Últimamente me paso la vida corriendo, pero no como corre todo el mundo, yo corro contra la muerte. Y sé que ella ganará. Aunque el único alivio que me permito es abrazarte: llorar solo sirve para que casi todos sientan ganas de alejarse, como si te hubieras convertido en la versión española de los zombis en The Walking Dead. Quién te lo iba a decir, yo, que siempre era el que huía, ahora te busco a ti.
Llamo a la puerta y me abres. Tu beso en la mejilla machaca mis sombras un instante, lo plastifico en mi memoria. ¿Pero es que el amor tiene memoria? Juega en dos planos de la realidad: está, aunque ya no sientas ni veas a quien quieres, como una oleada de sudor que hace horas se secó. Eso me decías, te reías de mí, y yo no lo entendía. Ahora, rezo para que sea verdad.
—¿Otra vez aquí? —me preguntas, divertida—. Mira que eres cabezota, te he dicho mil veces que estoy bien, que, si me ocurre algo, te llamaré.
Y me acompañas al salón. Llevas puestas las zapatillas que te regalé en Reyes. Me gustaría tirarlas lejos y traerte algo bonito, pero no me dejarías. Las arrastras sobre las baldosas. Tengo que dejar de mirarte, has adelgazado tanto…
—El fin de semana traeré a Marcos y a María, te mandan muchos besos…, pero el niño tiene fútbol casi todos los días y luego se ponen con los deberes…
Has dejado de escucharme. Lo haces a menudo, no sé si porque te estás quedando sorda o porque quieres. Cada dos minutos me pregunto cómo estaría yo si presagiara mi muerte. También me pregunto por qué no puedo dejar de venir a verte ni un solo día.
Tengo tanto miedo.
Besarte y percibir ese olor tuyo que antes empezaba a repugnarme: «mi madre huele ya a vieja», bromeé con María alguna vez y ella me dio un empujón. Ahora, necesito eso, solo eso, una vez más. Mirar tus ojos empequeñecidos una vez más. Apretar tu mano suave y arrugada una vez más. Despedirme.
Una vez más.
Al principio, las primeras semanas, no sabía por qué lo necesitaba. Lo averigüé la primera vez que María no salió a tiempo del trabajo y no pude venir: el terror a que te murieras sin mí fue tan espantoso que por la noche me desperté gritando y, cuando conseguí dormirme, sonó el despertador.
«Hay que ver cómo has cambiado, Miguel. Pero no te preocupes, eso no va a suceder», me aseguró María complaciente cuando le confesé mi pánico a que desaparecieras y no me diera tiempo a llegar.
Quizás, si estoy, pueda retenerte. Agarrarte para que no te vayas.
Y nunca había pensado en ti de esta manera. Simplemente, estabas. Tenía tu hombro, tu tiempo, tu cariño; tenía hasta tu cocina y tu lavadora.
—¿Lees? —te pregunto cuando te sientas en el butacón junto a la ventana con un libro, envuelto en papel de periódico.
—Tu novela. Tienes que terminar otra antes de que me muera. Déjate de tonterías y escribe. Tienes que seguir intentándolo.
No lo entiendo, coño. No lo entiendo. Que sigas encontrando la manera de animarme tú a mí.
Siento ganas de llorar. Jamás he llorado en mi vida. Por nada. Llorar es de zombis.
Entornas los ojos, me sonríes. Me tomas la mano y la besas.
—Deja de preocuparte, Miguel, que estoy bien. Hoy estoy bien.
La primera vez que me ocurrió fue cuando empezamos a ir a la consulta de paliativos. Tan entera la doctora, tan serena. Al llegar a casa te sentaste en el sofá, intentando recuperar el aire que no te llega a los pulmones invadidos por el bicho que te come los bronquios, los bronquiolos y hasta la tráquea, nos dijiste con expresión beatífica: «Era maja la mujer, verdad, así tendrían que ser todas. Un encanto … ¿Me dais un pedazo de chocolate?».
También entonces fue cuando comenzó mi lucha encarnizada, a espada hasta que solo quede uno, con papá:
—No —sentenció él—, eso no puede ser. Tienes que cuidarte, el chocolate tiene mucho azúcar, diga lo que diga esa señora.
Y tú me miras y te sonrío, y, cuando él se enfrasca en la cocina con las naranjas para prepararte un zumo sano y lleno de vitamina C, abro la despensa en silencio, agarro el chocolate negro, parto tres onzas y otra más para mí, y te las llevo a toda prisa. Me das un beso en la frente y te las zampas justo antes de que papá aparezca con una bandeja repleta de sanas viandas llenas de vida.
Enseguida, me metí en el cuarto de baño y casi me pongo a llorar. Por gilipollas, porque no me había dado cuenta de lo mucho que te quiero.
«Te llevarás el granado», me dijiste cuando salí. «No se lo dejes aquí a papá, que le dura dos días. El rosal de las rositas amarillas también me gustaría que lo salvaras… tendré que hacerme a la idea. Pero el granado no me ha dado tiempo a trasplantarlo. Ahora se ve raquítico. Parece muerto. Aunque, enseguida, empezarán a brotar esas hojas chiquitas, luego las flores rojizas, como campanitas, y al final se cubrirá de pequeñas granadas que parecen esos juguetes raros que tanto le gustan a mi nieto. Confío en ti».
Recordé que lo fuimos a comprar juntos tú y yo la última vez que, a regañadientes, te llevé al vivero. Luego, observaste sonriendo mientras papá y yo discutíamos sobre si había que poner o no unas piedrecitas como drenaje en la maceta. No sé por qué le llevaba la contraria, si jamás he sabido cómo hacer crecer ni una judía. Que mi hijo sobrevive a pesar mío, dice María.
Y no sé qué me ha pasado, mamá, pero, ahora, solo de pensar en aquella puta maceta, en aquellas putas zapatillas, en aquellos putos besos, en las putas palabras de María, no puedo seguir sin llorar.

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