Si Marie Kondo entrara en mi casa, sería infinitamente feliz: hay libros por todas partes. Tengo libros en las habitaciones de mis mochuelos, libros en el sótano, libros encima de mi mesilla de noche, libros en mi despacho, libros entre el microondas y la nevera; hasta llevo un libro en el maletero de mi coche (una de mis novelas que iba a regalarle a alguien y se quedó ahí y ya no recuerdo a quién estaba destinada). La empresaria japonesa dice que el desorden y la acumulación le producen felicidad porque le dan la oportunidad de ordenar y tirar; y yo acumulo libros. Son parte de mi vida y con ellos me pasa lo que con algunos de los juguetes de mis hijos y, sobre todo, con las fotografías: lucho por conservarlos. Para las fotos, por ejemplo, he encontrado una forma estupenda de verlas cada día sin que se queden olvidadas en mi portátil hasta que se las lleve la obsolescencia programada: compré marcos con protección de cristal para láminas gigantescas, los más grandes que encontré, y coloqué las fotos en lugar de la lámina. Los tengo colgados en varias paredes de mi casa. Deshacerme de mis fotografías sería doloroso para mí, tanto como deshacerme de mis libros; tener que elegir solo treinta de los que he ido acumulando en toda mi vida me dolería tanto como cortarme un dedo y solo lo haría por la misma razón: que me obligara una fuerza superior.

No considero a Kondo superior, más bien creo que es una mujer muy lista, pero tan solo un producto de su cultura: en Japón, la mayoría de los que viven en grandes ciudades tienen que apañarse en apartamentos de treinta o cuarenta metros, y todavía tengo pesadillas con esos megahoteles donde las habitaciones individuales son cápsulas donde solo cabe una persona. Es lógico que ella quiera tirarlo todo. Pero si tienes la suerte de vivir en un piso de setenta u ochenta metros, calculo que dispones de varios metros cuadrados de paredes, en alguna te cabrá una librería o un portafotos enorme como los míos. ¿Por qué nos dejamos convencer por alguien que proviene de un lugar tan diferente del nuestro de que hagamos la locura de tirar todo aquello que nos recuerda algún momento precioso de nuestra vida? En mis libros leídos y acumulados en cualquier lugar de mi casa ya no veo a sus protagonistas, pero sí recuerdo el momento en que los leí.

Por ejemplo, tengo uno muy especial, el más especial, que fue el que me acompañó cuando di a luz a mi hija mayor. Era mi primera vez y no se me ocurrió otra cosa mejor que hacer mientras esperaba a que me vinieran las temidas contracciones que leer un libro para calmarme. Elegí a Michael Ondaatje, cuya obra “El paciente inglés” me había encantado. Así que me llevé conmigo al hospital “El fantasma de Anil” y, entre contracción y contracción, leía algunas páginas. No recuerdo nada del argumento, ni si fui capaz de leer algo en realidad ante las atónitas miradas de las enfermeras, pero ese libro forma parte de mi vida. Kondo puede decir misa o sentirse infinitamente frustrada pensando en lo vacías que ella dejaría mis estanterías, que jamás lo tiraré a la basura ni lo donaré a ninguna biblioteca.

Al menos,  mientras no me vea obligada a vivir en una cápsula japonesa.

2 respuestas a “Marie Kondo y mis libros

  1. Cuánta razón tienes… Eso mismo (pero no tan bien expresado, claro) pensé yo cuando leí “La magia del orden”: muy bonito y muy bien eso de deshacerse de cosas, pero esta señora es muy muy japonesa y sobre todo lo de tirar libros, fotos y cosas que me han hecho feliz no va conmigo ni de coña, oiga.

    1. Pues sí, yo sufro solo de pensar en la de libros y fotografías que habrán terminado en la basura solo porque una señora que vive rodeada de la estética y la forma de vida minimalista ha escrito un libro que se ha puesto de moda. Pero, leches, que Japón es una isla y no tienen terreno, su arte es el de sobrevivir y evolucionar en menos metros cuadrados que nadie.
      Y seguro que tú lo contarías estupendamente, Espe. Un beso gordísimo.

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