1.

Algunas madrugadas en la ciudad dormida, tras varias horas ya de vigilia, Antía escucha llorar a un niño en la habitación de Rosalía. Es un llanto triste, pero sereno, como cuando te dolía el dedo por el picotazo de una abeja que murió, pero tu madre te acogía entre sus brazos para consolar tus lágrimas y el escozor, al cabo, se iba pasando. Hubo un tiempo en que todos nuestros males se pasaban así, acunados por ellas, como si aún durmiéramos en el interior de su vientre sometidos a un intenso crecimiento celular. A la vida.

La mujer se levanta sin encender la luz y, descalza, camina a oscuras. Siente el frío del suelo y se le eriza el vello, y continúa despacio hasta llegar a la puerta. Permanece cerrada. Al otro lado, todo parece una fotografía de hace un año —Antía no ha logrado todavía que Javier regrese a desmontar el cuarto, él siempre tan informal, tan a lo suyo—: ahí siguen la cama de noventa con su edredón de lunas sobre fondo azul; la mesa de estudio bajo la ventana, para que la luz natural ayudara a que la cría se concentrase, con el mapamundi envejecido grabado en el cristal del armazón; la estantería del Ikea de uno cincuenta por uno cincuenta, melamina blanca y recuadros perfectos llenos de cuentos, haditas y animalillos de plástico; e infinidad de juguetes esparcidos por el suelo, en el mismo lugar donde Rosalía los abandonó, como todo lo demás, intacto. Tan intacto que le duele. Pero se aguanta. Y no grita, ya no.

Al detenerse frente a la puerta, temblorosa y con la respiración agitada, Antia agudiza el oído para asegurarse de que esos lloros, como otras veces, surgen de su imaginación, y siente que el corazón está a punto de estallarle, su maldito corazón.

Pero sabe que la niña ya no está, que jamás volverá a verla entre esas paredes. Las otras, las de ahora, son frías, lúgubres, impersonales. Y es entonces cuando todo lo soñado, todo lo sufrido, todo lo perdido vuelve a explotarle, y se lleva las manos a la cara y se echa a llorar.

 

 

Por la mañana, sobre las doce, suena el teléfono; Antia se despierta, pero se resiste a descolgar el auricular: sabe que será Enid. Mira hacia la ventana; las persianas están levantadas y las cortinas, apenas un visillo remilgado que algún día se acordará de tirar a la basura, no aminoran un ápice la luminosidad. Sus brillos le parecen ahora un reproche o una advertencia. El teléfono sigue sonando y ella lo observa, mientras sus pupilas se acostumbran a la luz y se nota las sienes palpitándole. Antes, cuando aún Javier era algo más que su proyecto de ex, al irse a trabajar dejaba la habitación en una oscuridad tan plena que parecía el interior de un planeta —se aseguraba de que las ventanas estuvieran cerradas, las persianas echadas, y cerraba la puerta— para que Antia pudiera dormir mientras le apeteciese sin que un ápice de claridad la molestara. Pero él ya no es su cuidador. Ni su cocinero. Ni su amante. Él no es nada. Solo otro desecho de los muchos que escorzan ahora sus recuerdos en el lienzo deshilachado de su memoria. «Eres como una ameba»— se reía él de ella, usando esas palabras de biólogo aficionado que a Antía tanto le gustaban— «serías capaz de anamostomosarte con cualquiera si eso te permitiera dormir un poco más». Aunque ya la luz no le molesta para seguir durmiendo, ni para fingir que duerme.

Y su hermana insiste al teléfono, siempre lo hace, no puede evitar ser la mayor, esa es una cualidad que se inocula en la sangre desde que practicas a la fuerza cuando de tu madre propia nace otro ser humano con el que compartirás tu vida de modo inexorable. El amor no se elige, no, ni siquiera ese se elige. Así que Antia termina agarrando el teléfono:

—¿Es que sigues en la cama todavía? —Antía se estremece al oír al otro lado la voz alegre y segura de Enid. Imagina sus ojos vivarachos y su sonrisa impenitente—. ¿Cuándo piensas levantarte, maja?

Antia suspira, sabe que confesar la verdad no la ayudará a librarse de ella, tampoco a librarse de sí misma. Odia los visillos. Los tirará hoy, en cuanto su hermana la deje en paz.

—Perdona, cariño, estaba con el móvil. Hoy tengo una entrega, estaba hablando con la PM —miente. Y no siente remordimientos.

—¿Te encuentras bien?

—Quédate tranquila, de verdad, estoy estupenda. Todo lo estupenda que se puede estar teniendo en cuenta las circunstancias.

—Las circunstancias te las has buscado tú, maja. Perdona que te diga esto porque la PNL es nefasta y al final voy a tener que crear un mapa alternativo que construya un mundo bonito a tu alrededor, pero esto se veía venir.

