0.     El comienzo

Amélie mira extasiada las estrellas. La luna es solo un borrón pardo en el cielo, que se ve despejado y de un azul profundo, salpicado por cientos que reverberan. Su padre, tumbado a su lado sobre una manta en la tierra del jardín de la casa, en el arrabal Poissonniere, le va señalando las que forman la constelación de la Osa Mayor… Ursa Maior, la llama él, usando su nombre en latín, y ella lo escucha atenta. Allá, la más brillante, Alioth, cien veces más luminosa que el sol; muy cerca, Dubhe, la segunda con más luz, y luego Alkaid, Mizar y Alcor… y así sigue enumerando y señalando todos esos puntitos quejumbrosos que palpitan sobre sus cabezas.

       A la niña le encanta cuando él le habla, con esa voz tan dulce y calmada que le brota siempre que se dirige a la pequeña; ni siquiera cuando su madre la reprende por alguna de sus trastadas, él se pone de su parte. Está de parte de su niña.

       —La malcrías, Josep —le dice Camille a menudo, cuando observa cómo él mantiene con su hija esa complicidad que ahora, al mirarlos a los dos tumbados contando estrellas, le enternece—. Y eso nos va a costar caro a los tres, a ti, a mí y sobre todo a ella.

       Pero Josep solo sonríe a su esposa y sigue disfrutando de la única compañía que en verdad lo serena. Son instantes de felicidad que luego, en los muchos momentos terribles, tiran de él hacia la luz; su memoria se aferra a ellos para sobrevivir.

Por eso, dentro de poco, cuando Amélie se vaya a acostar, también se quedará velándola recostado en el lecho un rato, como cada noche, a la luz de la vela, hasta que todas las brujas se hayan dado por vencidas y la cría, de puro agotamiento, se duerma por fin.

1.     El descubrimiento

 

¡Ten el valor de servirte de tu propia mente! Corría el año 1757 de la era de nuestro Señor y la palabra civilización estaba, como quien dice, en pañales. En esa nueva Europa que muchos ansiaban, en algún castillo de su amada Francia, el marqués de Mirabeau, el orador del pueblo, acababa de inventar el término. Pero muchos eran los escollos que asomaban en el océano que se debía surcar para conquistar esa tierra de nadie y quizá nunca lleguemos a saber si la isla a la que se arribó fue o no la más fértil y hermosa, o solo un islote con cuatro palmeras y un par de playas monas cuyas montañas ocultaban, allá a lo lejos, la verdadera tierra prometida.

       Los hombres, por aquel entonces, andaban a vueltas con la luz de la razón. Y eso, desventurados ellos, les traía por la calle de la sinrazón, precisamente: cómo olvidarse de la revelación divina, de lo maravilloso y lo sobrenatural, de su medieval herencia cristiana para aspirar a la verdadera religiosidad, a la búsqueda de un Cristianismo más sensato, más moderado, más razonable. Razón, razón y razón que surgía del saber divino de Cristo y pretendía conducir a la tolerancia, al progreso, a la naturaleza y, por fin, a la civilización.

       Pero los caminos del señor son inescrutables y aquí les presento a Robert François Damiens, «un hombre de cuarenta a cuarenta y cinco años, de estatura alta, larga cara, nariz aguileña y prominente, ojos muy hundidos, picaviruelas a rabiar, cabellos crespos como los de un cordero; vestido con un rendingote pardo, casaca de droguete gris, chupa de terciopelo verdoso y pantalón de pana roja», según consta en las memorias que años más tarde escribió el biznieto de su verdugo. Damiens, por Dios y por el pueblo, había tenido la tonta idea de intentar matar a su no muy querido rey Luis XV armado con un cuchillo de dos hojas (una larga y puntiaguda y la otra como la de un cortaplumas demasiado grande para servir de cortaplumas —casi cinco pulgadas de largo tenía— y demasiado pequeño para ejercer de espadín, como el camarero pretendió); treinta y siete luises de oro; y un libro titulado Instrucciones y oraciones cristianas. Como era de esperar ―nadie, aun siglos después, se explica cómo el aspirante a regicida no lo esperó―, el infeliz camarero del rey no logró su empeño, pero desde su húmeda celda Damiens no se lamentaba por ello, sino por no haberse podido despedir como le habría gustado de su mujer Isabel y de su hija Antoinnete. Y, por encima de todo, se arrepentía de no haberles dicho cuánto las quería.

