Ayer estuve en una charla de Rosa Montero organizada por mi universidad, la Carlos III de Madrid. Encuadrada en los “encuentros con la experiencia”, en esta ocasión la autora hablaba de sí misma, de cómo empezó a trabajar como periodista, allá por los setenta, y de cómo se inició en la escritura de novelas. Entre otras muchas afirmaciones que me hicieron pensar –ver muchas de tus propias obsesiones o locuras reflejadas en otra persona siempre causa estupor, aunque también, cierto alivio–, Rosa afirmó que una novela no puede ser la respuesta a ninguna pregunta, la pregunta se formula al encontrar la respuesta. Es decir, para ella, una novela no puede ser caballo de batalla de ninguna causa. Yo le pedí que lo explicara, porque no entendía eso en ella: es una mujer comprometida con muchas causas, y todas las defiende con vehemencia. Pero según su concepción de la escritura, la novela no puede usarse para intervenir en el mundo real.

Respeto profundamente su punto de vista, pero el mío es otro. Para mí, una novela crea también el mundo real. Es a la vez espejo de la realidad y haz de luz que moldea sus sombras. La realidad está construida a base de relatos. Nos inventamos nuestra identidad, nuestra memoria, nuestra historia. No somos reales más que en el instante en que respiramos, lo que fuimos antes no es más que un constructo de lo que queremos reflejar que fuimos y lo que seremos es una utopía, que solo cuando llega a materializarse como presente, existe de verdad, aunque se convierte siempre en ucronía, al acomodarse a lo que somos. Por eso, cualquier ficción sirve también para dar forma a nuestros relatos particulares, a nuestra historia, a nuestras creencias, a nuestra memoria, y la novela es en sí misma el relato más potente, y, por eso, necesariamente influye en lo que terminamos siendo, creyendo y haciendo.

No quiero decir con esto que al leer el infame “Las sombras de Gray” las mujeres vayan a querer ser y vivir solo en relación a lo que son para un hombre maltratador, gilipollas, guapo y rico, pero algo influye esa novela en perpetuar ese rol de los hombres y de las mujeres. Un ejemplo claro es “Cuento de Navidad” de Charles Dickens. Lo publicó en 1843 y tuvo un éxito increíble de público y crítica. Pero la razón por la que menciono esta obra es que se considera que consiguió instaurar las costumbres navideñas tal y como se conocen ahora. Su influencia hizo resurgir y en algunos casos incluso cambió o creó algunas tradiciones navideñas que en este momento se han generalizado en Europa y en otros lugares. La ficción construyó una realidad que ahora casi nadie sabe que, antes de Evenezer Scrooge, era muy diferente.

Por supuesto, no todos los relatos tienen esa repercusión en el mundo real, pero yo sí creo que los autores tenemos una gran responsabilidad al crear nuestros mundos imaginarios, porque una vez sueltos y puestos a disposición de los lectores, toman vida propia y son incontrolables, y, gota a gota, contribuyen a dar forma al mundo en que vivimos. Por cierto, que según Yuval Noah Harari, los relatos tienen esa repercusión y mucha más en la realidad, ya que, según él, la realidad se construye gracias a los relatos. Todo es un relato, un cuento que nos hemos inventado para poder dar forma en el mundo real a nuestro pensamiento. Y yo estoy de acuerdo con él. Si no habéis leído su libro “Sapiens. De animales a dioses”, corred a leerlo.

(La fotografía de fondo es del fotógrafo Nick Kenrick que me maravilla (CC BY-NC-SA 2.0))

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