Estos son los dos primeros capítulos de mi novela “Rosas en noviembre”. Quizá los hayas leído ya, este libro es la ampliación de “El ángel caído”, que publiqué en edición digital en julio de 2015. Solo estuvo disponible un par de semanas, por aquel entonces se me rompió la vida y no tenía ganas de publicar ni de escribir. En quince días, la retiré del portal digital y la guardé. Años después, la saqué y, al releerla, la amplié. Este es el resultado, un nuevo título y casi cien páginas más, que dan a la novela una vida nueva. Así empieza; espero que te guste.

“Rosas en noviembre”

I. Mochilas

Siempre me he preguntado el nombre de la muerte. Es tu nombre. Lo conocí demasiado tarde; pocos lo conocen a tiempo, pocos saben que te llamas con su nombre, con el nombre propio de cada uno. Esa es la verdadera condena, la que te esclaviza desde el nacimiento. Intuyes el veredicto en cuanto la hoja del árbol cae sobre tu cabeza y tomas conciencia de que todo a tu alrededor cambia, se mueve, se alimenta. Nacer es morir. Pero, cuando la muerte se anuncia, la condena se convierte en la mayor tortura, similar a que te arranquen un dedo de la mano o te pinchen con agujas. Aunque lo peor es si no se anuncia, si llega como un amante sibilino que te desnuda cuando creías que se hallaba lejos, en la penumbra. La vida solo son instantes. Y no se coleccionan, no se meten en baúles y se atesoran. Eso es una mentira. Se desperdician, se olvidan, se pierden. Se regalan a quienes no los aprecian. Se escatiman a quienes los desean. Eres solo un instante, de energía, de vida, de locura, que cada cual derrocha a su modo. Pero la vida no sería nada sin mí. Sin mí, no sería nada.

A Fran le falta poco para salir de la treintena. Es alto y un tanto desgarbado. Lleva vaqueros y camisetas de colores, como en el instituto; conservamos siempre nuestra forma de vestir y a él no se le ha ocurrido todavía cambiar esa apariencia como no se le ha ocurrido teñirse el pelo para oscurecer las canas que empiezan a platearle las sienes. Tiene los ojos de niño pillo, el mentón ancho y, según Andrea, la nariz demasiado grande —él lo sabe, aunque le es indiferente—, y necesita gafas para ver de cerca que nunca recuerda dónde ha dejado. Y ejerce una extraña sensación sobre quienes lo conocen porque es un hombre tranquilo, incluso en las situaciones más violentas. Muchos lo admiran. Otros lo detestan por eso.

Ahora le da la mano a su hija. Acaba de cumplir seis años y se sigue agarrando a su padre con una fuerza extraña: cuanto más aferra a ella sus deditos, más liviana la siente él, como si esos apéndices finos y menudos estuvieran construidos de seda de telaraña.

El ruido del motor al arrancar de nuevo tras recoger a más pasajeros es el quejido de un ave nocturna. Tan ronco que la niña hunde su cabeza en el estómago del hombre y la mantiene allí hasta que el conductor cambia la marcha y el retumbar se mitiga. Da lástima mirarla, parece que se va a desintegrar en el aire, entre los otros viajeros, enormes comparados con su cuerpo menudo, el único tan insignificante a esas horas de la mañana.

—Papá, no me gusta ir en autobús al cole. ¿Por qué ya no me llevas en coche?

—Antes era diferente, Alicia. Ahora no podemos ir en coche. Ya no podemos hacer muchas cosas como antes. Pero no pasa nada, te acostumbrarás.

—¿Por qué cuando mamá estaba sí me llevabas en coche?

—Porque ya no tenemos coche. Es fácil de entender, ¿no crees?

—No, no es fácil. Es difícil —responde Alicia.

—Pues si no tenemos coche, no podemos ir en él —insiste Fran.

—Pues dile a mamá que vuelva y que lo traiga. Y que se quede conmigo. A mí no me hace caso.

—No puedo, se ha ido lejos. Y eso sí lo sabes, ya lo hemos hablado.

—¿Volverá a verme? —la voz de la niña tiembla.

—Claro que volverá. Te lo prometió. Solo ha ido a trabajar donde la ha mandado su empresa. Si no, se quedaba sin trabajo. Pero no podemos hablar todos los días de lo mismo.

—¿Y por qué no me ha llevado con ella? —el mohín del rostro infantil está a una brizna de hierba de convertirse en llanto.