       En el cielo de París ni una nube amenazaba tormenta y en el suelo olía a cabra, dado que casi nadie se lavaba. Damiens había tenido que bajar de su calabozo de la Consejería para que le leyeran su sentencia porque no había hecho falta una inteligencia muy curtida para confirmar que allá no habrían cabido todos. Llevaba puesto un saco de cuero que solo le dejaba a la vista la cabeza y daba pasos cortos, ya que no le permitían andar más presto las múltiples heridas, moratones y quemaduras ocasionadas por el celo, algo salvaje, de los guardias que lo capturaron. Asimismo, le dolían las llagas y las desgarraduras abiertas durante el juicio como si el demonio estuviera hurgando en ellas con un dedo embadurnado de ajo y vinagre. Y ahora, además, esperaba con interés conocer cuál sería el tormento. Y es que incluso varios individuos habían dado ideas, quizás debido a que la sentencia había sido tan cruel que la imaginación se les había avezado, y los procedimientos de tortura sugeridos habían sido tan creativos como inhumanos. Algún cristiano propuso que se le clavaran entre las uñas astillas de cáñamo seco y azufrado y que se les prendiera fuego; otro que se le desollara por varias partes y se echara un líquido corrosivo en los músculos descubiertos hasta que se decidiera a hablar; un tercero que se le arrancaran con tenacillas todos los dientes; y más. No caía en balde el que todos estos ciudadanos vivían en la ciudad de la luz y en la época de la luz, y sus fantasías eran muy luminosas; no, no eran indios salvajes de las Américas quienes sugerían esto, sino ciudadanos franceses en el tiempo de la Ilustración.

       Antes de que escuchara cuál era su destino inmediato, despojaron al infeliz Damiens de su saco y, enseguida, lo obligaron a arrodillarse. Él miraba a todos mientras con ojos desorbitados buscando su compasión, pero oyó su triste suerte con resignación, entereza y hasta algo de deleite, dadas las sugerencias de sus conciudadanos que le había filtrado con amabilidad alguno de sus carceleros. Para no levantar sus iras fáciles de levantar, sonriendo con timidez, había dado gracias al cielo al conocer que el suplicio que se le aplicaría antes de ejecutar la sentencia sería el tormento de los borceguíes: un método respetuoso con su vida, aunque no tanto con algunas valiosísimas partes de su cuerpo.

       Entonces, conocido ya el veredicto, entró el abate Gomart, que debía confesarle. Damiens sacó fuerzas y se levantó despacio, se agarró al instante a la mano que el flacucho sacerdote le ofrecía y, asido de ella, le relató hechos que no podemos transmitir porque conocemos casi todo de lo acontecido, pero no esto, pues es secreto deseado de un muerto y no ha quedado escrito en los anales.

       Sin embargo, tras la confesión, el sacerdote informó al reo de que él no podría estar presente en el tormento, como este le había solicitado, para darle ánimos y reforzar su fe. El pobre abate sufría tanto con estos servicios imprescindibles de su parte que ante esta condena tan cruel no pudo sacar la fuerza suficiente.

       ―¿Deseas llevarte al estómago algo para comer que te levante las fuerzas? ―preguntó a Damiens el oficial de boca que tenía que atenderlo.

       ―¿De qué serviría? ―respondió el desventurado ―. Dadle eso a los pobres. A ellos les aprovechará. ¡Mi fuerza está en el Señor! ¡Solo en él!

       Damiens pronunció esas palabras con la cara desencajada y los músculos del cuello agarrotados cual ganchos de ganzúa, como les había ocurrido a casi todos los malhechores que habían ocupado su lugar antes que él. Aunque hacía muchos años que ninguno había sufrido una suerte tan atroz: atentar contra el rey era atentar contra Dios, incluso armado con un mísero cortaplumas que no podría haber ocasionado al monarca más que un ínfimo rasguño. O dos.

