(Enlace al vídeo de presentación de “La pintora de sonrisas” en Youtube)

(Aquí, el capítulo II) Esta novela estará en las librerías en primavera de 2020

(AVISO: NO LEAS ESTE CAPÍTULO SI TIENES INTENCIÓN DE LEER LA PRECUELA DE ESTA NOVELA La pintora de estrellas”)

Anna (París, julio de 1944)

Me levanté temprano. No había tiempo que perder. Las calles bullían de actividad: los parisinos talaban los árboles y arrojaban los gruesos troncos en mitad de las calzadas, levantaban barricadas, arrastraban grandes piedras para impedir el avance de los carros de combate alemanes; tiraban colchones delante de las puertas, protegían las ventanas que aún conservaban sus cristales, cantaban himnos patriotas y gritaban consignas de liberación. Todos sabíamos que el ejército nazi había caído ya en la ciudad de Remiens y que París debía ser liberada antes de que entraran los ingleses y los americanos. La operación de Normandía había sido un éxito. No tardarían en llegar. Y unos y otros, los que apoyaban a los nazis y los que los odiaban, tenían ahora algo en común: querían ser ellos quienes los echaran. Ninguno deseaba pasar de vivir bajo la ocupación alemana a soportar un gobierno de coalición liderado por los ingleses. Ahora sí, cuando ya sabían que Alemania perdería la guerra, todos tenían la determinación suficiente.

Multitud de civiles caminaban con armas al hombro, unos se escondían, los otros gritaban: “parisinos, salid a la calle, salid a defender vuestra ciudad”. Algunos, los más cuerdos, temían que los alemanes destruyeran los edificios, los parques, los monumentos, las estatuas, y se turnaban para hacer guardia. Ni un minuto a solas pasó la Victoria alada de Samotracia. Un perro aulló. También daba lástima, pocos quedaron con vida entonces. El polvo se metía en la nariz y apenas se podía respirar. Pero solo los niños, los ancianos y los cobardes se quedaban en sus escondrijos a veces.

Recuerdo que me vestí de hombre, lo hice para pasar desapercibida, pero en realidad te imaginarás que me gustaba aquella apariencia masculina que me hacía parecer tan diferente de lo que era. Anduve con paso rápido todo el camino pegada a las paredes. Desde la Resistencia se esperaba que la ira de los vecinos fuera suficiente para expulsar a esos bastardos. Pero yo tenía otro objetivo. Cuando llegué al hospital, subí corriendo las escaleras. El corazón me latía tan rápido que me detuve unos instantes antes de cruzar la puerta. Me habían avisado de lo que me iba a encontrar: «No lo han matado porque no les ha dado la gana. Querían dejarlo como está. Ve preparada, no es agradable». Mi compañero, el guapísimo Remy, a quien una bala le atravesó el cráneo justo dos días antes de que los americanos entraran por fin en la ciudad, no me preguntó por qué me interesaba por ese pájaro. Me conocía demasiado. De todos mis amantes, fue el único que nunca me pidió más de que él me daba. Y cada uno sufría sus secretos y nadie se inmiscuía en los de los demás, a menos que afectaran a nuestras misiones. Ya teníamos suficiente con nuestras propias miserias, aunque hasta eso iba a cambiar en breve. Recuerdo su sonrisa, era como la de un niño feliz, la más bonita de todos los hombres que conocí en aquellos días tristes.

Permanecí delante de la puerta de la habitación un buen rato. Me resistía a entrar. La última vez que había sabido de Martín fue cuando me advirtió de que tenía que ayudar a Diego, cuando los nazis se llevaron a Elisa y a Danielle Lambert. Diego decidió entonces huir a Estados Unidos con la niña. Y yo seguí indagando. No conseguía comprender lo que había ocurrido. Enseguida descubrí que Martín había sido confidente del Hauptsturmführer Hahn Wolfgan. Nada menos que de un capitán de la Schutzstafell, las infames SS. Y fueron sus hombres quienes le habían dado la tremenda paliza. No podía creerlo. Martín tenía demasiada ambición, eso explicaba muchas cosas.

Pero, sobre todo, no lograba comprender por qué había traicionado a Diego. Desde el mismo día que lo conocí, cuando se apearon del tren que los trajo de España, siempre pensé que Martín y mi primo Diego, los mejores amigos desde niños, compartían algo más que su amistad: ambos amaban desesperadamente a la misma mujer. Con el tiempo, incluso llegué a creer que Martín había seguido a Diego y a Elisa hasta París desde Villaviciosa, ese lugar pintoresco que mis padres adoraban, como un perro faldero detrás de ella. Y lo que fue ocurriendo me había ido dando la razón, pero, tras el arresto de Elisa, nada parecía encajar en el rompecabezas. Solo una persona podía responder a mis preguntas, y debía contestarlas antes de que echáramos a los alemanes. ¿Qué ocurriría después? Nadie lo sabía. Y para eso podían quedar semanas, días u horas.