Fran, cuando su hija le hizo por primera vez esa pregunta hacía unos meses, intentó mentirla. Ella es la única persona en el mundo a la que jamás ha mentido; aunque a los demás tampoco los miente en el sentido estricto de la palabra: no ser sincero, no ser lo que uno quiere ser, no es mentir, en esencia.

—¿Quieres un caramelo? Tengo de varios colores, de los azules y rosas que te gustan. Seguro que tienes menos sueño si te tomas uno.

—¡Vale! —grita ella—. Pero dame más, que me como otro en el recreo.

Mientras él observa impotente cómo Alicia intenta desenvolver el Sugus de fresa sin aceptar su ayuda, Fran sigue sintiendo la misma opresión en el pecho. Ella es muy lista, como la mayoría de los niños, y le descubrió pronto, aunque sin perder su mirada cándida, la que tienen casi todos antes de intuir que sus padres no son lo que deberían, lo que tendrían que ser. Desde ese momento maldito, cuando se rompe en añicos el jarrón de la inocencia, muchos los miran de otro modo. Dejan de esperar de ellos. Pero Alicia aún confía. Por eso a él le duele más la maniobra de distracción que sigue funcionando.

Le acaricia el pelo y ella inclina la cabeza sobre su mano; los mechones, todavía rubios por el sol del feliz verano y suaves como solo pueden serlo los de los críos hasta que empiezan a convertirse en crisálidas humanas, le caen en forma de eses sobre las mangas de la camisa.

—¿Por qué no te quedas y vamos a ver a alguien que nos ayude? —le había repetido Fran a su mujer desde mucho tiempo atrás y se lo volvió a preguntar mientras la observaba haciendo las maletas y metiendo en ellas todo lo que no le recordaría a la vida que abandonaba.

Andrea había tirado hasta el jabón de glicerina que siempre usaban: no quería dejar en esa casa nada que la vinculara a él, nada con olor a tiempo juntos.

—Porque nadie puede ayudarnos, Fran. Ya no te quiero. No te quiero. Cuanto antes lo aceptemos los dos, mejor. Yo ya lo estoy consiguiendo. Hazlo tú.

—No me lo creo.

Pero Andrea ya no le contestó. Siguió empaquetando su pasado como se envuelve un regalo en el día del padre, inventando dobleces por el medio de las prendas para replegarlas con precisión; luego remetía las mangas de camisas o jerséis, o estiraba los pliegues de las faldas y emparejaba las perneras de los pantalones y los alisaba y los alineaba sobre la cama como rayas de autopista, antes de meterlos en la maleta encajando cada uno en el hueco que había dejado el anterior. Su vida con él, doblada de esa manera, iba también en el cachivache ese, moderno y aséptico como una cafetera express: las paellas de domingo a las que él no asistió; las noches en vela, a la espera cuando menos de la llamada de él, con Alicia siendo un bebé, aún una desconocida para ella, llorando entre sus brazos; sus miradas pidiendo auxilio, cariño, atención o como poco comprensión que él no había atendido ni respondido sin darse cuenta siquiera; las veladas ante la televisión que Andrea, recién duchada, perfumada y ataviada con el vestido negro más corto de lo habitual que se había comprado en el Zara esa mañana, se resignó a pasar porque él acababa de dormirse sobre el sillón, agotado tras muchos días enfrascado en alguna investigación más minuciosa incluso que las otras; sus ilusiones convertidas en fiascos ya casi asimilados en el pasar de los días, las semanas y los años; el perfume que había dejado de ponerse; y la luz en sus ojos que se apagó. Esos ojos que, ahora, habían recuperado un brillo cuyo destinatario antes siempre había sido él.

—¿Y Alicia? —preguntó Fran intentando disimular el temblor de sus labios.

Andrea cerró la maleta, deslizó la cremallera hasta el tope y echó la llave al cierre. Como había hecho con cada recuerdo de los últimos diez años embalado en ella. Lo miró a los ojos sin asomo de tristeza en los suyos.

—Alicia no es razón suficiente para seguir queriéndote.

Él tragó saliva. Le supo amarga. A chicle de menta.

—Pero no puedes dejarla aquí —logró responder, sin adivinar si su entonación traslucía miedo, pena o desesperación.

—Sí puedo, también es tu hija, donde voy no estará bien. Ese no es lugar para ella y tú lo sabes. Estará mejor contigo, aquí están sus abuelos, sus tíos, sus primos. Estás tú.

