(Apadrina esta novela comprando el libro aquí para publicarlo con crowdfunding)

En 2015 publiqué la novela “La pintora de estrellas” en el sello editorial Suma de letras. Es, creo, una de mis novelas más leídas. Aún se sigue recomendando en los foros de lectores. Se publicó también en Polonia, con la prestigiosa editorial Rebis, que publica a autores como García Márquez o Carol Joyce Oates. Y esa novela estaba pensada para tener una continuación. Muchos de sus personajes ocultaban secretos ¿y qué mejor que un secreto para crear una novela donde se desvele? Pero por alguna misteriosa razón, he escrito y publicado después muchas otras novelas y, sin embargo, he postergado siempre esta. Quizá porque Diego, Elisa, Clara, Violeta son para mí demasiado especiales. Irrepetibles. Pero de vez en cuando me vuelve esa sensación preciosa que es emocionarme ante la posibilidad de escribir algo y esta mañana, curioseando entre mis carpetas de ideas de novelas, me he vuelto a encontrar con ella. Así que os voy a dejar el primer capítulo; creo que ya tengo la valentía suficiente para hablaros de lo que fue de Anna, de Marie, de Violette y de Elisa.

(Enlace al video de presentación de “La pintora de sonrisas”)

(Nota MUY importante: si has pensado leer “La pintora de estrellas”, no leas este capítulo ni veas el vídeo. Desvelan algunas de sus claves.)

La pintora de sonrisas
Amelia Noguera

CAPÍTULO I

Violeta
Villaviciosa, Asturias (2001)

Violeta escucha el cantar de los pájaros. Quizá mirlos. Todavía se toca a menudo el vientre: su nuez ya no está ahí dentro, pero ella aún siente de vez en cuando esas culebrillas. No quiere llorar, no va a permitirse ni una sola lágrima más. Se levanta con rapidez y sale al jardín, está tan hermoso…, allí consigue dejar de pensar, al menos durante un rato. Las camelias acaban de empezar a florecer y miles de capullos esperan su turno. Ya sabe que no huelen. Si lo hicieran serían las flores perfectas: aparecen cuando el resto de la naturaleza duerme en el jardín de su abuelo. Él aún sigue allí. Lo estará siempre.

Y se acaricia el vientre, vacío. Su amiga Laura le dice en cuanto tiene ocasión que pronto dejará de sentir ese intenso dolor que le machaca las entrañas, que le raja el alma, que la obliga a gritar. Pero ella no la cree. Empezó a sentirlo en el mismo momento en que Elisa nació. La matrona le puso sobre su pecho el cuerpecito lleno de sangre todavía y restos de placenta y ella pidió a gritos que se la quitaran de encima. «No te preocupes, es normal que ahora estés así, pero enseguida la querrás más que a nada en el mundo» le dijo entonces aquella mujer de ojos rasgados y voz limpia aún después de haber pasado con ella muchas horas ayudándole a parir. Pero Violeta supo entonces que ese dolor no cambiaría, que algo que no podía controlar la alejaba de su hija: al mirarla, todo lo que había vivido los últimos años volvía a ella. Y se encontró con que los recuerdos le resultaron imposibles de soportar. Era un bebé perfecto, precioso, pero ella no quiso ni darle de mamar.

Y Violeta aún no ha podido entrar en su habitación para borrar las estrellas que pintó por todo el techo para su hija. Pronto mandará venir a alguien a que cambie el color de las paredes y que se lleven la cuna, los vestidos, las mudas, los peluches… pronto lo hará, seguro que lo hará. Quizás así consiga abrir la puerta y mirar dentro sin que la angustia le haga hincarse de rodillas contra las baldosas. Pronto se llevarán a la niña y Violeta borrará esas huellas de su vida. Mientras su prima prepara los papeles de adopción, Violeta ha contratado a una persona que se ocupa de ella. Ahora, están dando un paseo. Y le ha pedido que esté fuera toda la mañana.

También ha dejado de pintar. Solo se recrea en los silencios de esos cuadros de su abuela. Y, sobre todo, da prolongados paseos por la playa y sale al jardín. Allí siempre visualiza a su abuelo, bajo la pérgola cuajada de clemátides. Su azul es tan hermoso. Allí debajo siente como si él estuviera a su lado. Cuánto necesitaría ahora sus palabras, sus besos, sus abrazos. Aunque también sabe que intentaría convencerla de que no se deshiciera de su hija. Ella no duda, lo que siente no es una rabia pasajera, no es un capricho, no es, como le dijo su amiga Laura, la depresión posparto. A veces, al escucharla llorar, tiene la sensación de que podría hacerle daño; eso fue la que la llevó a decidirse. Elisa estará mejor con una familia que la quiera, porque Violeta, a pesar de haber dejado pasar algunos meses, siente por la niña la misma repulsión que si se la estuvieran poniendo otra vez sobre el pecho como el día en que nació. Y sabe que tiene derecho a que la quieran.