Llamé a la puerta. En el hospital apenas resistía el personal de guardia que cuidaba de los pacientes más graves. Los heridos aguardaban ahora en las calles. Y los muertos no tenían prisa. Martín respondió. Su voz sonaba débil. Entré. Los postigos de las ventanas estaban echados y, al encontrarme en penumbra de repente, apenas pude ver un bulto sobre la cama. Él me reconoció enseguida.

         —¿Anna? —Le vi cerrar los ojos; me acerqué a la ventana.

         —Sí, soy yo. ¿Te importa si abro? Hace falta un poco de oxígeno aquí.

Él no respondió. Le oí quejarse al respirar. Intenté abrir la ventana, pero estaba atascada. Una brizna de aire viciado se coló a través de un cristal roto.

          —¿Te duele? —le pregunté y, a pesar de que había visto infinidad de hombres en situaciones mucho peores, se me erizó la piel al acercarme.

             —¿Tengo pinta de otra cosa? —Martín me respondió sin mirarme a la cara.

         —Lo siento —le dije. Y de verdad lamenté todo lo que había sucedido. En lo que aquella maldita guerra nos había convertido.

         —Más lo siento yo —respondió él, mirándome por fin.

Seguía siendo tan guapo…, aunque la belleza en los hombres siempre me pareció un rasgo tan banal en la vida como inútil para el amor. Percibir en él esos rasgos marcados y tan atractivos, los de siempre, suscitaba incluso mayor compasión por su estado lamentable.

         —¿Volverás a andar?

         —No lo creo. Aunque los médicos están a otras cosas más importantes. No tengo nada operable, no les intereso demasiado. Al menos los que me han visitado hasta ahora es lo que han demostrado.

         —Estamos a punto de recuperar la ciudad.

         —Lo sé, no se habla de nada más. Todos han salido a la calle. Es un buen momento para que me mates.

         —¿Quién te has creído que soy?  —le respondí.

         —¿No podrías?

         —¿Por qué debería matarte?

         —Porque Diego nos ha abandonado a los dos, ha sido por mi culpa y tú no vas a perdonármelo.

         —¿Sabes que está a salvo? —le pregunté, extrañada de que ya conociera su paradero.

         —Me lo dijeron mis amigos. Los que me partieron la columna.

         —¿Por qué lo han hecho? Tú les entregaste lo que querían, no entiendo la razón de esto. —Aunque recordé quiénes eran sus amigos y me extrañó todavía más que se hubieran contentado solo con partirle la columna.

Yo aún no había conseguido averiguar por qué le habían terminado apaleando y, sobre todo, por qué no lo habían asesinado o se lo habían llevado a un campo de concentración como a casi todos de quienes querían deshacerse. No fueron pocos.

         —¿Por qué has venido a verme? —me preguntó él, y me pareció muy cansado.

Suspiró. Se quejó. Se llevó una mano al pecho. Parecía un animalillo desvalido. Un perro recién apaleado por su dueño.

         —Necesito saber por qué delataste a Elisa, Martín. No puedo comprenderlo.

         —Y tu vanidad no te permite quedarte sin respuestas, Anna. Pues no tengo nada que alegar.

         —Diego sabe que tú la denunciaste. Y que a él quisiste salvarlo. No consigo entenderlo. Y ahora esto, ahora tu amigo nazi te deja paralítico. ¿Cuál es tu motivo, Martín? Tienes que explicármelo.

         —Hahn era mi amante.

Me sorprendió también su respuesta. Y la porquería de servicio de información que teníamos. Sentí pena por él, todavía más. Muchas mujeres se habían convertido en prostitutas de lujo para los nazis mientras se adueñaron de París. Todo el mundo las veía y todo el mundo sabía, o creía saber, quién era qué. Pero los homosexuales se ocultaban. No tenían otro remedio. Y nunca se me habría ocurrido pensar que alguien como Martín lo necesitara; mucho menos que se prostituyera con un hombre. Le acaricié la mano. No me la retiró.

         —Todos hacemos cosas que no queremos para sobrevivir —le dije—. Yo no soy nadie para juzgarte.

         —Vete, Anna, no somos amigos, no te debo nada ni tú a mí tampoco. Si no vas a matarme, no tenemos nada de qué hablar.

         —Ayudé a huir a Diego como tú me pediste. Algo me debes.

