El posmoderno autor Italo Calvino escribió un libro, “Por qué leer a los clásicos” (Siruela, 2009), que todo escritor debería leer. Él nació en Cuba de padres italianos, pasó la mayor parte de su vida en Italia y se formó en ese país, en el seno de una familia laica y librepensadora. Se hizo comunista y su carrera como escritor le llevó hacia el surrealismo, el neorrealismo, la fantasía y la fábula. Tuvo una gran producción alegórica y simbólica; para él, es necesario hacer visible la estructura de la narración al lector. Como escritor resulta una figura complejísima, por tanto sus clásicos traslucen esa riqueza en el pensamiento característica de su literatura. Pero lo más relevante de ese libro en particular para mí es la completa lista que elige como sus propios clásicos así como las definiciones que proporciona de la concepción de “clásico”, Homero, Jenofonte,  Ovidio, Nezami, Orlando, Gerolamo Cardano, Galileo, Cyrano, Defoe, Voltaire, Diderot, Ortes, Stendhal, Balzac, Dickens, Flaubert, Tolstói, Twain, Henry James,  Robert Louis Stevenson, Conrad, Pasternak, Carlo Emilio Gadda, Eugenio Montale, Hemingway, Francis Ponge, Jorge Luis Borges, Raymond Queneau o Pavese, forman parte de ella. A las definiciones de lo que es un clásico para Calvino volveré luego.

En la lista de los clásicos de Calvino hay muchos autores italianos en comparación con la de una de las recopilaciones de obras canónicas más mencionadas de la actualidad como es la del profesor y crítico literario Harold Bloom en El canon occidental. Al analizarla, se aprecian fácilmente dos observaciones, una subjetiva y otra estructural. Está claro que cualquier tipo de jerarquización del arte no puede escapar de la estructura en la que está concebida, es una construcción cultural por cuanto en otra sociedad, otra cultura y otra realidad, los autores canonizados no serían los mismos, ni en lo micro ni en lo macro, ni en el individuo ni en cada sociedad. En cada país o países bajo el mismo área de influencia se eligen como los elige cada persona. Ello parece demostrar que, a pesar de que el propio Bloom afirme que los clásicos son los que son debido a su calidad incuestionable, con independencia de otras cuestiones, muchos los parámetros que determinan la elección. Y la selección que el propio Calvino hace en la obra aludida como sus clásicos “familiares” también parece desmentir tal apreciación: ni una mujer ni un africano ni un autor de color se encuentran entre sus elegidos, así como pocos autores no occidentales. No se puede valorar lo que no se lee.

Parece obvio que es la cultura hegemónica la que llega hasta nosotros, la que de algún modo se ha establecido como preponderante y cuya transmisión se ha permitido a través de las herramientas culturales que hoy, todavía, radican en su mayor parte en los ámbitos educativos, hasta llegar a la enseñanza universitaria. Porque muchos otros clásicos han dejado de serlo por razones incomprensibles y el trascurso de la Historia ha ocultado otras obras literarias que habrían merecido entrar dentro de esa clasificación, y la configuración mental de cada individuo, determinada a su vez por las construcciones en las que se desenvuelve y desarrolla, son las que “liberan” determinados textos para que, a causa de su visibilidad y gracias a su naturaleza, alcancen dicha consideración.  Probablemente no admiraríamos El Quijote si no concurrieran en él varias circunstancias: que se escribió durante el Siglo de Oro español; que Cervantes era europeo, cristiano y blanco; y que en centros de enseñanza secundaria y en los universitarios relacionados se sigue obligando a leer y se intenta analizar y hacer entender dicha obra. De otro modo, ese clásico con unos códigos que cada vez exigen mayor erudición para ser entendidos, fácilmente podría llegar a perderse entre otras lecturas contemporáneas, más fáciles de interpretar en una sociedad en continua evolución y que tiende hacia la simplificación y la imagen, y no a la palabra y la formalización. Sin embargo la realidad, al menos en este país, es que los planes de estudios tienden a trivializar dichas enseñanzas, a facilitárselas lo máximo al alumno, y con ello el pensamiento de la sociedad termina siendo en muchas ocasiones lo que se le exige: simple y poco abstracto. Por tanto, con la misma argumentación también sería de esperar, y no sé si de temer, que los clásicos del próximo siglo sean mucho más simples que los actuales. La nueva individualidad del ser humano, que se impone a cualquier otra apreciación estética o de pensamiento, y la sobrevaloración de lo subjetivo frente a lo académico, además de la tendencia hacia una especie de dictadura de la democracia por la que la masa decide qué es lo mejor con independencia de otras consideraciones y en la que se cuestiona sin duda la autoridad de esa élite “ilustrada” que hasta ahora ha sido capaz de imponer sus gustos, podrían elevar a la categoría de clásico a obras como Las sombras de Grey o Los juegos del hambre.