Zara la sigue a sus pies. Qué lista es, huele su angustia y le chupa las manos en cuanto Violeta se agacha lo suficiente.

         —Venga, vale, ya lo dejo —le dice mientras se limpia con el dorso de la mano mojada las lágrimas que finalmente se le escapan.

Entra en la casa. El palacete azul ahora le parece gigantesco y desangelado. No es una casa para vivir sola, pero en ese lugar se siente cerca de su familia. Sus grandes ventanales, sus sillones deshilachados, la tarima que cruje, sus macizas puertas descascarilladas, sus chirriantes escaleras con algún peldaño suelto que alguna vez le hizo perder el equilibro… Es el lugar donde descubrió por fin a su abuela. Ojea el libro de Voltaire, el último que Diego leyó. Le duele seguir. Lo deja enseguida sobre la mesa. Y se sobresalta cuando llaman a la puerta. Zara acude la primera ladrando sin parar, aunque se calma en cuanto ve a la persona que entra y cambia los ladridos por lametones a la recién llegada. Ángela y Violeta se abrazan, sentir el calor de alguien apreciado la consuela.

         —Lo siento, prima. He dudado de si molestarte con esto ahora, pero creo que debes saberlo. Me ha llamado la policía de Madrid. Han entrado en casa del abuelo en Villalba. No han causado demasiados destrozos, la cerradura, un par de jarrones, poca cosa. Parece que iban a tiro hecho: vaciaron la caja fuerte y lo demás lo dejaron tal cual.

Violeta aprecia que Ángela se siga ocupando de esas cosas. Es eficaz, la mejor abogada de toda Villaviciosa. Mira las fotografías de sus bisabuelos colgadas en las paredes. A veces desearía cambiarse de lugar. Descansar. No quiere responder, nada tiene demasiada importancia ya, pero entonces recuerda:

         —¡Los diarios de mi madre! ¡La carta de mi abuelo! ¿Se los llevaron también?

         —La caja de caudales estaba vacía, supongo que sí. Pero preguntaré a la policía si han encontrado documentos en algún otro lugar, podrían haberlos dejado. No tienen valor, ¿para qué los querrían?

Violeta se arrepiente ahora de no haber ido a por ese maletín. Y se sienta, abatida, en el sillón de flores de seda; lo mandó limpiar hace poco… como si le importara que se acumulara el polvo o se llenaran de huellas las grandes cristaleras. No son esas las señales que le escuecen.

         —Quizás podrías ir a Madrid y comprobar lo que han robado —dice Ángela—. Y, de paso, vuelves a reunirte con tus amigos. Tienes que salir, Violeta, tienes que recuperarte. Empezar a vivir de nuevo. Llevas meses así. No puedes seguir sufriendo.

         —Ve tú. Ve por mí. Te pagaré.

         —Ni lo menciones, ya me has pagado suficiente. Sabes que te ayudo encantada. Iré, pero ven conmigo. Puedo aprovechar para hacer otras cosas que tengo pendientes por allí, y así tú te despejas. Podemos dejar a la niña con mi hermana durante un tiempo, ella y su marido la cuidarían encantados, llevan años intentando tener hijos, y así, bueno, así te das un tiempo para pensarlo mejor… No sé…, lo que tú quieras.

         —Lo que yo quiero es no verla más, Violeta. No puedo cuidar de ella. Se la daré a ellos en adopción si la quieren. ¿Quiénes mejor que ellos para cuidarla? ¿Has empezado ya con los trámites? Si no son ellos, serán otros. Lo haré de todos modos.

         —Pero en algún momento esto cambiará. Te encontrarás mejor, olvidarás lo que ocurrió.

         —Ella no me deja olvidarlo, ¿no lo entiendes? Ella me recuerda todo lo que pasó. No sé si eso cambiará algún día. ¿Cómo iba yo a saber que sería ella quien me haría volver a sentir este miedo que me hace gritar? No puedo dormir, no dejo de tener pesadillas… sueño con él… lo veo muerto, en el suelo, en aquel charco de sangre. Y ya no está mi abuelo conmigo. Ahora estoy sola. No tengo a nadie…

Violeta no puede seguir, se echa a llorar. Lo hace sin consuelo, con las manos sobre los ojos, solloza y Ángela la abraza.

         —Lo siento. Yo solo quiero ayudarte. Has perdido peso, no comes, no hablas con nadie. No puedes seguir así.

         —Yo también lo siento. Tú no tienes la culpa. Perdóname… yo…

Violeta sigue llorando, tampoco el abrazo de Ángela la alivia. Callan. Zara recuesta su cabeza sobre el pie de su dueña. Ese gesto de la perra es el que más la reconforta. Le acaricia la cabeza y el animal empieza a mover el rabo con frenesí.

