(En proceso de escritura. Todos los derechos reservados)

(Primer capítulo aquí) 

(Enlace al vídeo de presentación en Youtube)

(AVISO: NO LEAS ESTOS CAPÍTULO NI VEAS EL VÍDEO SI TIENES INTENCIÓN DE LEER LA PRECUELA DE ESTA NOVELA, La pintora de estrellas”)

II Capítulo

París, boulevard de Saint Remí (ùnos días después)

Bettina sube despacio la escalinata del boulevard; mira al suelo, todo a su alrededor se desintegra como la polvareda que se levanta de la tierra tras un amago de tormenta. Es gris, opaco, turbio; su pensamiento. No quiere seguir culpándose. Llora mientras camina. Hacía mucho que no lo hacía. Toda una vida para purgar un instante de debilidad es demasiado castigo. Ni los jinetes del apocalipsis lo infligen así. Todo esto la ha afectado demasiado, le asaltan los recuerdos. Pero ya es tarde para arrepentirse: los hombres malos ahora llevan chaquetas de Desigual y visten zapatos de quinientos euros. No mirarán sus ojos enrojecidos o no les importarán.

Se encuentran en el Café Des Arts, siempre abarrotado de incautos que contemplan a sus mujeres como si fueran las únicas. Se aman. Qué estupidez. Ellos, los malos, le ponen a sus pies un maletín, brillante de cuero negro, discreto; lo han hecho todo como ella les pidió: no han roto nada que no fuera imprescindible, no han tenido que herir a nadie, ha sido un robo limpio y ordenado. Lo ponen sobre la mesa y ella comprueba que lo que quiere está allí. Les paga la otra mitad de lo acordado sin disimulo —nadie podría imaginar lo que están haciendo— y ellos salen del establecimiento antes de que pueda agradecerles su trabajo sucio. Ya no volverá a verlos.

Bettina no puede evitar la tentación: llama al camarero, le pide un capuchino cargado, con doble ración de nata, coge uno de los diarios y lo abre. Violette los tenía organizados por fechas, busca los que le interesan. Están. Su corazón estallaría si esto fuera una película. Pero es la vida. Ella lo sabe. Sigue rebuscando un poco más y enseguida le llama la atención un sobre con las esquinas arrugadas y sin abrir: “Para mi querida Violeta, con todo mi amor, Diego”. Recuerda la conversación con Ollivier cuando regresó hacía unos meses del viaje que hizo a España para encontrar a su abuelo Diego. Como si desenmascararlo le fuera a servir para recomponer el corazón hecho añicos que la zorra de su exnuera le había dejado por único regalo de descompromiso.

El resto de la conversación con su hijo no lo recuerda, muy a menudo no le presta atención, le cuenta niñerías que no le importan. Pero el meollo de la narración del viaje, lo que más le interesó de todo lo que Olliver le contó, sí lo captó Bettina a la primera:

—Resulta que la hija de Diego dejó unos diarios, Violette era periodista, le gustaba escribir. Están en la casa de Diego, en Villalba, pero su nieta Violeta no los ha leído. No ha querido saber nada sobre su pasado. Creo que Violeta no se parece en absoluto a lo que me has contado de su madre, es una mujer extraordinaria, tan vital, tan…

 Así que Violette tenía una hija. Una hija: Violeta. Bettina no lo sabía. Le costó no hacerle más preguntas a Ollivier sobre ella. Y ató cabos, recordó la libreta de Violette que la había martirizado durante años, siempre iba con ella, cuando les hacía preguntas, lo apuntaba todo. «Soy periodista» —decía— «mi trabajo es buscar la verdad. Pero la verdad se olvida».

En sus diarios, Bettina iba a conocer toda esa verdad que, imaginada, la había hecho tan infeliz. Ahora los tiene ella. Y también la carta que le escribió Diego a su nieta y que, por alguna razón que a Bettina no le importa, estaba sin abrir.

Rasga el sobre. La letra manuscrita es pulcra, de viejo elegante muerto. Al pensar en el autor, ya no puede sentir más que indiferencia y una curiosidad que enseguida sacia:

«Diego Ferrán

Los Molinos, 12 de Mayo de 2000

Mi querida Violeta:

Si estás leyendo esta carta, ya habré roto mi promesa, la que te hice de niña, cuando se pueden hacer ese tipo de promesas, cuando tus ojos eran tan tiernos que creías todas las que te hacía, cuando te di mi palabra, sabiendo ya que algún día irremisiblemente la incumpliría, de que no moriría nunca. Y también habré quebrantado nuestro pacto, el que nos obligaba a no mentirnos jamás el uno al otro, porque tampoco habré sido capaz de contarte mis razones.

