Ayer conocí a Saleh. Es un joven profesor saharahui que tiene la mirada limpia de quienes necesitan ayudar a los demás. Trabaja para una fundación que pretende luchar contra la desigualdad educativa y da clases en un instituto de un barrio complicado de Madrid, a alumnos que no lo tienen fácil. Saleh es feliz allí, como lo era en su lugar de origen, cuando regresó desde España convertido en ingeniero y se convirtió en el profesor de trescientos alumnos de los asentamientos de refugiados. Sus padres se llevaban las manos a la cabeza: “te mandamos a España para que te formes y nos mandes dinero para sobrevivir, y tú vuelves aquí a ayudar”.

Pero lo que más me impactó de él no fue su historia personal, la de alguien que puede tenerlo todo, inteligente, capaz, formado, y se dedica a aprender a enseñar de otra manera. Para enseñarles a otros que pueden, que sí pueden. Lo que más me impactó de él fue esa obsesión por ayudarles a salir de su agujero. Y lo que más me afectó de lo que nos contó es esto: para él, los niños saharahuis tienen menos problemas que los niños españoles a los que ahora podría dar clase. Esas personas que malviven en tiendas de campaña no conviven con la droga y tienen sus necesidades vitales cubiertas, las organizaciones internacionales les proporcionan agua y comida, y un lugar donde cobijarse. Pero, para Saleh, nuestros niños, muchos de nuestros niños españoles, viven en peores condiciones que ellos, a veces abandonados; otras, en familias desestructuradas con padres alcohólicos, madres a quienes no pueden ver nunca porque trabajan catorce horas diarias por un sueldo de miseria; o al cuidado de hermanos o amigos mayores, quienes a veces tienen un pie o los dos dentro de la delincuencia; y van al colegio sin haber podido comer porque en su casa no hay comida, no tienen ropa que ponerse y sufren la presión social para ir vestidos de marca y tener móviles de última generación. Según Saleh, en el Sahara no hay pastillas de diseño.

Y aquí las organizaciones internacionales no llegan para darles de comer a todos, para sacarles de la calle a todos, para evitar que todos se droguen. Pero esos niños existen. Claro que existen. Y necesitan ayuda.

Saleh me emocionó y me entristeció. Y ya me dio igual la razón por la que lo conocí.

(La fotografía de fondo es del fotógrafo canadiense que me maravilla Nick Kenrick (Attribution-NonCommercial-ShareAlike 2.0))

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