En ese momento él habría querido tener en su mano una soga larga con que amarrar el cariño de ella. Pero sabía que Andrea la había aflojado hacía mucho. Y mantenía cerca las tijeras. Fran respiró hondo. Quería gritar, aunque él no hacía nunca esas cosas.

—¿Crees que es suficiente? —le preguntó él mientras Andrea seguía con su trajín.

Ella sí lo miró entonces. Y estaba a punto de llorar.

—¿Y tú no crees que has dejado pasar demasiado tiempo para tener esta conversación? Ya no es el momento. Nunca es el momento para ti. Para que hables. Y yo volveré, cada dos meses vendré una semana para estar con Alicia, lo han aceptado, si no, no me iría. Y la llamaré todos los días por Skype o hablaremos por el wasap. ¡Joder!, no me hagas llorar. Sabes que no quiero dejarla aquí, pero ¿es que me queda otro remedio?

—Deja tu trabajo y quédate conmigo.

—¿Qué coño dices? ¿Es que no me escuchas? Nunca me escuchas, ¡nunca! Pero… —Andrea cerró los ojos y contuvo el aire en sus pulmones. Un, dos, tres… Cuando volvió a mirarlo, le habló en voz baja, como si fuera estúpido o la noche lograra mitigar el volumen de sus palabras—. No quiero discutir más, Fran. No funciona. Nunca ha funcionado. Nunca debimos tener a Alicia, fue un error pensar que quedarme embarazada nos ayudaría. A mí no me basta con tu forma de amar. Pero se acabó. Yo no quiero renunciar a mi trabajo. No puedo renunciar. Y tampoco quiero seguir contigo.

—¿Él también va? —preguntó Fran sin poder dejar de percibir un extraño olor a podredumbre.

—Eso no te importa.

—Sí me importa. Sé que es alguien de tu oficina, tiene que serlo.

Y claro que le importaba, más incluso que su mano derecha, la que valoraba por encima de cualquier otra parte de él porque era su seguro de vida: su puntería era envidiada en toda la Comisaría y también en todas las demás donde había trabajado antes. Pero, como otras tantas veces, ella no le respondió.

Y él la dejó irse para siempre.

El autobús zigzaguea en un giro más brusco que los anteriores y Alicia grita. No hay nada tan eficaz para sacarle de su ensimismamiento; Fran se acerca al cuerpecito de la niña. Es frágil. Aunque también le ha demostrado su fortaleza; la descubrió hacía muy poco, como tantos otros detalles de ella. Alicia se resiste a llorar muchas veces por lo que a otros niños les produce rabietas incontrolables: si se cae en el columpio, enseguida lo busca con la vista pero, en lugar de correr a refugiarse entre sus piernas, se levanta orgullosa y le sonríe, aunque de la rodilla le brote un hilillo de sangre; o si él tarda más en ir hasta su cama de lo que ella es capaz de soportar despierta, se la encuentra con el cuento plegado en torno a su manita, y la sábana a sus pies aún, sin haber insistido ni una sola vez en que él deje el ordenador y vuelva a su lado. En eso es como su madre.

Aún les quedan varias paradas, no muchas. En la calle, todo le parece ensuciado, como una taza de café recién terminada con el fondo lleno de posos desleídos. Y llueve, pero huele a aire contaminado. Fran consulta el reloj, al fin ha acertado con la hora a la que deben salir de casa para estar como un clavo a las ocho en la puerta del colegio, ni antes ni después. Él odiaba eso en Andrea, que siempre llegara tarde a todos los sitios. Ni siquiera adelantar el reloj quince minutos le bastaba. ¿Aún la quiere? ¡Y qué cojones importa eso! No puede saberlo, no es capaz de juzgar si la quiso de verdad o si solo se aferraba a lo que de ella quería querer. Somos solo una construcción: lo que moldean en nuestro ser las miradas que otros nos devuelven.

Aunque alguna vez sí la quiso. Al menos la deseaba. Era todo lo que deseaba. Su cuerpo y su voz, su voz cuando él mandaba sobre su cuerpo era deliciosa. Le bastaba con tocar con la yema del índice en algunos lugares de ella y reaccionaba sin remedio. Se removía como un gato. Y enseguida le hablaba, ronroneando. Escucharla murmurar su nombre con ese tono meloso flotando a su alrededor le hacía feliz. Aunque no sabía por qué. La lluvia, entonces, era también una excusa para besarse. Ella jugaba a besarle bajo el chaparrón y luego corrían a guarecerse, tan empapados como excitados.