—Voy a colgar, Enid, me quedan todavía muchas palabras por traducir y además tengo que pasar todas esas herramientas estúpidas para controlar la calidad. Como si la calidad les importara algo a estas sanguijuelas desde hace mucho tiempo. Ya continuamos otro día.

—Vale, perdóname, he sido un poco borde. Tengo que aprender a respirar antes de hablar.

—Más bien muy borde, sí. Y aprende a respirar mientras hablas, puede que sea suficiente.

—Pero te estoy llamando. Eso significa algo —dice Enid.

—Sí, eso significa algo —responde Antia.

—Que te quiero.

—Sí, eso significa, supongo.

—¡Antia!

—Es que no puedo más, ¿vale? No puedo más… No me lo tengas en cuenta… Y, Enid,… ¿irás hoy a ver a papá? —pregunta Antia mientras se levanta de la cama e intenta ponerse la bata haciendo malabares para seguir con el teléfono al oído con una de las manos mientras introduce el otro brazo por la manga.

La suavidad de la seda le recuerda a Javier, él adoraba esa manía de ella por vestirse así, como una actriz de cine negro. En realidad, él adoraba todo de ella. O Antia creía que lo adoraba. Se da cuenta de que la realidad y las creencias no están en la misma esfera, solo se cortan a veces.

—¿Acaso falto alguna tarde? —pregunta su hermana.

—Si no puedes ir tú, dímelo, y voy yo —insiste Antia. Y le estalla la cabeza, aunque abre la ventana de par en par y los ruidos de la calle irrumpen en la habitación inmisericordes.

—Ya, ya —responde Enid, molesta por el reproche de quien menos debería censurarla, pero sin intención de discutir esta vez. Y chasca la lengua emitiendo un sonido como el de una ardilla saltando sobre la hojarasca antes de proseguir—, ya sé que irás tú si yo no puedo ir, pero también podrías pasarte a verlo aunque yo pueda ir.

Al otro lado del teléfono, Enid grita algo que Antia no puede entender, lo oye a lo lejos, como si su hermana hubiera intentado que no lo escuchara tapando el auricular. Espera, y está a punto de colgar aprovechando la interrupción, pero entonces Enid vuelve a hablarle.

—Disculpa, es María, que me vuelve loca. Ahora le ha dado por ir al instituto con un fular por minifalda y no hay forma de hacerla recapacitar. Le estaba diciendo lo guapísima que está, a ver si le daba por cambiarse, pero ni por esas. Prefería mil veces su etapa de gótica, con esas túnicas hasta los pies; esta de putilla barata se me está haciendo cuesta arriba.

—No sé cómo puedes decir eso de tu hija.

—¡Uy!, digo cosas mucho peores, pero no te preocupes, nunca si está delante. Eso sería nefasto para la programación neurolingüística. María ya se ha ido al instituto. Tan mona ella. Madre de dios, lástima de dinero que me gasto en ropa para que siempre vaya con la misma bufanda cubriéndole el culo y gracias.

—¿Y qué hacía a estas horas mi sobrina todavía en casa? —pregunta Antia.

—Hoy solo tienen que ir a clase a por las notas, les dan las vacaciones. ¡Qué alegría, diez días por delante para estar por aquí revoloteando y yo mordiéndome la lengua para no discutir las dos a grito pelado! Me hace una ilusión… Pero estábamos hablando de papá.

—Iré, si puedo —corta Antia.

—Tienes que poder, pregunta por ti —dice Enid.

—Ya lo hemos hablado. Además, tú no llamabas para esto.

—Es verdad, ya veo que estás muy bien, así que te dejo que sigas con tus palabras y tus PN.

—Mis PM.

—Pues eso…, ¿y qué diablos es un PM?

—Por favor, Enid, parece mentira… Un PM es un project manager, quienes dirigen los proyectos en los que trabajo.

—Es que yo solo soy una simple programadora, y tengo jefes de proyecto, no pe emes —y Enid pronuncia las dos letras con retintín, despacio, como si estuviera cantando. Antía se la imagina sonriéndose a sí misma—. No se me habría ocurrido nunca que estuvierais tan americanizados como los pesados de mis colegas, pero, vosotros, ¿no sois traductores? Pues traducid.

—Gracias por llamarme, Antia.

—Te quiero mucho y no quiero que sigas sufriendo así. Hiciste lo que creías que debías hacer, así que a lo hecho, pecho, maja.

A lo hecho, pecho. Pero Antia no tiene pecho ya para sacar. Se despide de su hermana, cuelga el teléfono y piensa en Rosalía. Arranca los visillos, que se desprenden de las anillas desgarrando la tela. Los hace un gurruño que arroja lejos. Junto a la taza del váter.

Y en la ducha ahora consigue no llorar.”

(La fotografía de fondo es de mi fotógrafo favorito Nick Kenrick, (CC BY-NC-SA 2.0)).

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