Sofonisba Anguissola: un personaje para una novela que no fue

A veces, algunas novelas se me quedan en el tintero. Así comenzaba una que tenía a la pintora renacentista Sofonisba Anguissola como protagonista:

“Si volviera a nacer, nacería hombre.

No.

Nacería mujer. Mujer pintora. Pero mujer.

anguissola

La vida me dio como mujer lo que ningún hombre pudo ni podrá tener jamás, precisamente por negársenos a nosotras la cualidad inconfundible de lo corriente y lo indiscutible, y concedérseles a ellos la cualidad indisociable de su esencia: la ruda naturaleza de la que pocos saben escapar. E imponen. Yo, podría ser que a su pesar, conocí la pasión, conocí el reconocimiento, conocí la fama y conocí el  mundo desde las perspectivas que te abre vigilarlo desde su filo, desde la frontera que la belleza marca en quien vive para ella; fui odiada e imitada, odiada por ser imitada; respetada y admirada, aunque relegada, al no poder firmar con mi propio nombre los mundos de color y de sombras maravillosos que con mis pinceles creé, incluso con mayor intensidad después de muerta, mucho más de lo que se podía prever. Mi posición… ¡Oh, sí, mi posición me lo impidió! Mi posición como mujer. Pero algunos grandes me reconocieron y me valoraron, grandes más en su humanidad que en su poder, que son los que importan, a los que tuve la gran suerte de conocer, a ellos y a ellas, tanto ilustres y poderosos como mundanos e insignificantes. Ellas igual de ilustres, de poderosas y de mundanas que ellos, pero tan sometidas en la esfera de lo visible como lo estuve yo, a pesar de que muchos me admiraron y copiaron. Sí. Porque la historia me ignora ahora en el presente más que en el pasado, aunque a alguno pueda sorprender. Así es.

            Por supuesto que La dama del armiño, que no es armiño sino lince, es obra mía. Me relegan y me ignoran más que viva, muerta. Ni Zurbarán, ni Tiziano, ni Antonio Moro. Tampoco Moroni ni Sánchez Coello pintaron ese lienzo de mi querida Catalina Micaela. Ella, la segunda hija de la joven reina Isabel y del rey Felipe II, que tanto bien me hicieron al acogerme en su corte. Mi padre recibió por ello una renta anual de ochocientas liras imperiales y yo mil ducados anuales, para mis gastos. Mi puesto allí, de haber nacido yo varón, podría haber sido el de pintora de la corte, que aunque era un puesto inferior al de dama, en esencia era el que me correspondía; eso me decían ellos, los reyes, que yo era su pintora más especial, la de verdad. Pero en lo oficial no podía serlo, pobre de mí. Mi rango, mi cuna, mi condición…, ¿cómo una mujer iba a ganarse la vida pintando? ¡Qué atrevimiento! ¡Qué osadía! ¡Qué poco gusto! Mi condición de mujer, sí, esa fue la que tuve que vencer para ser lo que realmente era, mucho más de lo que nadie reconoce aún. Y fui profesora y dama de la corte, que bien disfruté de ello, sí, pero, sobre todo, fui pintora. Mis alumnas, la reina Isabel de Valois y sus hijas las princesas, llegaron a ser parte de mí. Pero… ¿por qué divago? Volveré al principio, que es el nacer, como el final es el olvido.”

 

La pintura es Virgen con el niño, c. 1556, óleo sobre lienzo, Museo Zamek, Lancut, Polonia, Web Gallery of Art, http://www.wga.hu/index1.html, consultada en marzo de 2019

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