       Recostado de nuevo en su hamaca y vigilado de cerca por el ejecutor jefe Sansón, sus ayudantes lo llevaron al salón donde, si el infeliz insistía en su empeño de no revelar quiénes habían sido sus cómplices en primera instancia, se llevaría a cabo el tormento en segunda. Allí se encontraban ya muchos de los comisarios que tendrían que presenciarlo: los consejeros Pasquier, Rolland, Severt y Lambelin; y los presidentes Maupeou y Mole. Pero el interrogatorio fue tan en vano como los anteriores y Damiens no confesó.

       ―Ya que no denuncias a quienes te ayudaron a atentar contra nuestro amado rey, nos obligas a atormentarte ―Sansón bajó los ojos una vez los otros le confirmaron que, lo que tanto temían tanto él como el condenado, iba a suceder. El abate Gomart le tocó la mano al ejecutor y este intentó sonreírle.

       Prestos, los ejecutores ayudantes se acercaron a Damiens, le colocaron los borceguíes en ambas piernas y le apretaron las ligaduras. Las tablas comprimían sus espinillas. Las maderas crujieron al tirar de las correas. El infeliz no resistió mucho, su esqueleto magullado recordaba bien el suplicio de las semanas pasadas, en los interrogatorios; al primer envite de dolor en los huesos de los tobillos, los primeros que solían quebrarse ante la presión de las cuñas, perdió el color, la temperatura y el sentido, en ese orden. Los ayudantes lo sostuvieron y aguardaron unos minutos hasta que volvió en sí y, entonces, el regicida rogó que le acercaran, por el amor de Dios, un poco de agua. Solícito, el mismo ejecutor jefe le ayudó a tomarla; al señor Sanson le temblaba el pulso al sujetar el recipiente, pero solo él podía saberlo pues la iluminación de la sala era escasa y ninguno de los que los rodeaban, ni los dos ujieres ni el fiscal ni sus criados, podía ver con claridad: el ambiente era tan asfixiante que ni la luz fluía entre las partículas de aire.

       Damiens dio varios tragos y, cuando ya no quiso beber más, cerró los ojos y se le oyó rezar. Nadie osó interrumpirlo en tal menester y, solo cuando cesó su oración, un atormentador ayudante, de nombre Chasel, introdujo la primera cuña entre la carne y la rígida madera. Los alaridos estremecieron a Sansón e incluso a algún otro fornido hombre, pero se quedaron en nada comparados con los que emitió el desamparado diablo mientras, a martillazos y sin tardar, los ayudantes del ejecutor insertaron cuña tras cuña entre los tablones que rodeaban sus piernas, hasta llegar a la de gracia, la séptima, cuando ya había lamentado amargamente a grito pelado el que su mala cabeza lo hubiera conducido a esa situación; que su mujer y su hija quedaran, por culpa de su estupidez, indefensas; que su buen Dios lo hubiese castigado por su atrevimiento y su insolencia; que hubiera intentado matar a su amado rey y, ya en estas, le pidió perdón, a él y a todos los santos apóstoles y hasta a sus discípulos; que una hechicera lo hubiera embrujado para obligarle a ello; que Satanás convertido en vieja lo hubiera hechizado para anular su atontada voluntad; y otros tantos lamentos más que surgieron de su descarnada boca, incluso algunos destinados a rogar, suplicar, implorar y reclamar a sus jueces que lo mataran, si tenían a bien, en ese mismo instante.

       Tras el martillazo sobre la octava cuña, la del tormento extraordinario, los cirujanos que miraban por el bienestar del paciente afirmaron que, si este sufría un ápice más, ya no sería posible quemarlo un poco por encima y terminar de asarlo para acabar con su vida, como la sentencia dictaba, porque su vida ya se habría extinguido por sí misma.

       Entonces, los jueces comisarios, empapados de sudor y alguno lloriqueando, se levantaron, miraron al atormentador y este por fin soltó las ligaduras de los borceguíes. Damiens intentó dar un paso, pero al instante su expresión cambió por la de un extremo sufrimiento y se quedó muy quieto y a punto de volver a aullar. Sin moverse ni una pulgada, firmó el acta del suceso que le ofrecían los magistrados y dos ayudantes lo llevaron casi en volandas a la plaza Grève, donde le aguardaba su destino ineludible: el cadalso.

