nada de nada.

Sonríe. La abuela también. Su sonrisa es como el chocolate blanco.

Muy dulce.

—No, cariño, no. Es el arte de reparar lo que se ha roto. Yo ahora estoy practicándolo. Por eso había venido a pasar unos días con vosotros. Mira, me duele aquí. Me duele mucho por lo que le ha pasado al abuelo. —Se señala el corazón y su rostro se entristece—. Pero ya estoy intentando conseguir el polvo de oro. ¿Qué os parece si este sábado os llevo al Parque de Atracciones? Hace mucho que no salimos juntos. Será divertido. Ya os hablaré más adelante del Kintsugi, no hay prisa. Creo que lo necesitáis. Ahora terminad de desayunar, no podéis comeros todas las rosquillas u os sentarán mal.

Cuando todos salen camino del colegio, el niño corre a tomar a su abuela de una mano y su hermana le agarra de la otra.

Les gusta su abuela, les gusta mucho.

Aprietan su mano. Ella les aprieta las suyas.

Dos gatos se pelean debajo de un coche. Maúllan.

—Ellos también necesitan el Kintsugi —dice la abuela y se ríe con sus carcajadas grandes y sonoras.

Nico entra en la clase pensando que es el primer día de su vida en que su madre no lo acompaña a la puerta del colegio y él no se quita su beso con el dorso de la mano al entrar en el aula. Ahora echa de menos ese beso. Ya no se lo volverá a quitar.

Y, sí, seguirá tramando su plan.

También piensa en qué será eso japonés que sirve para arreglar roturas y que necesitan los gatos. Qué cosa más rara.

 

 

 

 

4. Un gran secreto o dos

 

 

Creo que aún no me he presentado. En realidad, ese es mi secreto: soy Nela, la dragona barbuda que vive con Nico y Clara. Pero no os asustéis, no soy un dragón de esos que salen en los dibujos y se comen a tres o cuatro, sino una especie de lagarto de color arena. Tengo los ojos saltones, un gran pliegue en la garganta que parece barba y el cuerpo lleno de escamas. Aunque esto lo sabe todo el mundo.

Lo que no sabe es que hay dragones barbudos mágicos y yo soy uno de ellos. Nace uno de vez en cuando en alguna parte del mundo y este año me ha tocado nacer a mí.

No puedo hacer magia muy poderosa, por ejemplo, no puedo convertir una calabaza en una carroza ni hacer que desaparezcan los profesores (muchos niños lo piden y a todos les decimos que no es posible); solo hechizos menos importantes, que ya iréis descubriendo. Aunque, para eso, mis dueños tienen que darse cuenta de que soy especial y a veces ocurre que están tan ocupados con sus cosas que no se enteran de que viven con un dragón sobrenatural.

Alguna vez ha pasado. Por ahora, está pasando con Nico y Clara.

A muchos, mayores y niños, les sucede a menudo algo parecido. No se dan cuenta de que los que tienen cerca son seres especiales. Pero me queda tiempo todavía antes de tener que desintegrarme y espero que ellos me descubran un día de estos.

Su madre me compró para ellos, como regalo por haber sacado muy buenas notas en el colegio. Algunos mayores no saben que los animales no se deben regalar, porque no somos juguetes y tienen que cuidarnos siempre. Pero yo no puedo quejarme, me gustan Clara y Nico.

Antes me trataban muy bien, me daban de comer muchos grillos y saltamontes (ya sé que a vosotros no os parecen muy apetitosos, pero a mí me vuelven loca. Puedo comerme montones hasta que me duele la tripa y tengo que parar). También me gustan las cucarachas y los gusanos de seda, aunque de esos me daban muy pocos. Con lo buenos que están.

Más adelante, cuando tengamos más confianza, os revelaré alguno más de mis platos favoritos un poco… un poco extraños para los humanos. No olvidéis que soy un animal antiquísimo y, además, mágico. Eso es un poco difícil de llevar. ¿Vosotros lo llevaríais bien?

Yo me lo tengo un poco creído. Pero solo un poco. Sé que soy muy guapa.

Lo sé.

Nico también me daba el agua como me gusta, como si fuera el rocío de la mañana, pulverizada con un bote gastado de detergente. Pero ahora los dos se han olvidado un poco de mí, creo que porque están más tristes. Todos en esta casa están más tristes. Ni siquiera me limpian la jaula desde que su madre no está. Y da un poco de asco. Nunca lo hagáis, nos gusta vivir con comida fresca y arena limpia. ¡Dónde va a parar!

Así que tenemos que solucionar esa tristeza para que vuelvan a hacerme cosquillas. A mí me gusta mucho cuando Nico me hace cosquillas en la panza, aunque él no me oye darle las gracias; claro, todavía no sabe que puedo hablarle. Se asustaría si lo hiciera.

La magia es así, no puedes emplearla con quien no cree en ella, es como los Reyes Magos, que, si no crees en ellos, no te traen regalos. Muchas cosas fantásticas son así, dejan de serlo si no estás convencido de que su magia funciona.

Pero yo entiendo que lo mío es más difícil ¿quién podría creer que un lagarto es un ser milagroso? No somos duendes ni hadas, no aparecemos en las películas ni salimos en muchos cuentos: alguno chino, alguno indio, un par de Irán… Los lagartos, como mucho, se comen a algún despistado en un reportaje del National Geographic, en algún lejano país. Nada que ver con la magia, ni mucho menos.

En fin, sigo, que tengo que contaros lo que les ocurre a Clara y a Nico.

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