Sin embargo, el modo en que Calvino define los clásicos resulta muy interesante para un escritor. En resumen:

  1. Los clásicos son esos libros de los cuales suele oírse decir. «Estoy releyendo … » y nunca «Estoy leyendo … ».
  2. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para· saborearlos.
  3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.
  4. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.
  5. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura.
  6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.
  7. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado(o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).
  8. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.
  9. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.
  10. Llámese clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.
  11. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.
  12. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce enseguida su lugar en la genealogía.
  13. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.
  14. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.

Seguramente, podríamos encontrar infinidad de obras que satisfagan todas sus definiciones y solo sean valoradas por algunos pocos afortunados. Pero lo que me interesa recalcar más en este punto es que, a pesar de que una gran mayoría de las obras consideradas clásicas se adapta a alguna de las definiciones que Calvino enumera, falta una acepción importante que denota tanto la esencia del autor como la de su cosmovisión y también la de esta época actual: de entre los clásicos que el sistema en el que vivimos permite que afloren, a pesar de la posible reticencia de la élite académica y crítica a reconocerlo en algunos casos y a su predisposición a atribuir su “canonización” a cuestiones técnicas y teóricas, perduran solo aquellos que de alguna manera condensan en su narrativa la esencia de la humanidad: se trata siempre de obras que aúnan un compromiso entre razón y emoción, forma y sentimiento, al estilo de la dialéctica entre Platón y Aristóteles al hilo del estudio de la mímesis en La República y La Poética, y de los filósofos y los poetas. Decía Aristóteles en su Poética por primera vez que  la poesía era un arte diferenciado de los otros, de la pintura o de la escultura, y también que como arte adquiere una función diferente al de la filosofía: la búsqueda de la catarsis (NOGUERA, La mímesis en Aristóteles y la literatura actual). Según afirma el estagirita en su Poética, la literatura, la ficción, debe liberar al hombre, no educarlo. Y es la relación con esta acepción del arte literario la que Calvino se olvida de incluir como requisito de una obra literaria para erigirse en clásico: lo que la literatura clásica es, ya lo definía Aristóteles en su Poética:

            «La imitación de una acción elevada y completa en sí misma, enriquecida en el lenguaje, presentada en forma dramática, no como narración, sino con incidentes que excitan piedad y temor, mediante los cuales realizan la catarsis de tales emociones».

A pesar de la crítica posmoderna que menosprecia la emoción en la literatura, es fácilmente verificable que una gran parte de los clásicos demuestran de algún modo encajar en esta definición aristotélica de poesía (la actual literatura), que ha perdurado durante milenios. Aunque circunstancias interesantes, que no pienso comentar, han llevado en la actualidad a críticos y estudiosos a denostar en la literatura posmoderna la emoción en favor de la razón, ¿qué serían Hamlet, La Ilíada, Orlando, Robinson Crusoe, Guerra y Paz, Oliver Twist, Las flores del mal,  La educación sentimental, Rojo y negro, El corazón de las tinieblas, Doctor Zhivago, El Decamerón o El Quijote sin su cualidad de generar en el lector una intensa emoción?

Y es que, a pesar de que Calvino no lo haya advertido, el clásico lo es porque de un modo u otro es capaz de llegar al corazón humano.

 

Bibliografía:

ARISTÓTELES, La Poética,  disponible en Internet,

http://www.ugr.es/~encinas/Docencia/Aristoteles_Poetica.pdf, consultado el 25-9-2014

ITALO CALVINO, Por qué leer los clásicos (Biblioteca Calvino), Siruela, 1ª Edición, Barcelona, 18-11-2009

AMELIA NOGUERA, La mímesis en Aristóteles y la literatura actual

Fotografía de Nick Kenrick.

 

 

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