         —No seas cínica. No lo hiciste por mí. —Martín respiró quedamente, con varias costillas rotas y la columna destrozada, al inspirar silbaba y no podía evitar los espasmos de dolor. Sus ojos, tan hermosos siempre, ahora estaban apagados—. ¿Puedes acercarme un poco de agua? Me duelen los labios.

Me fijé en ellos: los tenía tan resecos que podrían haber rasgado una hoja de papel. Le serví la bebida en el vaso que me ofreció de una jarra que había sobre su mesilla. Él la bebió a sorbitos a través de una pajita. Parecía que también le dolía al tragar. No se quejó.

         —Por favor —insistí—, explícame por qué la denunciaste al ERR, sabías que no había nada que hacer. Ambos lo sabíamos. Elisa era de él, lo seguirá siendo siempre. No lo dudes.

         —¿Y tú tampoco has intentado nada ahora con Diego? ¿De verdad no lo has hecho? ¿Tú también has dejado escapar la oportunidad? Creo que nos parecemos mucho, Anna. En realidad, tú y yo somos iguales.

         —Quizás tengas razón. Pero denunciándola no ibas a conseguirla. Eso es lo que no entiendo.

         —¿Es que sois todos imbéciles? No es de ella de quien estoy enamorado. Joder, ¿es tan difícil de entender?

Me sentí la más estúpida. Solo entonces lo entendí. Aunque había tenido la respuesta todo el tiempo delante de mis narices.

—¿Hahn no te obligó a acostarte con él? ¿Eres…?

         —Homosexual, marica, manguta, gay… Sí. Eso es lo que soy.

         —Y, entonces… tú… ¡estás enamorado de Diego!

         —Toda mi vida, Anna. Jamás he podido deshacerme de esa condena. Jamás. Lo he intentado con todas mis fuerzas. No ha habido nada en el mundo que me haya hecho más daño que este amor insoportable. Pero no pude evitarlo. Es mi adicción. Yo solo quería que la dejara. Pero ella…

         —Se quedó embarazada.

         —Sí, ¡maldita sea! Me volví loco. No conseguía pensar en otra cosa, me obsesionaba imaginármelos con el bebé. Y además…

         —Iban a irse de París.

         —Sin mí. Se iban a ir sin mí —Martín se detuvo, intentó tomar aire. Se quejó, pero lo más lastimoso de él era su mirada. Yo conocía bien ese dolor, lo compartía con él. Entendí su odio y me sentí un poco más mezquina—. No lo planeé, tan solo se lo pedí a Hahn. Habíamos bebido demasiado. Él era tan amable. Me cuidaba tan bien. Y además era oficial de las SS, llevaba mucho tiempo vigilándolas, a ella y a su marchante, por la falsificación de los cuadros. A él y a sus superiores les hacía gracia lo que ellas hacían, estaban en contra del ERR de Goering y querían evitar que siguieran destruyendo el arte, pero cuando yo le pedí que se librara se ellas, se encargó de que lo supiera quien debía. Entonces me di cuenta de que también podría perseguir a Diego, y te avisé para que lo pusieras a salvo. Y lo has hecho, ¿verdad que lo hiciste? Ellos me lo dijeron, que me quedara tranquilo, que mi amor estaba en Estados Unidos. Es lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento.

         —Hahn se enamoró de ti y no te perdonó la traición. Qué idiota he sido, si quien te interesaba era Elisa, ¿por qué la habrías traicionado a ella y le habrías salvado la vida a él?

Martín cerró los ojos. Respiró hondo. Sufría más que yo.

         —Tuviste suerte —le aseguré—. Tu nazi podría haberte matado. Con la peor de las muertes.

         —Esto le gusta más. No volveré a andar. Iré en una silla de ruedas el resto de mi vida. Jamás le olvidaré. Me lo advirtió.

         —Quizás es el castigo que mereces.

Me arrepentí al instante de mi crueldad. No era cierto que ambos fuéramos iguales. Pero las palabras tienen alas.

         —¿Elisa está muerta? —preguntó él.

         —¿Te gustaría?

         —Conoces la respuesta. Ojalá pudiera volver atrás. Yo solo hice lo que hice por amor, Anna. Tú sabes lo que es eso.

         —No. No lo sé. Yo no la delaté, lo hiciste tú. Pero no sé si Elisa está muerta. No hemos podido encontrarla aún. Se la llevaron fuera de País. No sabemos dónde. Lo lógico es pensar que no ha sobrevivido.

         —¿Y su hijo?

         —¿Quieres saber si su hijo nació y está vivo?