Él todavía tiene esa voz incrustada en su cerebro, cuando en la oscuridad de la habitación ya en la cama más fría que nunca o en la ducha mientras el agua le cae encima desdeñosa, con la puerta cerrada con pestillo y la niña, que de repente ha pasado a estar dotada del poder de la omnipresencia, duerme desde hace horas en su pequeña camita, él se masturba pensando en Andrea. Siempre pensando en ella. No consigue quitarse ese sonido sibilante de su cabeza, llamándolo: Fran, Fran, Fran…

Ahora, más que su cuerpo, echa de menos sus palabras. Su rumor reconocible y plácido, que al entonar le hacía sentirla suya. Tú eres la voz de mi interior, la voz de mi pasado, de todo aquello que vivimos juntos y nos unió, de todo lo que nos separó. Profunda, dulce, aturdida… hasta que se convertía en río, río de nombres, de anhelos, río de afán por ser de él. Río tumultuoso de ella. ¿En qué momento dejó de fluir solo para sus oídos? ¿Cuándo comenzó a pronunciar su nombre de otro modo, sin que en el tono reconociera él esa esencia de ella que en algún momento le había hecho lamerse los labios y tiritar de deseo de tenerla? Estaba seguro de que fue antes de que Alicia naciera, mucho antes. Pero solo ahora ha empezado a pensar en ello, ahora que Andrea ya no está y tiene que conformarse con escuchar esa voz reverberando en su interior como el sol tibio de otoño, cada vez con menos fuerza, lánguida, acongojada, perezosa, confinada entre las paredes de su habitación vacía o, más quebradiza aún, en los recovecos de su memoria. Ahora es cuando empieza a sentirse culpable de algún modo. Y ya no hay remedio.

—¿Me permite pasar? —Un joven toca en el hombro a Fran mientras intenta abrirse camino entre otros que se agolpan en el pasillo del autobús, esperando ante la puerta delantera.

Sus gritos molestan a todos menos a ellos, que se enorgullecen de sus retahílas como gallos de pelea de gallineros de otro tiempo y lugar, y gritan más alto, se llaman por sus motes, se insultan y se dan collejas. Ellas, siempre más tranquilas, los observan, medio divertidas medio avergonzadas de sus machos. Es la juventud, la irresponsabilidad compartida es un bien común de la especie, lo que hace que en algún momento se abandone la casa paterna. O al menos eso sucedía antes, en tiempos mejores, para algunos nunca vividos u olvidados a costa de fuerza de voluntad; ahora solo toca joderse y esperar a que escampe o emigrar lejos, muy lejos, donde la evocación de tu madre no llega. Ni sus lágrimas. Ni su derrota.

Al llegar a la parada, algunos piden al conductor que les abra: cerca tienen las entradas de las Facultades de Políticas y Sociología. Fran observa al chico mientras baja, a toda prisa, tras los estudiantes apelotonados. Tan normales que resultan anodinos, similares hasta en sus gestos, sus cortes de pelo y sus vestimentas: los que sus ídolos ponen de moda. Todos los adoramos; ellos, además, los imitan. Pero el joven a quien mira Fran no se parece a los otros: es algo mayor, serio, atractivo y no lleva carpeta. De un salto sale del autobús y enseguida echa a correr. Fran tiene tiempo de ver sus caras zapatillas de deporte y apreciar los músculos en tensión bajo sus vaqueros desgastados. Siente un escalofrío. Le sigue con la vista y memoriza sus rasgos y otros detalles de su fisonomía como hace a menudo cuando algo o alguien le parecen sospechosos; ese sexto sentido que demuestra a menudo en su trabajo y poco en su vida, según le repite Andrea a la menor ocasión, le hace ser muy valorado en la comisaría: melena negra y rizada por encima de los hombros, tez oscura, nariz pequeña, un metro ochenta y cinco, complexión fuerte, y ojos… ojos… Dejan entrever algo extraño que Fran no sabe reconocer a tiempo. Algo que siempre tienen las miradas de aquellos a los que les ha perturbado la fuerza.

Entonces oye la explosión: como si un gran globo reventara a cinco centímetros de su oído. El conductor frena en seco, se oyen gritos, algunos se sujetan a tiempo, la mayoría cae al suelo o se golpea con lo que tiene al lado. Fran se gira para mirar hacia el lugar donde procede el ruido y ve los cristalitos impulsados hacia todos lados. Del ventanal trasero cuelgan todavía algunos trozos, aunque el lateral contrario al asiento donde ha estallado el artefacto está intacto. Fran se tranquiliza: las últimas filas del coche se encuentran vacías. Percibe el dolor en sus costillas empotradas contra la barra de protección delante de él y se gira de inmediato para buscar a su hija. Pero ella ya no está. Y es entonces cuando se da cuenta horrorizado de que el frenazo la ha despedido hacia adelante y la ha estampado contra el cristal que separa de la cabina del conductor la primera hilera de asientos. No llega a tiempo de evitar que la niña se desplome contra el suelo. La ve a cámara lenta, cayendo hacia atrás. Todo ha ocurrido en segundos. Son instantes.