       La plataforma, de tosco aspecto y madera de los bosques más cercanos, había sido erigida la noche anterior, la del 27 de marzo, en la redonda explanada. Así, se ubicó dentro de un espacio de cien pies cuadrados delimitado en un lateral por robustas empalizadas —para evitar que la plebe se acercara demasiado como era su gusto habitual—  y solo se permitía el paso a Damiens, sus ejecutores y la fuerza armada de su majestad, y en el otro lado, justo en el extremo contrario, con un largo pasillo hasta la puerta del Ayuntamiento. Mientras esperaba que fuesen a por él, Damiens continuaba en la capilla, rezando. Dadas las cuatro en el reloj de palacio, el atormentador fue en su busca.

       ―Ya es hora de salir —le dijo Sanson, con voz suave.

       ―Sí, en breve anochecerá ― Damiens, con lágrimas en los ojos, contestó. Luego miró al suelo y continuó―. Pero mañana ¡ya no amanecerá para mí!

       Sus confesores le repitieron que confiara en la misericordia de Dios, pero las lágrimas seguían cayendo por la cara de Damiens sin consuelo ni decoro. El abate Gomart le aproximó un crucifijo de plata y el reo lo besó, mientras los archeros lo agarraron por los sobacos y lo llevaron en volandas hasta la carreta. En cada esquina del camino hasta la plaza se apostaba al menos un piquete de guardias. Al llegar al Pórtico de Nuestra Señora, el abate instó al pobre diablo a que se pusiera de rodillas ante la venerable imagen y se retractara de sus pecados y, más que nada, de su horrible crimen, pero el dolor en sus huesos y sus articulaciones era tal que Damiens se cayó de bruces y sus alaridos se sintieron en todo París, o casi. Dos archeros volvieron a subirlo en vilo a la carreta y continuaron avanzando, hasta que, pocos minutos después, se detuvieron al pie del cadalso.

       La plaza de Grève estaba tomada por parisinos que seguían bajando en tromba por la rue del Mouton, la rue de la Tannerie y la rue de los Tisseranderie: en los balcones, en las esquinas, sobre los escalones; aupados hasta en los salientes de los edificios, unos pisando a los otros. Ricos y pobres, altos y guapos, airados y contenidos, feos y gordos: todos deseaban presenciar la espantosa muerte, como hacía tiempo no había habido ninguna otra, del proyecto de regicida. Los archeros sentaron a Damiens en las escaleras del cadalso y el infeliz miró a los que lo miraban.

       Nunca se había sentido tan solo.

       En ese momento, los ayudantes atormentadores lo subieron al tablado. El azufre del brasero, al combustionar con los carbones encendidos, impregnaba la plaza con un nauseabundo olor a infierno por pocos soportado, aunque no lo pareciera por la aglomeración. Los criados sujetaron con cuerdas a Damiens a la plataforma y le amarraron el brazo derecho a una barra mientras dejaban su mano libre. Sin tardar mucho, el verdugo del rey, Sansón, le acercó el brasero a la palma y esta comenzó a arder. El reo se intentó retorcer, pero las ataduras se lo impidieron y soltó un alarido. El atormentador, conmovido, casi dejó caer el brasero, pero la muchedumbre solo tenía ojos para la mirada despavorida y el sufrimiento de Damiens. Rugían animándolos, al segundo, a morir y al primero, a matarlo.

       Sansón hizo de tripas corazón y siguió. Pero dejaremos aquí la descripción de lo que sufrió Damiens hasta que, agotado el aire de su pecho, afónico ya y con la mano chamuscada y terribles llagas en algunas otras partes, entre varios ayudantes lo soltaron y lo bajaron del cadalso. Porque aún le quedaba por sufrir. Y los que lo observaban lo sabían. Y esperaban callados como muertos mientras miraban con expectación a los caballos.

       Pues, en aquel entretenido lugar, abriéndose paso con dificultad entre las piernas de los que aguardan y sin levantar más de siete palmos del suelo, una niña mira horripilada hacia el cadalso. Es Amélie Sanson, y sus ojos entre verdes y amarillos no parecen los de la descendiente de un demonio; ella, en realidad, es tan solo la única hija del ejecutor, que acompaña en la plataforma al reo: Josep Sanson.”

Esta novela está publicada en Amazon, en el concurso Premio literario 2019 en el que uno de los premios es convertirla en serie en Amazon Prime Video. El ebook está disponible en todos los países a 3,99 euros (o equivalente), aquí. Próximamente, también en formato impreso.

 

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