En realidad, solo tengo una razón y es muy sencilla: yo no te engañé. Para mí, tu eres mi única nieta y tu madre fue mi única hija. —Bettina se detiene. Ahora sí le duele. Respira hondo. Sigue leyendo—Esa es mi verdad, la que al morir estoy seguro de que sentiré en mi corazón. La que no sé si me atreveré a contarte antes de que leas estas palabras. Es una verdad que a veces me pesa y otras, otras tan solo la ignoro, cuando te miro a los ojos y me intento imaginar lo que sería la vida sin ti, lo que habría sido mi vida sin vosotras. Solo esa es mi verdad. Muchas veces te he dicho que las razones del corazón son difíciles de entender. Y hace mucho tiempo ya de todo, pero intentaré que tú lo hagas. Supongo que ya habrás visto los cuadros de tu abuela y que tu prima Ángela te habrá contado parte de su historia. Yo solo la completaré…»

Cuando termina de leer las tres páginas, Bettina pide un coñac doble. El camarero la mira con extrañeza. Los borrachos de la hora del té no suelen ir tan bien vestidos ni llevar relojes de oro. Esa señora de edad indefinible no le encaja en ese perfil. Pero ella acaba de averiguar que la mujer a la que más ha odiado en su vida, Violette, no fue mucho más afortunada que ella. Qué ironía. Paladea ese sabor que deja la satisfacción, aunque haya pasado tanto tiempo. Aún la odia. Claro que la odia. Pero lo de Violette es tan patético, tan segura, tan decidida y resulta que no sabía nada sobre sí misma. En eso, al menos, Bettina la aventaja. Sonríe. También la aventaja en lo vivido. Violette murió demasiado joven, en el momento justo.

La recuerda bien: delgada, altiva, con esos ojos grises como la bruma que ocultaban secretos que la incumbían a ella. Maldita insolente. Maldita ladrona.

Bettina piensa en su madre, la echa tanto de menos… Su vitalidad a veces la angustiaba, pero Anna fue la mujer más maravillosa que conocerá en toda su vida. Y esa carta se lo confirma. Anna tuvo que saber desde siempre quién era Violette, ella ayudó a Diego a salir de París con ella. Y jamás le contó lo que había ocurrido en esas semanas, pero sí la enseñó a no odiar a su padre, a no echarlo de menos, a sentirse especial. Si Anna tuvo algún amor inmenso en su vida, fue su hija Bettina; ella así lo sintió siempre. Y en sus manos tiene ahora una prueba más de la singularidad de su madre y de su sinceridad. Sí, la añora como solo se extraña aquello que de verdad te perteneció.  La única persona que sabe que no la engañó nunca.

Aunque también le surgen otras dudas, pueden esperar. Tendrá tiempo de leer los cuadernos. Aunque ¿de verdad quiere saber más ahora? Ojalá su hijo no hubiera viajado a España a conocer a aquel hombre que ni siquiera sabía de su existencia. Por mucho que ella insistió en que no lo hiciera, ya no estaba su abuela Anna para pedírselo. A ella, la habría obedecido. Bettina había vivido hasta entonces tranquila, sin hacerse ninguna de las preguntas que la asaltaron de nuevo cuando él regresó y le habló de Diego y de su palacete azul, de Violette y, sobre todo, de su hija Violeta. Pero ya está hecho. Tiene los diarios. No hay marcha atrás.

Vuelve a dejar el sobre en la caja. Lo releerá luego, para que no se le escape ningún matiz de esa confesión extraña del anciano. Solo una vez lo vio en persona, en el entierro de su madre. Apenas habló, estaba muy emocionado. Bettina, sin embargo, ni siquiera le respondió cuando él le dio el pésame con ese acento castellano tan marcado, que a ella le costaba comprender. Y Bettina no acudió después al entierro de Diego. Desde que era muy pequeña, su madre le había contado sin tapujos que su padre era aquel hombre maravilloso que vivía al otro lado del mundo, y le enseñó a respetarlo y a vivir sin él, feliz, sin reprocharle nada. Porque Anna era así, no le debía nada a nadie ni tampoco le exigía a nadie cuentas. Y Bettina siguió los deseos de su madre incluso muerta. Ahora la entiende, ya sí. Bettina tampoco necesitó despedirse de un padre que no sabía de su existencia.

Apura su copa. Se siente mejor. Ahora está segura de que en los diarios de Violette encontrará todas las respuestas. Aunque la que en realidad le interesa a ella no tiene nada que ver con nazis, ni con pintoras muertas, ni siquiera con Anna y Diego. La que le interesa a Bettina solo tiene que ver con Violette y con su hija. Mira el maletín con los diarios. Piensa en su madre, también la entendería, ella amó toda la vida a aquel hombre. ¿Acaso no habría actuado igual que ella?

Y Diego no supo nunca que tenía otra hija, pero ella ahora sabe mucho más de él de lo que jamás podría haber imaginado. Y no es como su madre le había contado. Bettina se siente un poco menos abandonada ahora. El pedestal en el que Anna lo colocó se tambalea.

Bettina deja sobre la mesa un billete de diez francos y se levanta. El maletín apenas le pesa, quizás por la alegría que siente al reconocer su victoria contra la muerte, justo en la batalla principal, la que Violette perdió, hace ya más de dos décadas.

(Apadrina esta novela comprando el libro aquí para publicarlo con crowdfunding)

Primer capítulo de La pintora

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