Alicia se queda tirada a sus pies, boca arriba, con los ojos cerrados, un hilillo de sangre asomando por los agujeros de la nariz y el Sugus deshaciéndose en su boca.

Después, la nada. El nombre de la muerte. Tu nombre.

II. Promesas

Héctor le acariciaba el pelo. Siempre lo hacía cuando terminaba de amarla. Le gustaba enredar los dedos en sus rizos, gordos y suaves, y luego bajar por la piel erizada hasta sus pezones. Se entretenía en ellos, dos flores deshojadas, y los acariciaba con mimo, con deleite, con el sosiego que proporciona saber que son solo de uno, mientras esperaba su reacción que no tardaba: el botón se erguía enseguida, como planta carnívora que se estremece ante el contacto con las patas de la mosca. Luego, los besaba despacio, uno a continuación del otro sin pausa y, si no era muy tarde o demasiado pronto, volvían a empezar. Y esta vez había necesitado tanto tenerla que la desnudó en cuanto entró en el cuarto donde ella seguía estudiando con los tapones en las orejas. Él no quería pensar. A veces le pasaba. Muy pocas veces.

—Espera. No sigas. ¿No lo sabes? Ha muerto una niña. En el autobús donde ibas a dejar la mochila.

Le había dicho Irene mientras él ponía las manos sobre sus pechos, redondos y esponjados, augurios de lo que le entregaría después. Allí las dejó, sin moverlas, a la espera, como el que sabe que la prohibición no llega de una ley moral ni civil, de la advertencia de un castigo, sino de lo más profundo de uno mismo. Tanto que allí apenas se llega. Él se dio cuenta de que no era capaz de responder. Debía, sabía que debía, pero no le salían las palabras. Ella no insistió, se quedó quieta, esperándole, y él quería dejar de sentirse así.

—Aún no estás preparada para hablar de eso —respondió él al final, molesto, aunque evitase traslucirlo en el tono de su voz.

—O sea, que lo sabes.

—No. No lo sabía.

Él quitó las manos de los pechos de ella. Irene se las volvió a poner encima.

—No te preocupes, estoy bien —dijo ella, intentando mostrarse serena.

Pero los labios le temblaban. Se quedó de pie, desnuda frente a él, con esa piel tan blanca, amortiguada la belleza de su cuerpo por la luz estridente del mediodía que desfiguraba sus contornos con sombras extrañas, demasiado bruscas, como esquirlas. Lo miraba. Él bajó las manos hasta tomar las de ella, pequeñas, tibias, conocidas.

—No tenemos por qué hablar de esto ahora.

—Tú me has metido en esto, Héctor. ¿Con quién voy a hablarlo si no? No me dejas hablar con ellos.

—No es el momento. Pero pronto lo será, ya te conocen. Les he contado algo sobre ti. Y necesitan mujeres.

—Estoy preparada. Ya sí. Lo he pensado mucho.

—Todavía no has matado a nadie —Héctor le agarró de las manos. Pálidas.

—Pero lo haré, si es necesario. Como tú —afirmó ella con una seguridad que no congeniaba con lo que decían sus ojos.

—¿Seguro que murió una niña? ¿En mi autobús? —preguntó Héctor.

—Sí, seguro, apagué la televisión enseguida, no sé cómo fue, pero dijeron que ella había muerto. ¿No decías que no iba a haber bajas? No me hablaste de ninguna niña.

Se sentaron sobre la cama y se taparon con las sábanas. No se miraban. Ella observaba uno de los carboncillos que él le había regalado. Muchos colgaban de la pared sujetos con chinchetas de colores. Dibujaba bien, no con la pasión con que esculpía, pero el dibujo era ella. Siempre ella. Él le hacía cosquillas en los dedos. Mejor eso que dejar escapar el grito que a veces pugnaba por asfixiarlo. Lo reprimía siempre. Es estúpido gritar si nadie escucha. Ni siquiera uno mismo. Solo lo hacen los niños y los cobardes.