         —¿Te quedarías con ella? La niña puede quedarse con tu hermana y su marido. Mientras, puedes preparar los papeles. Si ellos quieren, podrían adoptarla. Me parecería muy bien —dice Violeta, mientras sigue pasando su mano por el pelo de jabalí de la perra.

         —¿Irás a Madrid? —responde Ángela, esperanzada.

         —No. A Madrid, no. Allí ya no puedo hacer nada. Iré a París.

         —¿A París? ¿Quieres hacer algo más con los cuadros de tu abuela? Sigo negociando con la Consellería de Cultura para crear la asociación que los conserve. Vamos muy bien. Están muy interesados. Los cuadros son muy valiosos, ya lo sabes.

Violeta se pasa las horas muertas en el desván, mirando las pinturas de su abuela; el gobierno francés las encontró en los viejos túneles del metro; tuvieron mucha suerte, los nazis no se los llevaron ni los destruyeron. Aún no ha decidido cuáles desea conservar. Su cabeza está en otra parte.

         —No quiero hacer nada con sus cuadros. Sigue con tus negociaciones, por favor. Pero me siento sola, Angela. Nunca me he sentido así. Mi abuelo siempre estuvo cerca de mí, incluso cuando Álvaro… Y mi madre murió cuando yo era una niña, pero de mi padre jamás me ha hablado nadie. ¿Te contó mi abuelo algo sobre él? Quizás esté vivo todavía, necesito que lo esté. ¿No tengo derecho a querer a nadie? ¿De verdad no queda nadie vivo que pueda quererme a mí?

         —Sí, Violeta, sí… Te entiendo. Y creo que puedo ayudarte. Puedo contarte lo que no has querido saber todavía sobre Diego y Elisa, sobre ti. Eso te dará otra oportunidad.

         —No. —El rostro de Violeta se endurece—. Mis abuelos son ellos. No tengo otros, no puedo soportar ni siquiera imaginar otra cosa, ¿qué me quedaría entonces? ¿Dime? ¿Quién sería yo? Diego es mi abuelo y Elisa —Violeta señala el cuadro de la mujer con la guitarra que sigue presidiendo el salón—, es mi abuela. No tengo nadie más a quien querer. Pero sí debo de tener un padre. Quizás él viva, tal vez pueda recuperarlo. Yo quiero conocerlo a él. Lo necesito. A lo mejor él también me espera. No soporto estar sola. No puedo ni entrar en sus habitaciones, me paso las horas mirando los cuadros, mirando personas muertas.

         —Diego no me habló de tu padre. No sé nada sobre él. Solo me contó que tu madre había muerto en París, mientras hacía un reportaje sobre los nazis y el robo de arte. La policía llegó a la conclusión de que en su muerte habían estado implicadas las mafias internacionales, pero no hubo ninguna detención. Archivaron el caso. Aún no se sabía nada sobre esos robos y era muy difícil avanzar en las investigaciones. Es curioso que ella indagara en este tema hace ya décadas, cuando todo el escándalo del expolio de arte de los nazis en Europa se está avivando ahora. Y de tu madre apenas recuerdo nada, yo era una niña cuando vino alguna vez de visita. Violette nunca vivió en esta casa ni en Villaviciosa.

         —Pero Ollivier vive en París. Él podría ayudarme a saber qué fue a buscar mi madre allí. Es el nieto de Anna.

         —Sí, lo conozco, su abuela Anna era la prima de tu abuelo. Guapísima y muy valiente, además. Participó en la Resistencia de De Gaulle. Pero yo no sé mucho más.

         —Ollivier me habló sobre ella. Su abuela Anna murió hace unos años. Bettina tiene la edad que tendría ahora mi madre. Él podría ser la única familia que me quede. Además, Bettina conoció a mi madre, ella fue a visitar a Anna las dos veces que estuvo en París así que puede que también sepa algo sobre mi padre. Ollivier me llama a menudo, aceptaré su invitación para ir a visitarlo. Aquí me volveré loca. Me volveré loca, de verdad, Ángela.

Violeta acaricia a Zara. Ella se tumba y le ofrece la barriga. Violeta le hace cosquillas. Solo eso le saca ahora una sonrisa. El aire mueve las camelias de su abuelo. Las imagina cayendo, al final de la primavera, sobre la tierra húmeda. Y huele a mar. Siempre huele a mar.

 

(Novela en proceso de escritura. Todos los derechos reservados. Fotografía de cabecera de Nick Kenrick (c))

4 respuestas a “Capítulo I: «La pintora de sonrisas»

    1. Madre mia Noguera.!voy a volverme a leer la Pintora de estrellas,me acaba de entrar el gusanillo y asi me metere a saco con la Pintora de Sonrisas..!!
      M’anxises.!!!!
      Un abrazote.!

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