Medité mi respuesta. Me di cuenta de que Diego jamás regresaría y de que ese hombre era el culpable. El único de mis amantes con el que solo me acosté una vez. Diego, el maldito hombre del que seguía aún enamorada. Quizás, lo he estado siempre. Entonces fui yo quien detestó mirar a Martín. Lo odié con tanta intensidad que tuve que contenerme y respirar hondo varias veces antes de contestar. Ya había aprendido a hacerlo. Quizás sí nos pareciéramos él y yo. El odio y el amor igualan a menudo.

—Antes de llevarse a Elisa, los nazis le hicieron muchas preguntas —continué—. Querían mantenerla con vida, conocía demasiada información valiosa. Ella dio a luz a una niña, Violette, que nació en París; conseguimos sacarla del hospital de la cárcel como si hubiera fallecido. Es más fácil ahora que muchos saben que ellos van a perder la guerra. Ya está con Diego. En Estados Unidos.

Martín se puso a llorar. Desconsoladamente, como un bebé. Y, por sus gestos, supe que le dolían los huesos rotos, pero la herida más punzante parecía la de su memoria. O la de su corazón.

Miré a la calle. Fuera, la gente corría, se oían disparos y el chirriar de cadenas sobre los adoquines. Me alejé de la ventana, nunca es inteligente ponerse a tiro de algún fusil sin objetivo.

         —Lo siento por ti, Martín.

         —No, no puedes sentirlo. Es lo que debía pasar. Al final, ella sigue con él de un modo u otro y yo… yo lo he perdido para siempre.

No pudo seguir hablando, sollozaba. Yo sentí pena por ese despojo de lo que había sido tan solo semanas atrás: un hombre imponente, alto, elegante, seguro de sí mismo. Ahora… Y me veía reflejada en su sufrimiento. Yo también amaba a Diego de la misma forma. Lo único que nos diferenciaba era que yo no me había atrevido a hacer lo que siempre deseé. O no, en realidad, nos diferenciaba que yo no quise hacerlo.

Sin embargo, no le confesé la verdad. Dejé que continuara sufriendo al pensar que solo había conseguido alejarlo de él y viviera creyendo que la hija de Diego y de Elisa se encontraba con su padre, a salvo, al otro lado del mundo.

Yo sabía qué dolor era ese, se parecía al que sentía cuando recordaba que ya no volvería a tener a Diego. Y, en parte, no le había mentido: cuando Diego se fue de París, intenté saber de Elisa y no me fue difícil seguirle la pista, aunque sobrevivir en un campo de concentración era un milagro y yo no había llegado a averiguar si ella seguía con vida. Entonces fue la primera vez que sentí la culpa, sí. Me atenazó el corazón durante un segundo, aunque aparté ese dolor enseguida. ¿Cómo podría Elisa haber sobrevivido? Y lo importante era que, según mis informadores, su hija había nacido en París como yo le conté entonces a Martín.

Sin embargo, en lo demás, también le mentí a él: yo no había conseguido encontrar a la niña. Lo más probable era que nunca se supiera dónde estaba, si es que era cierto que había sobrevivido. Ni siquiera sabía si al nacer de verdad la habían llamado Violette, solo me contaron que nació con vida y que se le perdió luego la pista como tantos otros miles de criaturas que vinieron al mundo en un tiempo en el que los hombres lloraban. Por eso, cuando volví a encontrarme décadas después a aquella joven que decía ser la hija de mi primo Diego, a Violette, en mi propia casa, mirándome con curiosidad a través de los mismos bellísimos ojos grises de su madre, esperando respuestas que yo podía, pero no quería darle, tuve que sentarme, tomar aire, respirar hondo varias veces. Y morderme la lengua.

Y luego, poco a poco, toda aquella maravillosa historia de amor y de superación y de entrega que me había repetido tantas veces a mí misma y a fuerza de insistir se había convertido en la oficial en nuestra casa desde hacía tantos años, se fue desvaneciendo al tiempo que la real comenzó a perseguirme. Jamás hubiese creído que podría llegar a arrepentirme de haber sido feliz. Pero así ocurrió cuando la pobre niña —aún lo era entonces, tan joven, tan valiente, tan parecida a su orgullosa y divertida madre— fue asesinada en París mientras indagaba para averiguar su pasado.

Quizás, si yo le hubiera contado quién era, aún seguiría con vida. Y eso duele, sí, eso sí que duele todavía. Lo que le ocurrió a Violette aún me quita el sueño a veces. Por eso, también, te contaré todo lo que yo sé de ella. Nunca dejé las cosas a medias y, aunque tarde, si has decidido leer estas palabras, quizás sea tiempo de resarcir cuentas. Sin embargo, antes de seguir, quiero que me prometas que jamás dudarás de que tú fuiste el verdadero amor de mi vida. El amor más puro y más intenso que un ser humano puede llegar a sentir.

 

(Apadrina esta novela comprando el libro aquí para publicarlo con crowdfunding)

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