Soy una lectora empedernida. Además, soy una lectora convencida. He leído de todo. Recuerdo que el criterio que seguía para elegir mis lecturas cuando tenía doce o trece años era uno muy sencillo: los libros más gordos. Sin más. Mi madre se hizo socia de Círculo de lectores para comprarme a mí al menos un libro cada dos meses, lo que podía, pues en mi casa no había más lectores ni había más dinero. Así que yo elegía las lecturas en función de su número de páginas. Durante muchos años seguí ese criterio para elegir mis novelas y no podríais creer la de libros maravillosos que descubrí de esa forma: solo os digo que me leí “El Quijote” con catorce o quince años y aún conservo aquella edición comentada. Ahora me doy cuenta de la suerte que tuve, en lo literario, al carecer absolutamente de prejuicios a la hora de elegir mis lecturas, pues, si lo único que te importa son las páginas, entran en el saco novelas de todos los géneros, autores, sexo del autor y hasta nacionalidades, con el único tamiz, eso sí, de lo que publicaban en aquel club maravilloso que tanto me dio (en mi pueblo no había ni biblioteca por aquel entonces). Leí obras tan dispares que han nutrido inmensamente mi imaginación y mi cabeza loca. Lo veo, sobre todo, en las novelas que escribo. Pero también lo veo en mi propio criterio a la hora de elegir lecturas.

Ya no leo por el número de páginas, pero algo de aquella anarquía lectora se me ha quedado dentro y soy incapaz de afirmar que una novela juvenil es peor que una novela histórica, o que una novela histórica es mucho peor que una novela “literaria” (a saber qué es esto último, que varía, me temo, en función de quién la defina y su interés y su propia ocupación). Y eso me hace libre. Soy libre de leer y de escribir lo que me plazca y así he encontrado joyas maravillosas que me han hecho disfrutar de la lectura y al mismo tiempo me permiten adentrarme en formas tan dispares de escritura como la novela negra, la histórica, el thriller, la novela intimista, etc. Mis novelas mezclan diversos géneros y estilos a menudo. Incluso he escrito una novela infantil, que me encanta, que podría ser la primera de una serie. La verdad es que me gusta muchísimo escribir para niños, por varias razones, aunque esa novela la escribí como regalo para mi mochuela mayor, que me la pedía a menudo. Se la regalé cuando cuando cumplió los doce años, al límite de empezar a dedicarle novelas juveniles. Aunque la principal razón por la que me gusta escribir novelas para niños es que me gustan mucho ellos y su forma de ser, y me divierte intentar ponerme en su lugar y volver a pensar como pensaban mis dos mochuelos, que ya se están convirtiendo en cisnes. También porque la magia en ese tipo de literatura siempre es bienvenida y ¿qué sería de la vida sin la magia? Un lugar prosaico y oscuro, ¿o no? La magia de mi novela infantil es la que da vida a la lagarta narradora y a parte de sus protagonistas.

Ojalá la magia permita que esa novela salga a la luz pronto. Aunque, quedamos en que existe, ¿no? Luego todo es posible. Nela, la dragona barbuda, es uno de mis personajes favoritos. Y esa novela está muy influida por Roal Dahl, unos de los autores de LIJ que más me gustan.

Que las mariposas vuelen.

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