—Habrá sido un accidente. No había nadie cerca. Solo era un explosivo de ácido nitroso. Para hacer ruido. Ir haciendo ruido nos favorece, que nos tengan miedo, que sepan que no están seguros. Pero todo irá a peor si no hacemos nada.

—Una niña, era una niña, Héctor.

—Lo siento, de verdad. Era inocente. Lo sé. Pero es inevitable. Es una víctima de nuestra guerra. Un efecto secundario. Ella no importa. No podemos sentir por las víctimas pena ni compasión. Y no tenía ningún futuro: si iba en autobús, es pobre. Murió porque no debía estar allí, es el destino, es Dios.

—Tú no crees en Dios, joder. Ni yo tampoco. No estamos aquí por eso —le recriminó Irene frunciendo el ceño.

—Ya, pero ellos no deben saberlo. Así que actúa como si creyeras. Sus razones dan igual. Ellos nos permitirán desestabilizar el sistema. Con Dios o sin él, nuestra causa es la misma. Además, sospecho que en realidad no les importa una mierda.

—¿Es que dudas, Héctor? Ellos sí creen en Dios. Aunque en sus mensajes le quiten importancia. Maldita sea, son lo que son.

Él aún guardaba sus primeros mensajes de wasap. No había riesgo. La policía seguía en las nubes, imposible controlar todas las comunicaciones, cada mensaje del Facebook que no contuviera palabras clave y hasta los que sí las contenían. Poco a poco, sin prisa, sabiendo bien lo que buscaban de él, se dio cuenta de que él podía usarlos a ellos. Lo necesitaba. Y su perfil encajaba: jamás había tenido ningún problema con la ley; era un niño bueno, buen hijo, excelente estudiante; el único que buscaba a algún profesor que pusiera orden cuando dos compañeros se pegaban en el comedor. Un gilipollas. Ahora no es así.

Poco a poco, lo fue madurando. Y se dio cuenta de que pensar en pelear, aunque fuera en un bando extraño, le daba ánimos. Se sentía útil, valorado, integrado en un grupo con otros como él. La religión no era la esencia; la disconformidad, la necesidad de encontrar justicia, esas sí. Y con los días, comenzó a verlo claro, hasta que de repente todo adquirió sentido. Esa era su batalla. Solo tenía que encontrar la fuerza, dar el paso. Calmar una parte de sí mismo que le hacía dudar; anularla, estrujarla. Ellos le ayudaron. Entendió que podía hacer mucho por los demás si rechazaba eso de él. Comprendió que debía dejar de lloriquear, dejar de quejarse y de regodearse en sus necesidades, de sentir lástima de su propia miseria, y actuar. La desgracia de los otros era la que importaba. Solo así podría escapar de la suya. La causa era idéntica en todos los lugares del planeta para los desencantados.

—No, no dudo —respondió Héctor al fin—. Yo también quiero cambiar esto y no hay otra forma. Ellos nos darán la oportunidad, conseguiremos cambiar esto. Yo no iba a matar a nadie, pero, si ha sucedido, algún día tenía que ocurrir… ¿Dudas tú? No tienes por qué entrar. Confío en ti, eso no cambiará.

—No… solo es que… —ella movió la cabeza titubeando.

Héctor le puso las manos en la barbilla y la miró a los ojos con esa ternura que solo en él había conocido, quizás porque hasta ahora todos sus amantes habían sido necios o egoístas. Eso bastaba para tranquilizarla.

—Somos guerreros del mañana, Irene. Nuevos héroes. Héroes diferentes. Algún día, los que vendrán nos lo agradecerán. Hay que romperlo todo para reconstruirlo a partir de sus cenizas.

—Pero ahora será más difícil. Has matado a una cría, aquí, a plena luz del día.

—Por eso sé que ya estoy preparado —Héctor se mordió el labio y escupió la sangre al suelo.

—¿Pero estás bien? ¿Te has hecho algo?

—Podré superarlo, quédate tranquila. Y había muchos estudiantes más en el autobús, me bajé en la misma parada que la mayoría, en la Universidad. Nadie se acordará de mí, todos somos iguales para los que nos joden: unos imbéciles. No te preocupes, no tienen pruebas para culparme. Y en realidad yo no la maté. Fue un accidente. Tampoco podrían reconocerme. Tendrán que morir más niñas antes de que puedan volver a vivir como merecen.

—¿Por qué siempre me traes flores? —preguntó ella mientras se erguía para coger una de las rosas que él había colocado en el jarrón sobre la mesita de noche.

