Uno de los adalides de la llamada Generación Beat estadounidense de los años cincuenta del siglo pasado, Allen Ginsberg, es una figura extravagante y tremendamente interesante: según la wiki y la biografía de su página web (http://allenginsberg.org/#!/biography) realizada por Michael Schumacher, fue un budista practicante conocedor de la filosofía y las religiones orientales, compraba ropa en tiendas de segunda mano y vivía en apartamentos del East Village, se opuso al militarismo, al materialismo económico y a la represión sexual; participó durante décadas en protestas políticas no violentas contra la guerra de Vietnam, contra las drogas (a pesar de consumirlas), estuvo vinculado al Movimiento por los Derechos Civiles, fue precursor del hipismo, abogado y defensor de la libertad de expresión, de las minorías religiosas, sexuales, étnicas; contrario acérrimo de la persecución de los desfavorecidos, los sin techo, los que no tienen voz; odiaba al imperialismo yanqui y sus maldades, atacaba la hipocresía burguesa y su crueldad con los más débiles, a sus dirigentes, a su gobierno. Criticaba a su país por derrocar gobiernos, por invadir a otros países, por provocar guerras, masacrar indígenas y por haber infringido la esclavitud y la opresión a los negros durante siglos.

Con estos antecedentes, te acercas a su poema vendido para su causa. Pero lo que allí encuentras te cambia inexorablemente. En efecto, es un aullido.

Siendo su primera obra, antes de ser publicada ya era famosa (según la página de Anagrama, uno de los sellos que la edita en español). Alguno de los cincuenta ejemplares que se realizaron en multicopista de la Galería Six de San Francisco se pasaba de mano en mano o se recitaba incluso antes de haberse distribuido comercialmente. También lo leían en voz alta poetas como Kenneth Rexroth, Philip Lamantia o Gary Snyder, y el propio Ginsberg realizó una performance al uso del arte vanguardista del momento en la que la obra se representaba acompañada de lloros, gritos, lamentos y música. Una obra prohibida al poco tiempo de su publicación en 1956, su prohibición fue anulada porque el juez instructor declaró que el poema poseía “importancia social redentora”. El que fuera concebida bajo los efectos de las drogas, en una especie de visión, no le resta un ápice de fuerza. Su voz fue la de los vagabundos y los marginados, y el libro constituye es una crítica furibunda contra las promesas rotas del sueño americano, es la voz de los que no se les permitía gritar y tenían tanto por lo que hacerlo (y aún lo tienen).

En este poema parecen resonar otros grandes poetas como Walt Whitman, aunque se encuentre en las antípodas de este, porque aquí la alegría de vivir, el amor por lo natural y por la patria se pisotean; se parecen en cambio en que es una poesía llena de asociaciones de imágenes, sin medidas, sin métrica ni estrofas, en sí misma un rasgado de vestiduras de la poesía, un alegato a la libertad de las formas al tiempo que grita por su contenido. Así, el exterior sigue la senda del interior: expresión ambas de un lamento convincente de los no oídos, los que en la larga enumeración se pronuncian. Hay una crítica salvaje en esa manera de expresarse a través de la lengua que te lleva a no querer leer más y, sin embargo, a tener que seguir haciéndolo. Quizás porque en casi todo compartes la reflexión, la crítica, el odio y la empatía en la esencia de ese poema que muestra la de su autor. Porque ya de nuevo en él, Ginsberg reflexiona sobre lo que vive y enumera la infinidad de matices de las vivencias de los rebeldes de su época para pasar luego a presentar su íntima forma de ver el capitalismo y después a una parte más personal, quizá podría incluso ser autobiográfica. La cadencia de los versos largos, con un ritmo frenético, en los que los conceptos se oponen unos a otros, se asemejan también a los largos rezos del budismo; y quizás es por eso que conmueven a la vez que trascienden, que deseas entenderlos, porque, al igual que las plegarias, parecen letanías de otros tiempos.

Ginsberg escribió muchos más poemas, Kaddish (1961), Sándwiches de realidad (1963), Noticias del planeta (1968) y Sudario blanco (1987) son algunos; todos ellos sin excepción constituyen un aullido, un grito contra el sistema y frente a todos, también quizá frente a sí mismo. El grito de los otros y el de Ginsberg, violento, herido, aterido y destrozado, que murió con su cerebro machacado, en un derrame cerebral, aquel que había visto “los mejores cerebros de mi generación destruidos por la locura”. Ese comienzo tan usado, tan repetido, tan incorporado ya a la cultura y al sistema que quizás habría ofendido y cabreado a su autor, al ser fagocitado por aquello a lo que criticaba.

Bibliografía

Página web oficial del autor en http://allenginsberg.org/#!/
Fotografía de Nick Kenrick.

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