—¿No te gustan? Son hermosas. No las traeré más.

—Claro que me gustan —Irene sumergió el tallo de la rosa en el agua y miró a Héctor a los ojos—. Aunque nunca ninguno de mis novios me había regalado tantas flores.

—Ellos no eran yo. Yo quiero que tengas flores siempre. Y que me quieras. Necesito que me quieras.

Esa otra mirada le hacía dudar, pero no de él: de sí misma.

—Te quiero —le susurró al oído.

Después lo besó recorriendo despacio los labios con su lengua, como si tuvieran la vida entera para llegar al resto de su cuerpo, y las manos de él volvieron a sus pechos.

Y entonces solo ellos permanecían en este mundo y todo lo demás se había extinguido. El héroe y su heroína. Andrómaca con Héctor antes de partir hacia la guerra.

 

 

Ahora, él seguía tocándole el cabello.

Verla así, a su lado, tierna, suya, delicada pero fuerte como sabía que era, lo reconfortaba. Y hermosa. La belleza lo atraía; era la armonía sin la que la vida se le hacía insoportable. Por eso se había acercado al principio a ella. No fue por su mirada decidida ni por su manera de moverse entre las otras, algunas conocidas de la Universidad. Irene se movía como una bailarina de balé. Lo había sido alguna vez, se le notaba al instante, en su forma de mover las manos; en la manera de caminar con la cabeza erguida y la espalda recta, elegante; con cada paso que avanzaba, como una garza. Al menos lo percibía él, que adoraba acudir a aquellas actuaciones del Gran Teatro Nacional o al Real acompañando a sus padres. Un poco raro, sí, pero él siempre lo fue, demasiado sensible y estético. Esa era la palabra: estético. Por eso, ella era para él. La única a quien realmente había querido de ese modo.

A veces, al mirarla y darse cuenta de lo que todo aquello significaba, se arrepentía de haber compartido su gran secreto. Ella era valiente, eso lo sabía, pero pensar en que algo o alguien pudieran dañarla… Sin embargo, la duda le duraba poco: también ella tenía el derecho a luchar por un mundo más justo. ¿Quién era él para impedirle eso? Irene abrió los ojos.

—Debo irme —dijo ella—, tengo clase ahora, has venido muy tarde, no nos dará tiempo a comer. No quiero suspender. La de Antigüedad y Legado clásico es simpática, pero a veces es un hueso. Y pasa lista.

—Estás loca, si te lo pidiera, te vendrías conmigo a cualquier sitio a miles de kilómetros de aquí, pero aún quieres terminar la carrera antes.

Ella se puso de pie y comenzó a vestirse.

—Yo no soy como tú. Solo puedo pensar en seguir en esto si creo que alguna vez todo volverá a ser como antes. Y me apasiona lo que estudio, Héctor. No me quedan más que algunas clases para terminar cuarto, los exámenes y el Trabajo de Fin de Grado, no voy a tirarlo todo por la borda ahora. Conseguiré el título. Y, además, sabes que no puedo dedicarme a bailar, sin enchufes, no hay forma, pero me sigue gustando la idea de ser profesora… Conseguiremos que esto cambie. A lo mejor dentro de unos años habremos conseguido que no solo los enchufados puedan llegar a dar clase en la Universidad. Todo es una puñetera mierda.

Héctor se levantó también. Seguía desnudo.

—Venga, date prisa o llegarás tarde. Te acompaño —le dijo él mientras se subía el calzoncillo y luego los pantalones.

Irene lo observó un instante. Nunca había conocido a nadie como él, tan sensible y tan salvaje al mismo tiempo, capaz tanto de hacerle el amor con esa ternura que solo acariciada por sus manos recordaba haber sentido como de olvidar lo que había ocurrido unas horas antes, lo que ella sin embargo no tenía más remedio que obligarse a dejar de revivir si no quería ponerse a gritar como una loca enjaulada. Aun así, seguía doliéndole en cuanto se acordaba de la niña.

Él era más valiente, mucho más, y eso le dotaba ante sus ojos de un aura extraña, le volvía aún más deseable. Irene siempre había odiado su debilidad: su dependencia de las personas a las que había llegado a querer en su vida, sobre todo porque ellos no solían darse por queridos. Todavía a veces se sorprendía espiando a Héctor, intentando anticiparse a lo que él haría o diría, aunque no lograba acertar casi nunca. Y eso le maravillaba.

 

 

Ya en la calle, Irene contemplaba las nubes. Siempre lo hacía, al mirar al cielo mientras respiraba hondo, se sentía en paz. La necesitaba. Por eso se sobresaltó cuando se dio cuenta de que Héctor se había acercado a un hombre que estaba tirado en el suelo, junto a algunos excrementos.

—¿Le ocurre algo? ¿Se encuentra bien? ¿Llamamos a una ambulancia? —preguntó Héctor.

El hombre se levantó con rapidez. Irene vio cómo escondía un tarro de plástico bajo la sucia chaqueta de lana. Su mirada le recordó la de los conejos a los que estaban a punto de golpearles la nuca en la casa de campo de su abuela Juana.

—No, no es nada. Solo me he mareado. No puedo agacharme demasiado o pierdo la conciencia. Me pasa a menudo.

Ella miró alrededor, pero no vio ningún perro. Y el hombre no llevaba correa. Sudaba mucho. Parecía más nervioso por momentos; podría volver a caerse. Aunque le repugnaba, ella observó el suelo: no le gustaba andar por el parque, demasiados dueños sin escrúpulos no usaban las bolsas para limpiar lo que sus mascotas ensuciaban.

—¿Le acompañamos a algún sitio? —insistió Héctor, al tiempo que le ponía las manos sobre los hombros—. Quizás le viniera bien ver a un médico.

—No, no… No. Gracias. Solo me sentaré un momento. Tengo algo que hacer todavía. No puedo irme. Alguien tiene que hacerlo. Esto es un desastre. Tantos malditos perros por todos lados. Alguien tiene que hacerlo.

Héctor se agachó para ayudarle a recoger unas monedas y algunos papeles arrugados a sus pies. El hombre se sentó en el banco y Héctor lo acompañó.

—¿Está seguro de que se encuentra bien? Podemos llamar a alguien…

—¿Has visto qué nubes? —respondió el hombre y su mirada se perdía en el cielo—. Son hermosas, sí, parecen bollos de azúcar. A él le gustaban mucho, sí, mucho. Son muy dulces.

—Es cierto. Parecen bambas de nata —dijo Héctor, mirando arriba.

El hombre le miró extrañado.

—¿Bambas de nata? —preguntó y enseguida se levantó de un salto—. Tengo que irme, sí, ya es tarde. Luego seguiré con mi deber, ahora hay mucha gente rara por aquí… Bambas de nata, bambas de nata… —masculló entre dientes— como si no tuviera yo bastantes preocupaciones… Bambas de nata…

Dio dos vueltas alrededor del banco, volvió a sentarse junto a Héctor y miró de nuevo arriba.

Irene, de pie junto a ambos, los observaba. Muchas veces no entendía el comportamiento de su compañero. Si seguía allí intentando ayudar al loco ese mucho más tiempo, ella llegaría tarde a clase. Lo miró frunciendo el ceño y él le sonrió.

—Si le parece, esperamos cinco minutos más y, si se sigue encontrando bien, nos vamos —Héctor se giró entonces hacia ella y le guiñó un ojo—. Todo puede esperar cinco minutos.

Ella se sentó a su izquierda, resignada, y consultó su móvil. Ningún wasap desde ayer. El mundo ya no era lo que debía. ¿Y a qué se debía el polvillo rojo del suelo? Y las nubes, ¿por qué no le mostraban eso superior que se ocultaba tras ellas? Hasta el loco lo veía. Apretó la mano de Héctor y le hizo un gesto con los ojos para indicarle que se tenía que ir. Él sonrió de nuevo, esperó unos minutos más y, por fin, se levantó.

—Bien, creo que nos hemos asustado por nada, que pase buena tarde —se despidió.

El hombre se volvió a sentar. Los observó caminar abrazados. En cuanto se alejaron lo suficiente, se levantó, metió la mano en el bote y continuó espolvoreando la sustancia rojiza por todos los lugares donde encontró esas asquerosas heces. Apestaba a producto químico, como en los crematorios antes de estallar la primera llamarada.

Y Héctor, tras la estatua de la ninfa que todo lo ve, abrazó a Irene por la cintura y la besó. Él sabía siempre cómo regalarle un instante en el que se sintiera la mujer más feliz de cualquier lugar por debajo de los cúmulo nimbos. Cuando se separaron, Héctor preguntó:

—¿De verdad quieres estar conmigo en esto? ¿De verdad quieres meterte en esta locura?

—Sabes que sí. Te quiero.

—Pues lo haremos. Haremos algo muy pronto. Y será jodidamente importante. Lo más importante que hayamos hecho nunca.

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